A través de los años, cientos de ellos, se fue construyendo jurídicamente la noción del debido proceso, particularmente para guiar los procesos penales en los que la libertad, la propiedad y hasta la vida de las personas, en los sistemas donde existe la pena de muerte, están en juego. En la denominada “Advertencia Miranda”, derivada del caso Miranda v. Arizona fallado por la Corte Suprema de Estados Unidos en 1966, se plasman los derechos básicos de toda persona en el momento en que es arrestada como primer paso para ser penalmente procesada.
De tanto escuchar esta advertencia en el cine y la televisión, ya ésta es parte de la cultura popular. Lo primero que se le dice al arrestado es: usted tiene derecho a permanecer en silencio y cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra en un tribunal de justicia. Se le dice también que tiene derecho a contar con un abogado y a que esté presente durante el interrogatorio y si no puede pagar uno el tribunal se lo asignará.
El preso más famoso de la historia – Jesús de Nazareth- no contó con una advertencia de ese tipo. No es que podamos juzgar las prácticas legales de hace algo más de dos milenios a la luz de los parámetros jurídicos contemporáneos, pero hay aspectos tan reveladores en el proceso acusatorio contra Jesús que siempre resulta valioso volver a revisar lo que nos dicen los evangelistas sobre lo que él vivió en el momento crucial previo a ser conducido a su crucifixión.
En realidad, Jesús fue sometido a dos procesos acusatorios, el primero ante las autoridades religiosas judías y el segundo ante las autoridades paganas romanas. En el primero es en el que Jesús se autoincrimina con plena conciencia de lo que hacía en esos momentos finales de su vida con su destino redentor. Luego de ser apresado en el Monte de los Olivos en un lugar llamado Getsemaní, Jesús es llevado ante el Sanedrín, encabezado por el Sumo Sacerdote Caifás, donde estaban presentes los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. Estos comenzaron a escuchar testimonios de diferentes personas para usar sus declaraciones como base de la condena a Jesús. Sin embargo, ellos mismos, quienes tenían la determinación de eliminar a Jesús, encontraban que esos testimonios eran falsos o contradictorios, por lo que no les servían para su propósito.
Según la versión de San Marcos, con la cual hay una gran coincidencia entre los cuatro evangelistas, ante esas circunstancias el Sumo Sacerdote se levantó y preguntó a Jesús: “¿No respondes nada? Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: ¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito? Si, yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado en la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo. El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos juzgaron que era reo de muerte”.
¿Qué hubiese ocurrido si Jesús hubiese decidido permanecer en silencio? ¿Lo hubiesen liberado o hubiesen fabricado pruebas para no dejarlo ir ya que, finalmente, lo tenían en sus manos? Las respuestas a estas preguntas no existen pues las cosas pasaron como pasaron. Lo importante, en todo caso, es que Jesús decidió, sin temor a las consecuencias, afirmar su identidad y decirles a esas autoridades religiosas judías lo que ellas querían escuchar para condenarlo, esto es, que él era, en verdad, el Cristo, el Hijo del Hombre, lo que puede entenderse como el desafío más directo e irreverente que Jesús pudo haber hecho contra el poder religioso que había decidido matar a este humilde predicador que se hacía acompañar de gente sencilla y no de los doctos de la ley y que tanto entusiasmo y esperanza despertaba.
Como las autoridades religiosas judías necesitaban del poder del Estado para ejecutar la pena de muerte que le habían impuesto, llevaron a Jesús ante Poncio Pilato, prefecto o procurador romano en Judea, para que confirmara y ejecutara la pena de muerte. Así nos cuenta San Marcos el intercambio entre Pilato y Jesús: “Pilato le preguntaba: ¿Eres tú el rey de los judíos? Sí, tú lo dices. Los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pilato volvió a preguntarle: ¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan. Pero Jesús no respondió ya nada, de suerte que Pilato estaba sorprendido”. En esta ocasión, Jesús en cierta medida ejerció su derecho a permanecer en silencio seguro pensando que no tenía por qué dar explicaciones sobre su misión religiosa a una autoridad estatal, pagana por demás.
Lo que vino después en este segundo proceso puede calificarse de “populismo penal”, término que en nuestro medio acuñó el profesor Eduardo Jorge Prats y del cual se hizo eco el gran jurista italiano Luigi Ferrajoli. Así, no sabiendo qué hacer y seguro convencido de la inocencia de este hombre manso, Pilato recurrió a la práctica de liberar un preso durante las Fiestas de Pascuas, por lo que le pidió a la turba presente que decidiera a quién liberar, si a Jesús o a Barrabás.
Les decía: “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos? Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que les soltara más bien a Barrabás. Pero Pilato les decía otra vez: ¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos? La gente volvió a gritar: ¡Crucifícale! Pilatos les decía: Pero ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban con más fuerza: ¡Crucifícale! Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado”.
Luego de ser humillado, burlado, maltratado y abusado en extremo, Jesús fue crucificado. Sin embargo, como él mismo anunció a sus apóstoles, resucitó al tercer día, acontecimiento conmovedor que llevó al reencuentro de sus asustados, dispersos y desconcertados seguidores, quienes emprendieron en condiciones bien precarias, pero con una determinación inquebrantable, la gran labor de difundir a todas las personas sin distinción alguna -judíos y no judíos, creyentes y no creyentes, propios y extranjeros, ricos y pobres, nobles y plebeyos- la Buena Nueva que Jesús llevó a cada pueblo, a cada hogar, a cada persona que encontró durante el breve tiempo que duró su peregrinaje en esta tierra.

