La viñeta más celebrada esta semana en la revista ‘New Yorker’ era un simple libro con una portada ingeniosa: ‘Operaciones limitadas de combate y paz’, con la firma de León Tolstoi. La referencia a ‘Guerra y paz’ del escritor ruso era una crítica a los … circunloquios de los republicanos del Congreso para no llamar ‘guerra’ a la guerra de Irán. La razón es evidente: la campaña militar emprendida por Donald Trump no es popular en EE.UU. Y buena parte de los legisladores se juegan el escaño en las elecciones legislativas de este otoño. ‘Misión’, ‘operaciones’, ‘hostilidades’, es lo que dicen (hay una segunda razón: el Congreso es quien debe declarar una guerra, pero no quieren incomodar a Trump).
La guerra en Irán ha cumplido una semana y las encuestas muestran que los estadounidenses no han salido, en este caso, a abrazar la bandera. Trump no consigue entusiasmo claro con su decisión de atacar a Irán ni siquiera en los sondeos más optimistas. El acumulado de encuestas sobre la popularidad de la guerra de RealClearPolitics coloca la aprobación de la guerra en el 41,3% y la oposición en el 48,7%.
Esto convierte a Trump, una vez más, en un presidente diferente. Sus antecesores en las últimas décadas han ido a la guerra con apoyo popular y el inicio de las hostilidades, con vidas de soldados estadounidenses en juego, ha agudizado el sentimiento patriótico.
Según los números de Gallup, desde la presidencia de Ronald Reagan, los apoyos más bajos para la intervención militar en un país ha sido del 51% para Bill Clinton en Kosovo en 1999 y del 53% para el propio Reagan en Granada en 1983; y los más altos para George W. Bush en Afganistán en 2001 y del 83% para su padre, George H. W. Bush, en Irak en 1991.
El único caso de apoyo por debajo del 50% fue la campaña aérea de Barack Obama contra Libia de 2011, que fue del 47% (con todo hubo más apoyo que oposición, que fue del 37%; en el caso de Irán, la encuesta más favorable es la de Fox News, que da a Trump un 50% de apoyo y un 50% de rechazo).
El único caso de apoyo por debajo del 50% fue la campaña aérea de Barack Obama contra Libia de 2011, que fue del 47%
«Nunca ha habido sondeos tan débiles al comienzo de una guerra», asegura a este periódico Brandan Puck, un investigador de Cato Institute especializado en la oposición dentro de EE.UU. a la política exterior del país durante el siglo XX. «Lo habitual es un periodo en el que se construye apoyo, luego empieza la guerra, sube el apoyo, y este se cae con el paso del tiempo».
Idas y venidas
Como tantos otros, considera que buena parte de la impopularidad de la guerra tiene que ver con la «falta completa de disciplina en el mensaje» por parte de Trump y de su Administración. Las idas y venidas en las razones y los objetivos de la guerra -la amenaza nuclear, la posibilidad de misiles de largo alcance que lleguen a EE.UU., el cambio de régimen, la necesidad de golpear primero porque los iraníes atacarían- han provocado una «confusión» entre los votantes que no beneficia el apoyo a la guerra: «No sabemos por qué estamos en guerra ni durante cuánto tiempo», resume Puck.
Karl Rove, estratega republicano y asesor principal de Bush hijo, celebraba en una tribuna reciente en ‘The Wall Street Journal’ la decisión de Trump de atacar a Irán como un «acto histórico» que ha mostrado «brillo militar y de inteligencia y un liderazgo con agallas». Pero reconocía a la vez su impopularidad y exigía a Trump que dedique «más tiempo a explicar sus acciones en Irán y por qué son importantes para los intereses estadounidenses».
El problema para Trump es que esta guerra y su contexto son muy diferentes a otras que emprendieron sus antecesores. Cuando han comenzado por un ataque a EE.UU. -Pearl Harbour o los ataques terroristas del 11-S- el apoyo patriótico es inmediato.
Cuando las guerras han comenzado por un ataque a EE.UU. -Pearl Harbour o los ataques terroristas del 11-S- el apoyo patriótico es inmediato
Para el votante medio, la guerra ha aparecido de manera casi sorprendente, en medio de negociaciones diplomáticas, sin advertencias de la necesidad de un ataque a gran escala para proteger la seguridad del país. Y ocurre, además, con buena parte del electorado harto de las guerras interminables en Oriente Próximo –Irak, Afganistán, Siria, Libia-, donde los estadounidenses han visto morir a sus hijos y esfumarse sus impuestos, sin grandes resultados.
Un gran problema para Trump es que él prometió acabar con esas guerras. Y aunque la de Irán es muy diferente -sin tropas en el terreno, sobre todo- es imposible que muchos de los suyos no se sientan defraudados.
Grietas en el mundo MAGA
De hecho, la guerra ha abierto grietas en el mundo MAGA (‘Make America Great Again’, ‘Hacer a EE.UU. grande otra vez’, el lema político de Trump), con figuras influyentes en medios y redes sociales que han criticado con fuerza al presidente. Tucker Carlson, que fue estrella de Fox News y ahora es una voz poderosa en el trumpismo, ha calificado el ataque a Irán de «absolutamente repugnante y malvado». Megyn Kelly, otra ex de la ‘cadena amiga’ de Trump, ha criticado que los soldados estadounidenses muertos en la guerra -hasta ahora, seis- «han muerto por Irán». Matt Walsh, un opinador con peso en los jóvenes que se han acercado a Trump, ha criticado la «confusión» en las razones de Trump para la guerra.
Trump se ha sacudido esas críticas: «MAGA soy yo», ha dicho, y ha asegurado que le dan igual las encuestas. Es difícil creerlo: las elecciones en otoño determinarán si los republicanos mantienen sus mayorías en las dos cámaras del Congreso, algo decisivo para los dos años que le quedan a Trump en la Casa Blanca.
Este sábado precisamente se dirigió a Dover (Delaware) tras participar en Miami en una cumbre con líderes iberoamericanos para recibir los cuerpos de los seis militares estadounidenses caídos en la guerra. Reconoció que la situación «es muy triste» por el hecho de «saludar a las familias de unos héroes que regresan de Irán, de una manera diferente a la que esperaban»
La factura política final de la guerra está por decidir. Tendrá que ver con muchos factores: cuánto dure, cuántos soldados estadounidenses mueran, qué objetivos se hayan cumplido. Es evidente que, de una manera u otra, Trump celebrará una victoria. La cuestión es ver si convence de ello a los estadounidenses. Sus últimas advertencias de provocar una «destrucción completa» de Irán si el régimen no se rinde muestran que busca un final rápido.
«Cuanto menos dure la guerra, mejor para él», resume Buck, que advierte de que el conflicto es munición electoral para los demócratas, en especial en votantes claves como los independientes y los jóvenes, muy decisivos en el regreso de Trump al poder. «El ‘dolor en la gasolinera’ (aumento de los precios energéticos) se va a unir al mensaje de coste de vida que han abrazado los demócratas», explica sobre la oposición y los buenos resultados electorales que han logrado en los últimos meses con esa estrategia. «Podrán decir que estamos malgastando recursos en guerras innecesarias cuando podríamos dedicarlos a los problemas que tenemos aquí», añade. «Esa es la ironía: es el mismo mensaje que Trump ha utilizado en todas sus campañas presidenciales».


