A día de hoy, diez años después de aquel fatídico 2006 en el que Irak vivió el punto álgido de la violencia sectaria, muchos de los que combatieron allí siguen intentando comprender qué ocurrió realmente.
Aquel año marcó el momento más oscuro de la guerra … iniciada tras la invasión de 2003, cuando la coalición internacional liderada por Estados Unidos trató de estabilizar el país después del derrocamiento del régimen de Saddam Hussein. Lo que comenzó como una operación militar que prometía ser rápida terminó derivando en un conflicto prolongado que provocó el colapso institucional y social del país y abrió una etapa de violencia que marcaría a toda una generación de iraquíes y de soldados estadounidenses y de la coalición internacional desplegados en el terreno.
Gilda Carbonaro acude habitualmente a visitar la tumba de su hijo Alessandro Carbonaro en el cementerio de Arlinton. El 1 de mayo 2006, una bomba colocada al borde de la carretera destrozó el Humvee de Alex, prendiéndole fuego a él y a dos de sus hombres. Murió diez días después en un hospital militar en Alemania, en brazos de su madre, su padre, su esposa -con quien llevaba casado poco menos de doce meses- y su suegra.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Para muchos de los soldados que participaron en aquella guerra, la herida permanece abierta por una razón difícil de ignorar: nunca se encontraron las armas de destrucción masiva que sirvieron de argumento central para justificar la invasión.
El conflicto, que en un principio se presentó como una intervención necesaria para garantizar la seguridad global y promover la estabilidad en Oriente Próximo, desencadenó un vacío de poder que rápidamente fue ocupado por milicias, insurgencias y grupos sectarios, e Irak quedó atrapado en una guerra interna mientras organizaciones yihadistas encontraban un terreno fértil para expandirse. La descomposición del aparato del Estado, la disolución del ejército iraquí y la fragmentación del poder político contribuyeron a crear un escenario donde la violencia se convirtió en una constante cotidiana.
La incertidumbre recuerda a los primeros años de la guerra de Irak, cuando las decisiones tácticas se sucedían sin que existiera una hoja de ruta clara
Hoy, dos décadas después del inicio de aquella guerra y años después de su momento más sangriento, muchos de esos veteranos de la guerra de Irak observan con inquietud el desarrollo del nuevo conflicto en Oriente Próximo.
La guerra con Irán despierta inevitablemente ecos del pasado: incertidumbre estratégica, dudas sobre la amenaza real y una profunda división política en Estados Unidos sobre la legitimidad de la intervención. Para quienes vivieron el conflicto iraquí desde dentro, el recuerdo de aquellos años sigue presente cada vez que Washington vuelve a plantearse una nueva intervención militar en la región.
La guerra en Irán comienza, de hecho, rodeada de más preguntas que respuestas. Las propias contradicciones dentro de la administración estadounidense sobre la naturaleza exacta de la amenaza que representa el programa nuclear iraní generan un intenso debate político en Estados Unidos.
Congresistas en Washington cuestionan si existe realmente una amenaza inmediata que justifique el uso de la fuerza, mientras reclaman más información y transparencia sobre los informes de inteligencia que sustentaron la decisión de atacar.
Además, la falta de autorización formal previa para declarar la guerra por parte del Congreso de Estados Unidos abre de nuevo el debate político en Washington sobre los límites del poder presidencial, con un Donald Trump totalmente fuera de control, y sobre el papel del legislativo como contrapeso institucional en un momento de máxima tensión internacional.
Un grupo de médicos militares del ejercito estadounidense traslada de urgencia a un marine al interior de un triaje en un hospital de campaña en Bagdad.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Más allá del debate jurídico y político, persiste otra inquietud: la falta de claridad sobre cuál es el plan a largo plazo. Algunos congresistas han señalado que la administración no ha presentado aún una estrategia detallada sobre el devenir del conflicto ni sobre los objetivos finales de la intervención.
Esa incertidumbre recuerda inevitablemente a los primeros años de la guerra de Irak, cuando las decisiones tácticas se sucedían sin que existiera una hoja de ruta clara para el día después.
La represión interna hace difícil imaginar un levantamiento popular
En paralelo, los llamamientos del presidente estadounidense Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu al pueblo iraní para levantarse contra su propio régimen parecen chocar con la realidad política del país. Sobre el terreno, el poder sigue firmemente controlado por la Guardia Revolucionaria iraní y por la compleja red de estructuras políticas y militares que sostienen al sistema.
La represión interna y el control del aparato de seguridad hacen extremadamente difícil imaginar un levantamiento popular capaz de cambiar el equilibrio de poder.
Al mismo tiempo, la idea de que las minorías étnicas del país —como los kurdos o los baluchís— puedan protagonizar un levantamiento armado añade otro elemento de incertidumbre. Irán es un país profundamente diverso desde el punto de vista étnico y religioso, y cualquier intento de movilización armada de estas minorías podría empujar al país hacia una dinámica de fragmentación territorial. La experiencia reciente de conflictos como los de Siria o Irak muestra hasta qué punto ese tipo de escenarios pueden degenerar en guerras civiles prolongadas.
Un niño disfrazado de soldado posa durante una convención en memoria de todos los soldados caídos en combate en la guerra de Irak y Afganistan en Washington DC.
(Álvaro Ybarra Zavala)
Mientras tanto, Irán continúa conservando una importante capacidad militar y una extensa red de aliados y milicias en la región. Desde Líbano hasta Irak, pasando por Siria y Yemen, los llamados grupos proxy del país forman parte de un entramado de influencia regional construido durante décadas. Esa red convierte cualquier escalada militar en un conflicto potencialmente regional, con consecuencias imprevisibles para la estabilidad del Golfo Pérsico y de todo Oriente Próximo.
La posibilidad de que el conflicto se amplíe y obligue a Estados Unidos a desplegar tropas sobre el terreno es otra de las preocupaciones que empiezan a aparecer en el debate público estadounidense. Aunque la administración no ha confirmado esa posibilidad, tampoco la ha descartado. Y para muchos veteranos de Irak y Afganistán, esa sola hipótesis despierta un recuerdo incómodo: el de las guerras largas, costosas y difíciles de cerrar que marcaron la política exterior estadounidense durante las dos primeras décadas del siglo XXI.
De nuevo, como en un extraño retorno del pasado, la memoria de Irak vuelve a aparecer en la conversación pública estadounidense. La guerra que comenzó en 2003 dejó una profunda huella en la sociedad del país, tanto por el coste humano como por el impacto político que tuvo en la confianza de los ciudadanos hacia sus dirigentes.
El actual presidente, Donald Trump, fue elegido en parte por un electorado que pedía precisamente el final de las llamadas «guerras interminables» de Estados Unidos en Oriente Próximo. La historia, sin embargo, vuelve a situar al país ante una decisión que recuerda demasiado a las que ya se tomaron hace más de veinte años.


