La tragedia no es social ni tiene responsables.
Los aguaceros, a veces extremadamente abundantes, caen sobre el territorio de un país en crecimiento, próximo a eliminar la pobreza y alcanzar el desarrollo.
La lluvia ya no es bendita.
Los titulares la maldicen y la culpan.
Los fenómenos naturales son culpables de que las calles se transformen en ríos torrenciales.
Inunden las casas.
Destruyen viviendas.
Desborden las cañadas.
Tapen las alcantarillas.
Tumben las paredes.
Desalojen personas.
Afectan el negocio de la salud.
Maten niñas y gente pobre. Dañen calles, carreteras y puentes.
Aíslen comunidades.
Ahoguen personas y vehículos. Dañen enseres domésticos en los barrios marginados. Tumben techos y tornan más pobres a los más pobres.
Aquí no hay desigualdades brutales, ni es cierto que más de un millón de casas son inhabitables.
Aquí no hay barrios integralmente empobrecidos, ni un transporte caótico, ni construcciones ajenas a las normas de seguridad, ni vertederos a cielo abierto.
Todo el mundo gana más del valor de la canasta familiar más próspera.
La pobreza es solo monetaria y poquita.
No existen barrios construidos en zonas vulnerables, ni cañadas y alcantarillas repletas de todo tipo de basura.
No hay crisis ambiental, ni crisis de agua, ni viviendas en las orillas de cañadas y ríos, o debajo de derricaderos.
No hay granceros destructores de las cuencas de los ríos, ni ricos opulentos y poderosos asaltantes de áreas protegidas.
Ni dueños de aserraderos depredadores de bosques, ni consorcios turísticos que han destruido la mitad de los manglares y gran parte de los corales.
El país es territorio libre de corporaciones mineras depredadoras, saqueadoras y contaminadoras.
Es un cuento de camino lo de las 18 familias multimillonarias y los 10 magnates de Forbes que se roban casi todo lo que produce la clase trabajadora y lo que crea la naturaleza.
Que, además, asaltan el patrimonio público y natural de la nación y multiplican fortuna ejerciendo la usura y otras prácticas parasitarias; sin que se le culpe del dramático empobrecimiento de la mayoría de los seres humanos y de la naturaleza que los rodea.
No hay Barrick Gold, ni Falcondo, ni Uni Gold, ni Gold Quest…
La calumnia prima cuando se denuncian las amenazas de destrucción de las Cordillera Central y Septentrional y las agresiones a los parques nacionales.
La Presa de Cola es un mito y la Presa de Hatillo está libre de los tóxicos de una Barrick invisible para Abinader, la Cámara Minera, la partidocracia y el CONEP.
Nada tiene que ver el capitalismo industrial, las súper potencias capitalistas, las petroleras y las industrias que emplean combustibles fósiles, con los daños a la capa de ozono y el calentamiento global.
Eso cae de lo más alto del espacio sideral.
Los fenómenos naturales “extremos” son un castigo de Dios y de paso los bandidos de estas repentinas películas trágicas.
La villana es la naturaleza en una sociedad, custodiada por el Comando Sur, donde los aguaceros hacen tanto daño como los misiles supersónicos y los drones en las guerras desatadas por padrinos sionistas y trumpista de Luis Abinader.
El capitalismo, ambientalmente insustentable, no es la causa de la multi crisis que nos golpea trágicamente.
Los medios de comunicación del gran capital insisten en que los verdugos son los aguaceros y ciertos fenómenos naturales extremos.
El país al revés.

