Parte II | Por Luis Mariano Nova. Miembro de la DC-FP y Delegado Político ante la JCE en Miami (OCLEE)
-II- LA APARICIÓN DE UN MESIÁNICO
En la entrega anterior sostuve la tesis de que, en la primera mitad de los años 90 del siglo pasado, el país estaba prácticamente dividido en dos bandos políticos que hegemonizaban las simpatías de los dominicanos y mantenían una lucha sectaria por el control del Estado a través del gobierno. Debido a la extremización de sus luchas fratricidas, no existía posibilidad real de pactar para garantizar la gobernanza si cualquiera de los dos grupos prevalecía accediendo o manteniéndose en el control del poder.
Esta afirmación me lleva a concluir que, si el Dr. Joaquín Balaguer o el Dr. José Francisco Peña Gómez hubieran prevalecido, ese habría sido el período de mayor incertidumbre de toda la historia republicana. Los antagonismos y la rivalidad entre ambos sectores habrían imposibilitado alcanzar puntos de avenencia que permitieran la gobernabilidad del país.
Balaguer ya no reunía los atributos físicos y políticos necesarios para dirigir los destinos de la nación; y Peña Gómez, rodeado de sectores radicalmente antibalagueristas y sedientos de poder, habría impulsado una agenda de confrontación contra el viejo caudillo y sus seguidores, máxime teniendo como vicepresidente a un dirigente proveniente del reformismo, quien había sido perseguido e incluso expulsado de las filas del PRSC.
Con un Balaguer disminuido físicamente, con un período de gobierno recortado a dos años e impedido constitucionalmente de repostularse, y un Peña Gómez en su apogeo y en su *momentum* político buscando no solo un triunfo electoral, sino la confirmación u oficialización de lo que consideraba su victoria del 16 de mayo de 1994, fueron convocadas las elecciones del 16 de mayo de 1996.
En esos comicios, el PRSC llevaba como candidato presidencial al vicepresidente Don Jacinto Peynado, mientras que el PLD, disminuido electoralmente tras la salida definitiva de Juan Bosch como candidato presidencial, postulaba al Dr. Leonel Fernández Reyna, quien había sido candidato a la vicepresidencia en 1994 acompañando al profesor Bosch, en lo que fue prácticamente su despedida electoral.
Peña Gómez había especializado su discurso y su praxis política en dos ejes fundamentales: la lucha contra la reelección y el antibalaguerismo. Sin embargo, la reelección estaba constitucionalmente prohibida y Balaguer no era candidato. Aun así, centró su narrativa en esos dos blancos políticos, sin advertir que el escenario electoral de 1996 no era el mismo que el de 1994.
Para sorpresa de muchos analistas políticos del país, un fenómeno recorría silenciosamente todo el territorio nacional: un mensaje diferente que comenzaba a seducir al electorado. Era un discurso que conectaba con el interés real de la gente, especialmente con la juventud estudiantil y con los sectores emergentes de la pequeña burguesía baja, media y alta, que habían crecido al amparo de las reformas fiscales y arancelarias impulsadas por Balaguer y pactadas en el Diálogo Tripartito de 1992, proceso que también dio origen al nuevo Código Laboral Dominicano.
Ese mensaje provenía de un joven de origen humilde, formado intelectualmente con rigor académico, que presentaba una propuesta moderna y estructurada. Su discurso de campaña ofrecía respuestas concretas a las aspiraciones de la sociedad dominicana, proponiendo lo que amplios sectores entendían que el país necesitaba de un gobierno.
Leonel Fernández Reyna, quien dos años antes había sido compañero de fórmula de Juan Bosch, ganó contra todo pronóstico la candidatura presidencial del PLD con un 92 % en un congreso electoral interno. Su discurso, seductor y articulado, comenzó rápidamente a calar en el electorado. En poco tiempo, ocupaba la segunda posición en simpatías en todos los estudios de opinión, mientras el Dr. Peña Gómez descendía ligeramente en la intención de voto.
El país intuía que un eventual triunfo de Peña Gómez podría profundizar las divisiones políticas existentes. También percibía que la composición de su fórmula y un Congreso fragmentado dificultarían la aprobación de políticas públicas necesarias para la gobernabilidad y el bien común.
Ante ese panorama, la nación comenzó a mirar con esperanza la emergencia de una tercera oferta electoral. Muchos la asumieron como una alternativa redentora, como esa mano firme que aparece cuando se vislumbra el vacío. Así fue percibida aquella propuesta: como una salida viable frente a la incertidumbre.
Y en ese contexto, Leonel Fernández fue visto por amplios sectores como el mesianismo político necesario para un país que buscaba estabilidad, modernización y un nuevo horizonte institucional.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**

