En Venezuela existe un partido que nunca ha ganado una elección. No por falta de adeptos, sino porque el chavismo nunca le ha permitido presentarse legalmente bajo sus propias siglas. Sin embargo, Vente Venezuela es hoy la fuerza política más importante del país. … Un peso que de cara al exterior recae casi por completo sobre la figura de su fundadora y líder, María Corina Machado, pero que internamente se distribuye en una amplia red de colaboradores leales. ABC ha hablado con seis de ellos para conocer sus historias y sus convicciones.
Nacido en 2012, el partido Vente Venezuela es una excepción en el panorama político venezolano: es la única organización que se define abiertamente como liberal. Su ideología es férreamente contraria al socialismo, apostando por el libre mercado, la propiedad privada y la formación de ciudadanos que no dependan del Estado. Desde sus inicios, los miembros del partido conciben su enfrentamiento contra el chavismo no solo como un reto electoral, sino como una «lucha espiritual», una convicción profunda que se ha convertido en su principal pilar de resistencia.
Lo que comenzó en 2010 como un movimiento ciudadano para acompañar a Machado al Parlamento, terminó consolidándose como un partido político estructurado tras la campaña presidencial de 2012. La hispanovenezolana Catalina Ramos, —quien, tras nueve meses de reclusión en El Helicoide, se encuentra hoy junto a su familia en España— recuerda que las bases exigían avanzar tras aquella fracasada elección: «El 90% de los voluntarios nos preguntaban cuál era el siguiente paso. Ahí decidimos tomar partido en la política del país».
El abogado Antonio Canova, hoy también exiliado en Madrid, se sumó para cimentar ideológicamente a esa naciente dirigencia frente al «socialismo que nos avasallaba». Para las nuevas generaciones, como la líder juvenil Albany Colmenares, el atractivo del partido fue su negativa a claudicar. «Mientras muchos hablaban de adaptarse, Vente insistía en llamar a las cosas por su nombre y no negociar principios. O asumía mi papel en la lucha o renunciaba en silencio», explica la politóloga a ABC tras siete meses recluida en un calabozo de la Policía Nacional. «Y yo no estaba dispuesta a vivir con esa renuncia».
La líder juvenil del partido, Albany Colmenares, junto a Machado.
(ABC)
Estructurar ese proyecto a nivel nacional comenzó desde la austeridad más absoluta. Desde el inicio, el abogado Henry Alviarez, coordinador de organización y hombre fuerte de Machado, recorrió el país en autobús y en un coche averiado para levantar el partido. «Hacíamos sacrificios para reunirnos con 10 o 15 personas por estado. Nunca nos frustró», asegura.
Alviarez, como tantos otros dirigentes de Vente, también fue recluido en las cárceles del régimen.
El coste personal
Sin embargo, a medida que el partido crecía y el chavismo arreciaba, el activismo empezó a tener un coste personal y familiar altísimo. Para los dirigentes de Vente, el punto de quiebre no fue una derrota electoral, sino el momento en que el régimen decidió ir a por las personas.
Al principio, el riesgo parecía menor. Ramos recuerda que en los primeros años involucraba a sus tres hijos pequeños en los recorridos. Pero, a partir de 2014, la represión forzó a su familia a emigrar. «Ahí me alegré de que no estuvieran, porque no eran objetivos de persecución», confiesa Ramos. «Pero al final no están contigo, y eso hace que uno viva la vida de otra forma».
El arquitecto Humberto Villalobos, coordinador electoral, asegura que «lo que más se sacrifica es el tiempo personal. Los proyectos familiares fueron sustituidos por un sueño de libertad». Por su parte, Albany Colmenares define el sacrificio como aceptar que tu nombre se convierta en sinónimo de riesgo para los tuyos. «Es saber que cada paso que das puede traducirse en una noche de angustia para tu familia. Ellos no eligieron la exposición, pero eligieron acompañarme».
Machado junto a Catalina Ramos, en un mitin.
(Vente Venezuela)
Defender la línea dura los puso, durante años, a contracorriente de la propia oposición. Canova lo define como el reto de «hacer política sin caer en las trampas de la dictadura», asumiendo una postura radical que el 90% del país terminó respaldando en las urnas, cuando Edmundo González resultó ganador en unas elecciones en las que Nicolás Maduro se autodeclaró vencedor. Pero ese respaldo desató el desmantelamiento de su estructura.
El asedio y los calabozos
La persecución del Estado llegó a transmitirse directamente a través de las redes sociales. Catalina Ramos relata cómo en agosto de 2024, resguardada en la clandestinidad, vivió el momento de mayor impacto psicológico para el partido.
«Vimos en directo la transmisión de nuestra compañera María Oropeza cuando la DGCIM –la Inteligencia militar chavista– la fue a buscar a su casa», recuerda. «Ya habíamos visto detenciones, pero eran cosas de las que te enterabas después. La de María fue transmitida en directo mientras conversábamos con ella. En ese momento caí en la cuenta de que todos podríamos ser parte de esta persecución».
Machado, flanqueada por algunos de sus estrechos colaboradores, se dirige a Henry Alviarez.
(ABC)
En enero de 2025, el asedio alcanzó a la propia Machado, interceptada por grupos paramilitares. Humberto Villalobos, asilado entonces en la Embajada de Argentina en Caracas, recuerda la agónica espera: «La mantuvieron acosada e incomunicada. Sentimos que se nos terminaba el camino».
La maquinaria represiva terminó llevando a varios de los fundadores a los temidos calabozos de El Helicoide o a sedes policiales. Fue allí donde la «lucha espiritual» que siempre los caracterizó se volvió su tabla de salvación.
Ramos intuía que la buscarían. Cuando tres hombres de civil irrumpieron para llevársela esposada, el impacto fue inevitable. En El Helicoide tomó una decisión para no quebrarse: «Yo me maquillaba todos los días como si fuese a salir a la oficina», relata. Leía y animaba a sus compañeras de celda contándoles cómo el partido seguía operando en la clandestinidad.
Necesidad espiritual
Colmenares, detenida en una sede policial, encontró un ancla en la lectura y fundó una biblioteca en el centro penitenciario. «Entendí que existía una necesidad no solamente intelectual, sino espiritual», relata. Ese encierro provocó un profundo reencuentro con su fe, afianzando «una relación íntima con un ser superior que da fuerza en los momentos más duros».
La fe fue también el escudo de Henry Alviarez durante sus 22 meses en El Helicoide. Como abogado, sufrió la brutalidad del sistema que denunciaba. «Nadie puede pretender cruzar un río caudaloso sin mojarse», reflexiona. «Me sostenía mi fe, mi amor por la familia y por el país. Hasta en esa prisión injusta siempre encontré gestos de bondad, incluso en los funcionarios que me custodiaban».
Henry Alviarez corta la cinta inaugural durante la reapertura de la sede del partido en Caracas, el 28 de marzo.
(Reuters)
Para quienes estaban asilados en embajadas, el refugio se transformó en una cárcel psicológica. Operar la campaña presidencial desde el encierro y ver cómo la represión golpeaba a sus equipos en las calles generó un peso moral aplastante. Magalli Meda, directora creativa del partido, resume esa culpa con una reflexión que ya compartió previamente a ABC: «Escaparme de la embajada fue un riesgo personal. Pero cuando yo escogía un jefe de campaña, y a esa persona la desaparecieron y vi a su familia sufrir… Eso es una carga muy pesada».
Libertad a medias
Quienes han logrado ser excarcelados descubren que la libertad ya no es un concepto político, sino una necesidad física primaria. Tras siete meses detenida, el día de su salida de prisión, el pasado mes de febrero, Colmenares notó el sol en el rostro. «Me hizo sentir viva», recuerda. Hoy valora cosas tan simples como abrir una puerta o decidir a qué hora bañarse.
Alviarez, acostumbrado a celdas donde solo veía la luz escasos minutos a la semana, redescubrió el valor del aire puro. «La libertad a veces uno no la valora y tienen que ocurrir cosas como estas. Al final, se traduce en eso: en vivir».
Pero el reencuentro con el exterior obliga a lidiar con el tiempo perdido. Ramos, tras casi nueve meses en El Helicoide, voló a Tenerife para ver a la familia que llevaba tres años sin abrazar. «Uno da por hecho que puede ir dejándolo para después y seguir trabajando», afirma. «Pero uno tiene que considerar la libertad de poder estar con la familia cuando uno lo decida, no cuando lo decidan otros».
Para los miembros del partido, el alivio personal choca con la realidad. La excarcelación de algunos dirigentes no significa el fin del asedio. Colmenares comenta que, tras la euforia de ser excarcelada, se dio cuenta de que una sombra la ataba a su celda: dentro dejaba a otros jóvenes presos. Es esa herida la que explica por qué un partido liberal, que nunca ha podido competir legalmente con sus propias siglas, se niega a rendirse frente al aparato del Estado. «Mientras quede un encarcelado injustamente en este país, ninguno de nosotros es realmente libre», concluye Colmenares. Es la certeza final de quienes sostienen una única premisa en su lucha política: «La libertad a medias no es libertad».


