Estados Unidos volvió este jueves a una de esas escenas que hace no tanto habrían parecido improbables incluso para Washington: Hillary Clinton, ex secretaria de Estado, ex primera dama y una de las figuras más conocidas del Partido Demócrata, compareciendo en Nueva York ante … legisladores de la Cámara de Representantes para responder preguntas sobre Jeffrey Epstein. En los archivos del caso han aparecido además varias fotos de su marido, Bill Clinton, con mujeres en piscinas y otros lugares.
La ex secretaria de Estado compareció no solo para rechazar cualquier vínculo relevante con Epstein, sino para atacar de frente la lógica misma de la investigación republicana. Arrancó con una frase tajante: «Permítanme ser lo más clara posible. No tengo ninguna información». A continuación añadió que, como ya había sostenido en una declaración jurada del pasado 13 de enero, «no tenía ni idea de sus actividades criminales». Fue más allá: dijo que no recuerda haberse encontrado nunca con Epstein, que nunca voló en su avión y que jamás visitó su isla, sus casas ni sus oficinas. «No tengo nada que añadir a eso», remató.
Clinton insistió en que siente horror ante lo que se ha sabido de los delitos de Epstein y Maxwell. Dijo que le resulta «inconcebible» que Epstein recibiera en 2008 «una simple palmada en la muñeca», lo que le permitió seguir con sus prácticas depredadoras durante otra década. Pero usó esa condena moral para lanzar otra acusación: si el comité quisiera de verdad llegar al fondo del caso, sostuvo, habría interrogado con más firmeza a quienes dirigían el Departamento de Justicia y el FBI cuando esos delitos fueron investigados y procesados. Recordó que ocho antiguos altos cargos de las fuerzas de seguridad y de Justicia fueron citados y que, de ellos, solo uno compareció en persona.
Cinco de los seis antiguos fiscales generales, añadió, pudieron limitarse a remitir breves escritos diciendo que no tenían información. Ella, en cambio, ha sido obligada a sentarse ante los legisladores pese a sostener exactamente lo mismo. También denunció la falta de transparencia del propio comité. Subrayó que no se ha celebrado ni una sola audiencia pública y que ni siquiera se ha permitido la entrada de los medios, «incluido hoy», a pesar de que sus responsables han invocado una y otra vez la necesidad de transparencia. Según Clinton, tampoco se ha llamado con seriedad a algunas de las personas que aparecen con más peso en los llamados archivos Epstein.
La declaración se celebró a puerta cerrada, lejos de las cámaras del Capitolio y en medio de una gran expectación política y mediática. Fue el arranque de dos jornadas de deposiciones que continuarán este viernes con la comparecencia de Bill Clinton, expresidente de Estados Unidos. La sola imagen del matrimonio Clinton sometido a esta investigación ya tiene un peso político considerable. No solo por lo que representan en la historia reciente del Partido Demócrata, sino porque el caso Epstein ha crecido en Washington hasta convertirse en una presión constante, incómoda tanto para Donald Trump como para sus rivales.
La sola imagen del matrimonio Clinton sometido a esta investigación ya tiene un peso político considerable
La investigación parlamentaria sobre Epstein, condenado por delitos sexuales y fallecido en 2019 en una celda de Nueva York mientras afrontaba nuevos cargos por tráfico y abuso de menores, ha ido ampliando su alcance. Lo que comenzó como un intento de esclarecer la red de relaciones, favores e influencias tejida por el financiero ha terminado arrastrando al centro de la escena a figuras que durante años parecían demasiado poderosas, demasiado protegidas o demasiado lejanas en el tiempo como para verse forzadas a responder.
La comparecencia de Hillary Clinton llega tras meses de tensión entre los Clinton y el Comité de Supervisión de la Cámara, controlado por los republicanos. Hubo intercambio de cartas, resistencia inicial y una oferta del matrimonio de responder mediante declaraciones juradas. Pero el comité, presidido por el republicano James Comer, rechazó esa vía y endureció la presión hasta amenazar con un posible desacato criminal al Congreso. Esa escalada acabó forzando un acuerdo para que ambos comparezcan en persona.
El elemento más inusual está reservado para Bill Clinton, que según este proceso se convertirá en el primer expresidente de Estados Unidos obligado a declarar ante el Congreso. En una capital acostumbrada a empujar sus propias fronteras institucionales, ese paso marca otro umbral. También muestra hasta qué punto el caso Epstein ha desbordado los márgenes habituales de Washington. Ya no se trata solo de reconstruir los crímenes de un depredador sexual, sino de examinar cómo construyó su influencia, cómo obtuvo acceso a hombres y mujeres poderosos y qué responsabilidades políticas o institucionales pudo haber en torno a ese mundo.
Hillary reivindica su defensa de mujeres y niñas
La ex secretaria de Estado giró después hacia el terreno en el que quiso situar su autoridad política y moral: la lucha contra la trata y la explotación sexual. «Mi corazón está roto por las supervivientes. Y estoy furiosa en su nombre», afirmó. Reivindicó una trayectoria de décadas en la defensa de mujeres y niñas, desde su etapa como primera dama hasta su labor al frente del Departamento de Estado. Recordó que impulsó legislación federal contra la trata, que su marido promulgó la ley de protección de víctimas del tráfico y que, ya como secretaria de Estado, reforzó la acción internacional contra estas redes. Citó experiencias personales en el sudeste asiático, donde dijo haber conocido a niñas de apenas doce años forzadas a prostituirse y violadas repetidamente, y en Europa del Este, donde escuchó a madres que habían perdido a sus hijas en manos de traficantes.
Ese tramo de su declaración fue también una forma de sacar el caso Epstein del terreno del escándalo puntual. «Jeffrey Epstein fue un individuo atroz, pero está muy lejos de ser el único», dijo. Y añadió que no se trata de «una sensación de tabloide» ni de «un escándalo político aislado», sino de «una plaga global con un coste humano inimaginable». Reivindicó además que durante su mandato se publicara cada año un informe global sobre trata y que en 2011 insistiera en incluir por primera vez a Estados Unidos en ese examen, porque el país, dijo, debía exigirse «no el mismo estándar que el resto del mundo, sino uno aún más alto».
La parte más política de su intervención llegó cuando cargó directamente contra la Administración Trump. Aseguró que el Gobierno había desmantelado la oficina de lucha contra la trata en el Departamento de Estado, recortando más del 70% de sus expertos de carrera, y que retrasó durante meses la publicación del informe anual exigido por ley. «El mensaje de la Administración Trump al pueblo estadounidense y al mundo no podría ser más claro: combatir la trata de personas ya no es una prioridad estadounidense», denunció. Lo calificó de «tragedia» y de «escándalo» y sostuvo que eso sí merecería una investigación seria y vigorosa.


