Los hechos recientes que han estremecido a la sociedad dominicana —menores asesinados dentro de su entorno familiar, niñas convertidas en madres, adolescentes empujados a la delincuencia— no pueden seguir siendo tratados como sucesos aislados. Son síntomas de una crisis estructural de la familia dominicana y de un Estado que no ha logrado articular una red efectiva de protección social.
Durante décadas, la familia ha sido el principal amortiguador de las carencias institucionales. Allí donde el Estado no llegaba, llegaba la madre; donde fallaban las políticas públicas, aparecía la abuela, la tía, el vecino. Hoy ese dique está resquebrajado. Hogares fragmentados, paternidades ausentes, maternidades sobrecargadas y niños creciendo sin referentes sólidos están dejando una factura social cada vez más costosa.
Las cifras sobre embarazo adolescente, abandono escolar, violencia intrafamiliar y criminalidad juvenil apuntan todas en una misma dirección: la infancia dominicana está creciendo en un entorno de alta vulnerabilidad. No se trata únicamente de pobreza económica, sino de pobreza emocional, educativa y comunitaria. Cuando un niño crece sin supervisión, sin límites y sin afecto, la probabilidad de que repita ciclos de violencia o exclusión aumenta dramáticamente.
El Estado tiene una responsabilidad ineludible. Las instituciones llamadas a proteger a niños, niñas y adolescentes operan con recursos limitados, personal insuficiente y capacidad de respuesta restringida. Pero también existe una falla más profunda: la ausencia de una política integral de fortalecimiento familiar, que aborde simultáneamente educación, empleo, salud mental, corresponsabilidad parental y prevención temprana.
Sin embargo, reducir este debate únicamente al ámbito gubernamental sería un error. La familia, como núcleo social, también ha fallado. Se ha normalizado la ausencia del padre, se ha romantizado la maternidad temprana como vía de ascenso social, y se ha tolerado —por silencio o indiferencia— la convivencia de menores con adultos en relaciones profundamente desiguales.
Una sociedad que trivializa estas realidades termina convirtiéndose en cómplice. El silencio, la no denuncia y la mirada hacia otro lado no son neutralidad: son formas de permisividad.
Reconstruir la familia dominicana no implica idealizar modelos del pasado, sino crear condiciones reales para que niños y adolescentes crezcan protegidos, acompañados y con oportunidades. Sin familia fuerte no hay cohesión social posible. Y sin cohesión social, ningún proyecto de país puede sostenerse en el tiempo.
REDACCIÓN FV MEDIOS

