Marco Rubio y el regalo del tiempo

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Los dirigentes europeos han respirado aliviados al escuchar las palabras de Marco Rubio en Múnich. El secretario de Estado, y a la vez consejero de seguridad nacional, es una estrella ascendente en la Administración estadounidense, aún más después del descabezamiento del régimen de Nicolás Maduro.

Rubio ha corregido el tono y los mensajes del vicepresidente J. D. Vance en ese mismo foro hace un año, cuando hizo suyas las tesis de la extrema derecha europea y defendió los intereses de las grandes empresas tecnológicas, contrarias a la regulación de la esfera digital. El político cubano-americano ha hecho las mismas advertencias del mundo MAGA sobre el peligro de la inmigración descontrolada y el error de querer construir una democracia liberal global. Asimismo, ha minimizado los riesgos del cambio climático y la revolución tecnológica ‘made in USA’.

Sin embargo, ha subrayado que los destinos de las dos orillas del Atlántico están entrelazados, ha puesto en valor la amistad y la herencia espiritual común y ha reiterado la voluntad de caminar juntos. Incluso ha afirmado que Washington no sabe si Rusia quiere terminar la guerra y mientras tanto debe apoyar con armas a Ucrania –financiadas desde Europa– y presionar a Moscú. Ha pedido a los europeos que puedan defenderse por sí mismos y reindustrialicen sus economías, sin caer en la autocomplacencia o el fatalismo.

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Rubio, en definitiva, ha regalado tiempo para hacer sus deberes a unos dirigentes europeos en baja forma: poner en pie capacidades militares suficientes y reformar a fondo sus economías nacionales y las políticas comunitarias. También les ha mostrado cómo seguir siendo los mejores aliados de Washington, con un peaje ideológico muy claro.

El riesgo es que este discurso de poli bueno se entienda como un regreso a la vieja normalidad transatlántica. Sería un error, porque el secretario de Estado parte del hecho de que hemos entrado en una nueva era geopolítica de rivalidad entre grandes potencias. Tan solo tiene más afinidad y paciencia que Vance con los europeos, a los que se les agota el plazo para alcanzar autonomía estratégica y aprender el lenguaje del poder.



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