Gonzalo Castillo se inscribe como precandidato del PLD: ¿Y ahora qué?

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Por Jorge Lendeborg. Ayer se oficializó la inscripción de Gonzalo Castillo como precandidato del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Con ese paso, el partido dejó de jugar a la ambigüedad. Ya no se trata de ‘ver qué pasa’, sino de admitir lo obvio: el PLD estaba esperando un punto de concentración. La política dominicana se mueve por señales de poder. Una señal de poder no es una rueda de prensa, ni una consigna, ni una foto. Es cuando la estructura empieza a moverse sola. Cuando el dirigente medio siente que el futuro puede pasar por una sola puerta, deja de preguntar y comienza a alinearse. Ahí está la primera consecuencia: Gonzalo, por peso propio, obliga al PLD a reorganizar su mapa interno. Y cuando un partido reorganiza su mapa, los proyectos secundarios quedan expuestos a una verdad cruel: el activismo sin crecimiento es solo cansancio. La no participación de Abel Martínez en este tramo inicial no es un detalle administrativo. Es una grieta estratégica. Su ausencia deja un vacío en el tablero y la estructura odia los vacíos. Lo que ocurre después casi siempre es lo mismo: operadores que ayer juraban lealtad eterna comienzan a hablar de ‘unidad’, que es la palabra elegante para justificar un cambio de carril. Luego están los dos Franciscos. Domínguez Brito tiene marca propia y un discurso que suele tener audiencia fuera del núcleo duro, pero su dilema es evidente: competir para ganar o pactar por la unidad. En un partido que intenta volver a ser opción real, la presión por cerrar filas aumenta cada semana. Hoy no lo endorsará de inmediato, pero el desenlace no es imposible si el partido percibe una ola. Francisco Javier García representa otra narrativa: recorrido, organización, calle. Pero la calle sin aguja es solo kilometraje. Y aquí viene lo que nadie quiere escuchar dentro del PLD: si después de más de un año de trabajo no cambias el termómetro, la estructura se te empieza a ir por goteo. No se van con una carta. Se van con excusas. Un día no llegan. Otro día ‘están complicados’. Y al tercero, ya están en otra actividad. Así funciona. Hacia afuera, la inscripción de Gonzalo vuelve a colocar al PLD en un terreno que le conviene: identificación. Los partidos compiten mejor cuando el electorado puede asociar una propuesta a un rostro. Y el PLD, por meses, parecía competir como idea suelta. Con Gonzalo, vuelve a competir como opción tangible. Pero cuidado con las ilusiones. Que nadie se equivoque. El 2028 no se gana con discursos, ni con promesas, ni con campañas de marketing. Tampoco se gana con ‘tengo estructura’. Esa frase es el placebo favorito de los derrotados. El 2028 lo define el que ejecute mejor el día D. El que tenga un proyecto de movilización real, con mando, logística, control y data. El que convierta simpatía en asistencia, y asistencia en voto contado. En una elección que seguramente camine hacia segunda vuelta, los partidos pequeños serán bisagra, y los grandes necesitarán algo más que narrativa: necesitarán operación. Así que, y ahora qué. Ahora viene lo único que importa: ordenar el partido sin romperlo, sumar sin humillar, disciplinar la comunicación y construir una maquinaria electoral que no dependa de entusiasmo, sino de método. Porque el país no elige al que habla más bonito. El país elige al que llega con más votos el día de la verdad. **REDACCIÓN FV MEDIOS**

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