El conflicto en Ucrania trasciende el análisis de una guerra entre dos Estados, constituyendo una confrontación geopolítica que reconfigura la arquitectura de seguridad y defensa europea. Este conflicto está vinculado a la ampliación de la Unión Europea hacia Europa del Este y los Balcanes, un proceso que ha redefinido los márgenes de influencia de Rusia en su entorno inmediato.
Las raíces de esta confrontación se encuentran en la reconfiguración del orden europeo tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1991. De aquel colapso surgieron quince nuevos Estados, lo que alteró significativamente el equilibrio político y estratégico en Europa oriental y Eurasia.
Rusia asumió la continuidad de la personalidad jurídica internacional de la antigua URSS, heredando el asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el control del arsenal nuclear y gran parte del armamento convencional.

Tras la disolución soviética, países como Ucrania y Kazajistán quedaron en posesión de armas nucleares. Sin embargo, en el marco de acuerdos de garantías de seguridad entre Rusia y las potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos, Ucrania aceptó transferir su arsenal nuclear y parte de la flota del mar Negro a Moscú mediante el Memorando de Budapest de 1994, a cambio de compromisos explícitos de respeto a su soberanía, independencia e integridad territorial.
De forma paralela, varios países de Europa del Este, como Polonia, la República Checa y Hungría, que habían sufrido el dominio soviético, aspiraban a integrarse plenamente en el modelo democrático y económico de Europa occidental.
En 2004, ocho países que habían formado parte del bloque socialista –Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Eslovenia, junto con los países bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, estos últimos antiguos miembros de la URSS– se incorporaron a la Unión Europea. Posteriormente, en 2007, se sumaron Rumanía y Bulgaria, y en 2013 lo hizo Croacia.
Conviene destacar que solo Polonia, Hungría y la República Checa ingresaron primero a la OTAN y luego a la Unión Europea. El resto lo hizo de manera prácticamente simultánea, buscando no solo garantías de seguridad frente a Rusia, sino también desarrollo económico, estabilidad institucional y consolidación democrática, en línea con los estándares de Occidente.
En la actualidad, hay varios países candidatos a adherirse a la Unión Europea que históricamente han estado bajo la influencia rusa, como Ucrania, Moldavia, Serbia, Montenegro, Georgia, Albania, Macedonia del Norte y Bosnia-Herzegovina.
En ese contexto, Ucrania, uno de los miembros fundadores de la URSS, procuró seguir el mismo camino que otros países de Europa del Este, fortaleciendo sus vínculos con la Unión Europea y distanciándose de Rusia. Esta orientación está influida por una memoria histórica marcada por el Holodomor, la colectivización forzada impulsada por Stalin a inicios de la década de 1930, que provocó una hambruna en la que murieron alrededor de cinco millones de ucranianos.
Siguiendo esa trayectoria, Ucrania firmó en 2007 un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Sin embargo, el proceso se vio interrumpido cuando el entonces presidente Víktor Yanukóvich, bajo presión de Moscú, decidió suspender el acuerdo a finales de 2013, lo que desencadenó la masiva movilización ciudadana conocida como el Euromaidán.
El Euromaidán provocó la salida de Yanukóvich del poder y su huida a Rusia. En ese escenario de inestabilidad, Moscú aprovechó la coyuntura para anexar Crimea en 2014 y apoyar militarmente a sectores rusoparlantes del Donbás. En febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión a gran escala contra Ucrania, justificándola en la necesidad de impedir su ingreso en la OTAN y bajo el argumento de la “desnazificación” del país.
A lo largo de casi cuatro años de conflicto, se evidencia que Rusia persigue como objetivo fundamental la anexión de los territorios del Donbás, Jersón y Zaporiyia. Para ello, el Kremlin ha recurrido a la narrativa de que Rusia y Ucrania conforman un mismo pueblo, llegando incluso el presidente Vladimir Putin a calificar a Ucrania como un Estado artificial.
Bajo este argumento, Rusia ha caracterizado en ocasiones el conflicto como una “guerra civil”, con el fin de dotar de legitimidad a la anexión territorial mediante el uso de la fuerza. De este modo, desde febrero de 2022, Rusia se ha convertido en el único miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ha procedido a la anexión de territorios de otro Estado soberano.
Las ambiciones geopolíticas de Rusia en Ucrania fueron explicadas con claridad por el ya fallecido politólogo estadounidense Zbigniew Brzezinski, conocido por su obra “El gran tablero mundial”, en un artículo publicado en 2012 en la revista Foreign Policy, titulado “8 Geopolitically Endangered Species”, donde sostuvo que en “Ucrania, Rusia se juega la renovación de sus ambiciones imperiales”, al considerar que el control o la influencia sobre este país constituye un elemento clave para la proyección de su poder en el espacio euroasiático.
La invasión rusa a Ucrania alteró profundamente el esquema de seguridad europeo y generó una fuerte percepción de inseguridad, especialmente entre los Estados que formaron parte de la órbita soviética, como Estonia, Letonia, Lituania y Polonia, así como en países que comparten frontera directa con Rusia, como Finlandia.
Aunque se perciba lo contrario, los intereses de Rusia y de la Unión Europea en Ucrania son más profundos y estructurales que los de Estados Unidos. El amplio apoyo brindado por la administración Biden respondió, en gran medida, a la necesidad de evitar que Europa occidental perdiera la confianza en Washington como garante de su seguridad transatlántica.
En contraste, la administración de Donald Trump ha mostrado disposición de aceptar las peticiones de Rusia sobre Ucrania, en un intento por reeditar la estrategia de acercamiento geopolítico impulsada en los años setenta por Nixon y Kissinger. Sin embargo, a diferencia de aquella estrategia, este enfoque ha sido expuesto de forma más explícita, permitiendo que China identifique con claridad el movimiento estratégico, igual que las potencias europeas.
En este escenario, Ucrania ha rechazado de manera consistente cualquier cesión territorial y cuenta con el respaldo firme de potencias europeas como Alemania, Reino Unido y Francia, que consideran que tales concesiones sentarían un precedente negativo para la seguridad y la estabilidad del orden europeo.
Tras la invasión de Ucrania, Alemania ha puesto en marcha un proceso de rearme que se ha ido profundizando con la llegada al poder del canciller Friedrich Merz en mayo de 2025, quien sostuvo que el objetivo de su gobierno es desarrollar el ejército convencional más poderoso de Europa. Para 2026 tiene proyectado destinar alrededor de 125 mil millones de dólares en defensa. De mantenerse esta tendencia, hacia 2028 Alemania se convertiría en el tercer país que más gasta en defensa, solo por detrás de Estados Unidos y China.
Finalmente, la Unión Europea ha transitado de una relación de décadas con Rusia, cimentada en la confianza, hacia una marcada percepción de amenaza. En ese sentido, el politólogo español Pol Morillas, en su obra “En el patio de los mayores”, advierte que, en un mundo cada vez más competitivo y conflictivo, Europa ya no puede permitirse actuar como un actor pasivo; destacando la expresión del historiador griego Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**



