Cómo sus imperios perdidos ya hace tiempo siguen dando forma a Europa

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Imaginemos que Europa tuviera un ejército único. ¿Sería este rico continente, con una población mayor que la de Estados Unidos, el marginado geopolítico que es hoy en día? Sin duda, no. Unas fuerzas armadas unificadas que contaran con millones de alemanes, polacos y demás nacionalidades permitirían a los nerviosos europeos ignorar tanto el revanchismo ruso como el temor al abandono estadounidense. Por desgracia, los 27 países que forman hoy la Unión Europea mantienen 27 ejércitos minúsculos bajo mando nacional, cada uno de los cuales imita lo que hace su vecino. Sin embargo, declarar los asuntos militares una cuestión estrictamente nacional no era el plan original para la integración europea. En virtud de un tratado firmado en 1952, justo cuando se creaba el club que más tarde se convertiría en la UE, Francia, Alemania, los Países Bajos y otras naciones acordaron que el proceso de una unión cada vez más estrecha debía comenzar con la fusión de sus fuerzas armadas bajo un mando único. Es para quedarse atónito ante lo que podría haber sido: un superestado europeo tan cómodo proyectando su poder militar como regulando la potencia de las aspiradoras.



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