La lección que dejó la caída de un régimen

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La caída del régimen de Nicolás Maduro marca uno de los hechos políticos más determinantes de este año en América Latina. Más allá de las lecturas ideológicas, el acontecimiento deja una enseñanza transversal: ningún sistema, por poderoso que parezca, sobrevive indefinidamente cuando se gobierna sin planificación, sin visión de largo plazo y desde la improvisación permanente.

Durante años, Venezuela fue administrada desde la urgencia, la negación de la realidad y la reacción constante ante la crisis. Se sustituyó la planificación por el discurso, la estrategia por el control y la previsión por la propaganda. El resultado no fue inmediato, pero sí inevitable: colapso institucional, deterioro económico, fractura social y una diáspora que vació al país de talento, esperanza y futuro.

Este hecho no es solo una página política; es una advertencia histórica. La planificación no es un lujo técnico ni una obsesión burocrática: es el cimiento silencioso de cualquier proyecto sostenible, ya sea un país, una empresa o una vida.

A nivel colectivo, la caída del régimen venezolano confirma que gobernar sin planificación es condenar a una sociedad a vivir apagando incendios. Las naciones que avanzan son aquellas que piensan a largo plazo: fortalecen sus instituciones, invierten en educación, planifican su desarrollo y entienden que el poder no consiste en administrar crisis, sino en construir futuro. Cuando eso no ocurre, el precio se paga en pobreza, migración, pérdida de confianza y generaciones marcadas por la incertidumbre.

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La caída de Maduro deja, entonces, una lección que trasciende fronteras y coyunturas: el futuro no se improvisa. Se construye. Y tanto en la vida individual como en la conducción de una nación, la planificación no es una garantía absoluta, pero sí el único camino serio hacia la estabilidad, la dignidad y el propósito.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**