Benjamin Franklin es frecuentemente recordado por su frase asegurando que las únicas dos certezas absolutas de los ciudadanos son la muerte y pagar impuestos. Se refería, por supuesto, a los Estados Unidos, pues en nuestro país la única promesa segura es que no saldremos vivos de esta existencia. He abogado siempre porque la DGII reciba del Gobierno mayor apoyo para perseguir drásticamente a la inmensa cantidad de evasores, defraudadores, tramposos, tímidos y demás delincuentes fiscales, protagonistas de la descomunal economía informal que compite deslealmente con quienes cumplimos nuestras obligaciones. Basta mirar en derredor para ver cientos o miles de ejemplos de actividades productivas muy rentables cuyos responsables con astucia o estulticia operan en un limbo fiscal. Es incomprensible que las autoridades prefieran exprimir hasta la sangre de quienes, acogidos a la formalidad y legalidad, vemos despliegues diarios de inexplicables riquezas por los impunes habituales sospechosos. Esa realidad impide que ingresen como contribuyentes quienes carentes de escrúpulos prefieren el bajísimo riesgo de su informalidad al seguro tortol de los anticipos del ISR, las abusivas tasas y saber que el Estado no recompensará con eficientes servicios públicos el carísimo mérito de la buena ciudadanía. La DGII es sobradamente eficaz con los pendejos que sí pagamos y olímpicamente desentendida del filón inexplorado que representan los malandros. Así no debe ser.
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