La guerra de Irán se basa en un acuerdo entre dos hombres, Benjamin Nethanyahu y Donald Trump, con serios problemas domésticos, que han decidido frenar a un enemigo cada vez más débil y aislado y, en el caso de Israel, acabar con una … amenaza existencial. Pero deja en un segundo plano los conflictos y tensiones en otros lugares del mundo -como Ucrania o Taiwán- y los problemas urgentes y las aspiraciones de la región -Gaza o la normalización de las relaciones de Israel con sus vecinos árabes.
La contienda ha incendiado Oriente Próximo y empieza a causar graves daños en el transporte y el comercio mundial. Trump ha elegido desatarla sin unos objetivos claros -dependiendo del día, menciona la eliminación del programa nuclear de Irán o el cambio de régimen. Esto le da flexibilidad para declarar victoria en cualquier momento y no ser atrapado en una de las «guerras eternas» que tanto ha criticado y provocan el rechazo de la gran mayoría de los estadounidenses.
No es aventurado del todo esperar una guerra corta, si prevalecen en Washington las voces de los empresarios y consejeros presidenciales que saben adularlo y temen las consecuencias de una espiral descontrolada. Pero al mismo tiempo, esto dependerá en buena medida de que un nuevo líder iraní acepte negociar -Trump querrá incluir el petróleo en la ecuación- y no pierda su cabeza por hacerlo.
Esta nueva guerra favorece los planes de Vladímir Putin de seguir adelante con la invasión de Ucrania, en busca la victoria y no de la paz. Resta importancia a la negativa del dictador ruso a negociar en serio un alto el fuego tras cuatro años de destrucción. Putin también aprovecha el conflicto en Oriente Próximo para hacer lo que mejor sabe, exportar inestabilidad y caos al mundo occidental. Se ha confirmado que Rusia colabora con Irán a través de la inteligencia obtenida por sus satélites para definir objetivos militares estadounidenses en la región. Es una colaboración arriesgada, porque puede debilitar la actitud siempre favorable de Trump hacia sus amigos de Moscú. Ucrania, por su parte, ha puesto a disposición de EE.UU. su capacidad militar sobresaliente en la defensa de ataques de drones, bien probada en el campo de batalla.
Esta nueva guerra favorece los planes de Vladímir Putin de seguir adelante con la invasión de Ucrania, en busca la victoria y no de la paz
China tiene la oportunidad de presentarse una vez más como la superpotencia responsable, que defiende el derecho internacional y la paz y ofrece un modelo alternativo al occidental de modernización económica. La realidad de cómo proyecta su ambición global en la práctica el régimen de Beijing es bien distinta, pero el contraste con la imprevisibilidad y la furia de Trump le favorece a todas luces.
En definitiva, la disrupción trumpista del orden internacional tiene mucho de huida hacia delante de un líder que pierde pie en casa y se lanza a una experimentación poco meditada del enorme poder militar de su país. Pero sobre todo supone una gran distracción de las amenazas y los riesgos a los que debe hacer frente la superpotencia occidental.


