
Basta una rápida visita al supermercado para constatar que los hábitos alimenticios están cambiando. Conviven dos contradicciones: por una parte, la preocupación en alza entre los que cuidan al máximo su salud, caminan, hacen deporte y hablan como expertos de la microbiota, que demandan comidas sanas, productos frescos, cuidan la ingesta de calorías y equilibran como expertos los carbohidratos; por otra, el aumento de los lineales repletos de productos procesados con los correspondientes aditivos que requieren el mínimo esfuerzo de calentar unos minutos en el microondas para llegar a la mesa.

Al margen de estas dos corrientes aparece un factor determinante, los precios que también influyen lo suyo. El aumento del gasto en la cesta de la compra convive con la preocupación por el alza del petróleo, que una cosa va de la mano con la otra. Agricultores y ganaderos alzan la voz y llevan a la calle sus razonadas protestas y a los consumidores solo les queda ajustarse el cinturón a la espera, unos y otros, de medidas de ayuda, como ya empezamos a ver en países de nuestro entorno, para paliar la situación.
Mientras, la guerra –que todavía contamos por días pero que amenaza ya con ser un conflicto más duradero de lo esperado– sigue su curso y nos vamos acostumbrando una vez más como ocurrió en Gaza o en Ucrania a que las imágenes de muerte, destrucción y bombardeos formen parte de la realidad cotidiana.


