República Dominicana recibe cada año millones de visitantes. Hoteles llenos, aeropuertos en expansión y cifras récord son parte habitual del discurso económico nacional. Sin embargo, detrás de ese éxito existe una realidad menos visible: el turismo dominicano ha sido, durante décadas, profundamente desigual en términos territoriales.
Mientras polos como Punta Cana, La Romana o Samaná concentran inversión, empleo e infraestructura, amplias regiones del país —especialmente el Sur— han permanecido prácticamente al margen del principal motor económico nacional.
En ese contexto, la inauguración de la nueva ruta turística histórica de aproximadamente 450 kilómetros, que conecta la Ciudad Colonial con provincias del Sur profundo, representa algo más que un proyecto turístico. Es, en esencia, un intento de modificar la geografía económica del país.
La apuesta es clara: convertir la historia, la cultura, la naturaleza y la identidad dominicana en actividad económica fuera del modelo tradicional de resort. No se trata de atraer más turistas al país —eso ya ocurre— sino de lograr algo mucho más complejo: que el turista se mueva dentro del territorio.
El modelo turístico dominicano ha sido exitoso, pero también concentrado. El visitante llega, se hospeda, consume y regresa a su país sin necesariamente conocer la mayor parte del territorio nacional. La consecuencia es evidente: el crecimiento económico generado por el turismo no se distribuye de manera homogénea.
La nueva ruta busca justamente lo contrario. Implica que el visitante utilice carreteras secundarias, visite museos locales, contrate guías comunitarios, consuma en pequeños restaurantes y se hospede en alojamientos de menor escala. Es decir, que el turismo deje de ser exclusivamente hotelero y pase a ser también comunitario.
Pero aquí surge la verdadera cuestión: inaugurar una ruta es relativamente sencillo; hacerla funcionar es otra cosa.
El turismo cultural no se construye solo con señalización ni con discursos oficiales. Requiere seguridad, capacitación local, mantenimiento permanente, promoción internacional sostenida, financiamiento para pequeños emprendedores y, sobre todo, continuidad en el tiempo. Sin estos elementos, el proyecto corre el riesgo de convertirse en una buena idea que no logra traducirse en desarrollo real.
El reto es mayor de lo que parece. El país ha demostrado ser altamente eficiente atrayendo inversión hotelera, pero menos efectivo desarrollando economías turísticas locales. Para que la ruta funcione, no basta con que el turista pueda recorrerla: debe tener razones para detenerse.
La diferencia entre una carretera escénica y un corredor económico está precisamente en eso.
Si se ejecuta correctamente, la ruta puede convertirse en uno de los proyectos de desarrollo regional más importantes de las últimas décadas, porque atacaría uno de los problemas estructurales del país: la concentración geográfica de oportunidades.
Si falla, será simplemente otra obra inaugurada sin impacto medible en la vida de la población local.
El verdadero éxito no se medirá por el corte de cinta, sino por algo mucho más concreto: cuándo un joven del Sur pueda vivir del turismo sin tener que emigrar a un polo hotelero o a la capital.
La obra ya comenzó. Ahora empieza la prueba real.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**

