Dos apagones en cuatro meses: ya no es un incidente

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La República Dominicana acaba de vivir otro apagón general. El problema no es que haya ocurrido, sino que ya había pasado hace apenas unos meses. Los sistemas eléctricos fallan en todas partes del mundo, pero la solidez de un sistema se mide por su capacidad de resistir las averías. Un país puede tolerar fallas; lo que no puede tolerar es la repetición de un colapso.

En menos de cuatro meses, la población ha experimentado dos interrupciones de gran impacto: la caída del Sistema Eléctrico Nacional y la paralización del Metro de Santo Domingo. Son infraestructuras distintas, pero ambas cumplen la misma función esencial: sostener la vida cotidiana del país. Aquí cambia la naturaleza del problema.

Un sistema eléctrico moderno se diseña bajo el principio de contingencia: si una línea o un equipo sale de servicio, el resto de la red debe seguir funcionando. Por eso los apagones nacionales son excepcionales. No porque no existan fallas, sino porque el sistema está preparado para que una falla no derribe todo.

Cuando una sola contingencia provoca un colapso amplio, la discusión deja de ser rutinaria. Se convierte en una advertencia.

Durante años, la ciudadanía percibió una mejoría tangible: circuitos 24 horas, menos interrupciones y cierta estabilidad. Eso generó la impresión de que el histórico problema eléctrico dominicano había sido finalmente superado. El evento reciente demuestra que no estaba resuelto; estaba contenido.

Y aquí está la pregunta inevitable. Hace apenas unos meses el país enfrentó un evento similar. Cuando un sistema crítico repite una falla en tan corto tiempo, la discusión ya no es qué ocurrió ese día. La discusión es qué no se corrigió después del anterior.

No se trata de buscar culpables inmediatos ni de reducir el debate a oficialismo u oposición. El sistema eléctrico dominicano es acumulativo: décadas de decisiones, inversiones, retrasos en mantenimiento y expansión de generación más rápida que la de transmisión.

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El problema eléctrico nacional nunca ha sido únicamente producir energía. Siempre ha sido transportarla y sostenerla sin depender de un equilibrio frágil.

La ciudadanía no exige perfección. Exige certeza. Un apagón programado puede entenderse. Un evento inesperado también puede explicarse. Lo que no puede normalizarse es la posibilidad de un colapso recurrente.

Por eso, la discusión pública no debería centrarse en justificar lo ocurrido, sino en responder algo concreto: qué falló técnicamente, qué correctivos específicos se implementarán y en qué plazo verificable.

Porque la estabilidad eléctrica no es solo un tema energético. Es un tema económico, social y de confianza institucional.

Y después de dos eventos en menos de cuatro meses, la pregunta ya no es si puede volver a pasar. La pregunta es si el país está preparado para evitarlo.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**