Portugal elige presidente con victoria contundente de centroizquierda

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Portugal celebró elecciones presidenciales para elegir al sucesor de Marcelo Rebelo de Sousa, quien completó dos mandatos consecutivos. En los comicios, con un padrón de aproximadamente 11 millones de personas, fue necesaria una segunda vuelta al no alcanzar ningún candidato la mayoría absoluta en la primera ronda, situación que se repite por segunda vez desde 1986. La participación en la primera vuelta, el 18 de enero, fue del 52.39% (5.77 millones de votantes), mientras que en la segunda, el 8 de febrero, alcanzó el 50.03% (5.52 millones).

De los 11 candidatos oficiales, los dos más votados accedieron al balotaje: António José Seguro del Partido Socialista, con el 31.12%, y André Ventura del partido de ultraderecha CHEGA, con el 23.52%. Este resultado motivó una amplia movilización ciudadana e institucional para contener el avance de la extrema derecha.

En la segunda vuelta, la coalición democrática logró una victoria aplastante sobre las fuerzas ultraderechistas, cuyo discurso xenófobo, racista y demagógico amenaza la convivencia pacífica, las libertades públicas y el sistema democrático.

António José Seguro, figura de centroizquierda partidaria de un socialismo moderado, se alzó con la presidencia al obtener el 67% de los votos, uno de los mejores resultados desde 1976. De este modo, se convierte en el tercer exsecretario general del Partido Socialista en ocupar el palacio de Belém.

Reconocido por su carácter mesurado, conciliador y su probidad, Seguro recibió, entre las dos vueltas, apoyos transversales de gran parte del espectro político, incluidos los del expresidente Aníbal Cavaco Silva (PSD) y los alcaldes de Lisboa y Oporto.

Esta victoria contundente refleja la voluntad mayoritaria del electorado de preservar la estabilidad institucional y democrática de Portugal en un contexto de creciente polarización. El voto se interpreta como una defensa de la democracia y un rechazo a los extremismos, apostando por la moderación.

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No obstante, el futuro presenta grandes desafíos. El presidente electo deberá gobernar con un parlamento y un país fragmentados, frente a una ultraderecha que obtuvo un tercio de los votos, ha ganado terreno y posee una fuerza parlamentaria significativa, que utilizará para impulsar políticas más restrictivas en materia de inmigración, seguridad y reformas estructurales.

Portugal, considerado históricamente uno de los sistemas más estables del sur de Europa tras la Revolución de los Claveles de 1974, enfrenta ahora la tarea de consolidar su democracia sobre bases sólidas. Este objetivo se presenta complejo en una sociedad polarizada que requiere negociar consensos.

Una democracia matura no se limita a ganar elecciones, sino a extraer conclusiones objetivas de los resultados y ofrecer alternativas creíbles a la ciudadanía. El nuevo ciclo político que se abre será crucial para determinar si Portugal mantendrá su tradición de democracia liberal consolidada o se encaminará hacia una dinámica de polarización y fragmentación que obstaculice las reformas necesarias.

Tras este proceso, el pueblo portugués tiene ante sí la advertencia que supone una ultraderecha radical acostumbrada a la confrontación. La unidad democrática será fundamental para hacer frente a unas políticas que no contribuyen al bienestar del país ni al fortalecimiento de su sistema democrático.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**