Este lunes, por orden del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, la Policía de Israel y el principal líder católico de la región acordaron un «marco común para las próximas celebraciones religiosas». La noticia fue recibida con un suspiro de alivio en el Vaticano, … que esta Semana Santa mira especialmente hacia Jerusalén, y no sólo espiritualmente.
Según el acuerdo, se mantiene la restricción vigente desde que comenzó el ataque de EE.UU. e Israel a Irán que, por motivos de seguridad, impide reuniones de más de 50 personas. Pero garantiza que el cardenal Pizzaballa celebre misa en este lugar y sean retransmitidas por internet. En cualquier caso, la guerra ha provocado que el lugar donde Cristo fue crucificado esté casi desierto en las fechas en las que los católicos conmemoran su Pasión.
La decisión de prohibir al patriarca latino la celebración de una misa el domingo en el Santo Sepulcro ha puesto en primer plano la dramática situación de los creyentes en Jerusalén. Para las autoridades israelíes, la Ciudad Santa es zona de guerra y, por motivos de seguridad, desde que comenzaron los ataques a Irán el 28 de febrero restringieron las aglomeraciones.
I have instructed the relevant authorities that Cardinal Pierbattista Pizzaballa, the Latin Patriarch, be granted full and immediate access to the Church of the Holy Sepulchre in Jerusalem.
Over the past several days, Iran has repeatedly targeted the holy sites of all three…
— Benjamin Netanyahu – בנימין נתניהו (@netanyahu) March 29, 2026
La semana pasada impactaron algunos fragmentos de un misil iraní cerca de la Ciudad Vieja e Israel endureció estas medidas. Periódicamente, la población recibe una alerta en el móvil que le avisa de un posible ataque y le obliga a trasladarse a un refugio. El problema es que en la Ciudad Vieja no hay ninguno.
«Estas restricciones, destinadas a salvar vidas, son una respuesta directa a un peligro real y presente para todos los fieles», repite una y otra vez la policía. La medida afecta a todos los ciudadanos, también a los musulmanes, que el pasado 20 de marzo durante el Eid al Fitr que marca el fin del mes de Ramadán y que es uno de los días más sagrados de su calendario, no pudieron acceder a la Explanada de las Mezquitas. Además, tampoco los judíos pueden rezar en el Muro de las Lamentaciones.
La restricción se mantiene en vigor pero, según el acuerdo entre las autoridades y el patriarca, las ceremonias «se celebrarán de forma simbólica y con restricciones. Esta coordinación garantiza que se mantenga la libertad de culto, sin descuidar nuestro deber primordial y común: la protección de la vida humana».
«Esperamos que se sigan encontrando soluciones adecuadas que permitan la oración en los lugares de culto, en particular en los lugares santos de todas las religiones, de modo que se respeten tanto las legítimas exigencias de seguridad como las prácticas religiosas y las oraciones, que revisten una importancia fundamental para cientos de millones de fieles», sugiere Pizzaballa.
Pizzaballa ya había escrito el 22 de marzo a los católicos de Oriente Próximo, y sobre todo a los 16.000 que viven en Jerusalén, para anunciarles que «las iglesias estarán abiertas» pero que respetarían las restricciones. Ya entonces canceló la procesión del Domingo de Ramos en el Monte de los Olivos y la misa crismal de este Jueves Santo, pero dejaba abierta la puerta a algún tipo de ceremonia durante el Triduo Pascual.
«A la dureza de estos tiempos de guerra, que nos afecta a todos, se suma hoy la de no poder celebrar la Pascua como se merece y juntos. Es una herida que se suma a tantas otras infligidas por el conflicto. Pero no debemos desanimarnos. Si no podemos reunirnos como nos gustaría, no renunciemos a la oración», escribió entonces.
Al final, tras el simbólico acuerdo de este lunes, se garantiza que el cardenal Pizzaballa podrá celebrar la misa. Según ha explicado el Patriarcado latino y que «las iglesias se encargarán de que las liturgias y las oraciones se retransmitan en directo a los fieles de Tierra Santa y de todo el mundo». Se calcula que en Jerusalén solo hay 16.000 católicos, muchos de ellos árabes y otros extranjeros. «Hay gente que está mucho peor y que no puede celebrar la Semana Santa por motivos más graves», resume el purpurado.


