Chen Kai compara su trabajo con la promoción del uso de preservativos. La gente está empezando a escuchar historias aleccionadoras sobre lo que puede salir mal y, por eso, se está interesando en protegerse, afirma. Sin embargo, existen obstáculos culturales: redactar un testamento, o de … hecho tener una gran fortuna que legar, son conceptos novedosos en la China moderna. La empresa privada y la riqueza privada –erradicadas en las primeras décadas del régimen comunista– solo han vuelto a ser posibles en los últimos cuarenta años aproximadamente.
La primera generación que se hizo rica tras el inicio de las reformas de mercado en China está empezando a fallecer y este es el motivo por el cual el Centro de Registro de Testamentos de China, organización benéfica fundada por el señor Chen y respaldada por el Estado, está ayudando a las personas mayores a redactar y otorgar testamentos. Sin embargo, incluso el propio señor Chen tiene sentimientos encontrados con respecto a la primera gran transferencia intergeneracional de China. Una pequeña minoría de la sociedad pronto heredará una enorme riqueza, justo cuando una prolongada desaceleración económica está reduciendo las perspectivas económicas de los jóvenes. Esos ingresos no ganados deberían gravarse, argumenta el señor Chen: «Es absurdo que un país socialista no introduzca un impuesto de sucesiones».
No fue hasta finales de la década de 1970 cuando Deng Xiaoping, entonces líder supremo de China, abrió la economía y «permitió que algunos se hicieran ricos primero» como un paso hacia la «prosperidad común». Durante ese periodo, mucha gente se ha hecho rica. Solo en 2025, China continental creó 70 nuevos multimillonarios, lo que eleva el total a 470, según un informe del banco UBS –Estados Unidos tiene 924–. Solo estos multimillonarios han amasado unos 1,8 billones de dólares.
Casi nada de esa riqueza es heredada. El 98% de los multimillonarios de China continental son personas que se han hecho a sí mismas, en comparación con el 66% de Hong Kong y el 69% de Taiwán. Sin embargo, la riqueza de China está cada vez más en manos de personas de edad avanzada. Las personas de 60 años o más representaban el 49% de quienes poseían un patrimonio de al menos 5.000 millones de yuanes (720 millones de dólares) en 2025, frente al 23% de 2016, según datos de Hurun, empresa de análisis. En la década iniciada en 2025, los chinos con un patrimonio neto superior a 5 millones de dólares legarán 2,1 billones de dólares, según estimaciones de Altrata, dedicada a la inteligencia patrimonial.
La situación se va a complicar. Gao Hao, de la Universidad de Tsinghua, estudió las muertes de fundadores o accionistas mayoritarios de empresas chinas que cotizan en bolsa entre 2003 y 2024, y encontró 67 casos, con una edad media de fallecimiento de 64 años. Solo seis de ellos habían redactado testamentos.
Sin testamento, no hay manera
Quizá el multimillonario más conocido con una sucesión turbia fue Zong Qinghou, que falleció en 2024 a los 79 años. Nació en la pobreza, pero convirtió un negocio de bebidas de yogur en un imperio de bebidas llamado Wahaha. Durante un tiempo fue la persona más rica de China. Su historia de «de pobre a rico» encarnaba las posibilidades aparentemente ilimitadas de la era de las reformas.
La hija de Zong, que se creía que era hija única, heredó su fortuna. Sin embargo, un año después de su muerte, otras tres personas que afirmaban ser sus hijos impugnaron su derecho a los activos y reclamaron más de 2.000 millones de dólares de su patrimonio. La batalla legal, que aún no se ha resuelto, ha conmocionado al país. De repente, muchos empresarios «quisieron conocer los entresijos del incidente de Wahaha», afirma el señor Gao.
Tan solo era la punta del iceberg. Entre 2006 y 2015, hubo menos de 90.000 sentencias judiciales sobre asuntos de herencias, según el recuento de The Economist. Entre 2016 y 2025, esa cifra casi se quintuplicó. Esta evolución refleja una creciente complejidad de las familias, con más divorcios, padres solteros, parejas sin hijos, hijos que viven en el extranjero, etc. La legislación china divide los bienes a partes iguales entre padres, cónyuges e hijos –incluidos de amantes–, pero algunos quieren legar su patrimonio a los nietos o a parejas no casadas. Para complicar aún más las cosas, muchos testamentos no son válidos.
El país ha lanzado cursos para enseñar a gestionar las herencias
El problema no solo afecta a los ultrarricos. La clase media china, que cuenta con 500 millones de personas, también ha acumulado riqueza, entre otras cosas a través de la privatización de la vivienda pública. La tasa de propiedad de viviendas en las zonas urbanas pasó del 20% de 1980 al 96% en 2022. A pesar de la caída del mercado inmobiliario en los últimos años, alrededor del 70% de la riqueza de los hogares corresponde a inmuebles. Las autoridades tienen que lidiar cada vez más con casos como el de la señora Jiang, una mujer soltera de 46 años de Shanghái, que falleció en diciembre sin testamento ni parientes cercanos.
La preocupación por una mala gestión de las herencias es tan común que han surgido cursos para ayudar a preparar a los hijos de los ricos para las responsabilidades que les esperan. Oliver Rui, director de programas sobre family offices y gestión patrimonial en la China Europe International Business School de Shanghái, afirma que quizá se transmitirán unos tres millones de empresas familiares para mediados de la década de 2030. «En solo 40 años, hemos completado un camino de desarrollo que a Occidente le ha llevado cien años o más recorrer. Nuestra velocidad de acumulación de riqueza es mucho mayor», explica a dos docenas de jóvenes, hombres y mujeres, en un seminario sobre cómo no malgastar su herencia. «Vuestras empresas familiares tienen un valor medio de nueve cifras», se jacta otro ponente.
Una táctica para asegurar el patrimonio heredado son los matrimonios entre familias adineradas. «Es como una telaraña», afirma Rupert Hoogewerf, de Hurun –la entidad que elabora las listas de ricos de China–, refiriéndose a los crecientes vínculos matrimoniales entre la élite. «Todos partieron de la nada, pero las siguientes generaciones pertenecen a una clase muy distinta».
En cualquier caso, la riqueza se está concentrando cada vez más. En 2024, el 1% más rico de China poseía el 30% de la riqueza y el 10% más rico, el 68%, según estimaciones de la Base de Datos Mundial sobre Desigualdad, supervisada por Thomas Piketty, economista francés. Esta evolución supone un aumento con respecto al 16% y el 41%, respectivamente, de tres décadas antes.
Muchos chinos solían considerar la riqueza y el éxito reflejos del trabajo duro o la inteligencia. Los ricos eran un ejemplo del sueño del ascenso social. En 2004, según un artículo de Michael Alisky, Scott Rozelle y Martin Whyte, el 62% de los chinos consideraba que «el esfuerzo siempre se ve recompensado» y achacaba la pobreza a la falta de capacidad.
En 2024, el 1% más rico de China poseía el 30% de la riqueza y el 10% más rico, el 68%
Sin embargo, en los últimos años el crecimiento económico se ha ralentizado drásticamente y los chinos de a pie se han vuelto pesimistas sobre sus perspectivas. La proporción de quienes piensan que el trabajo duro da sus frutos cayó al 28% en 2023. La gente ve ahora la desigualdad de oportunidades como el principal factor que contribuye a la pobreza; los contactos y haber nacido rico se consideran las claves de la riqueza. Creen que la movilidad social se ha ralentizado. Entre 2004 y 2014, el 70% de los encuestados pensaba que su situación familiar era mejor o mucho mejor que cinco años antes. En 2023, solo el 39% pensaba así.
El desempleo entre los jóvenes de 16 a 24 años que no estudian es del 17%. Los puestos en la función pública y en las empresas estatales se han convertido en muy codiciados por su estabilidad y sus prestaciones, con cientos o miles de solicitantes para cada puesto. Sin embargo, crece el resentimiento ante la percepción de que estos se consiguen gracias a los contactos.
Esta opinión se resume en las quejas sobre los luobokeng o «agujeros de rábano»: puestos de trabajo que, en teoría, están abiertos a cualquiera, pero que, en la práctica, están hechos a medida para un destinatario específico y predeterminado. La Gala del Festival de Primavera de Jiangsu de este año, un gran programa de televisión, incluyó un sketch sobre los luobokeng que se hizo viral porque expresaba «las quejas tácitas, el resentimiento y la impotencia» de la gente, como lo describe un bloguero.
En una cafetería de Guiyang, la capital de una de las provincias más pobres de China, Long Wanyun describe cómo ella y sus amigos observan las vidas cuidadosamente seleccionadas de los jóvenes ricos en Xiaohongshu, la versión china de Instagram. Bromean diciendo que la principal diferencia hoy en día entre las personas de éxito y el resto no es cómo les fue en el examen nacional de acceso a la universidad o qué trabajo consiguieron tras graduarse, sino a quién pertenece el líquido amniótico en el que se formaron. «Tu nacimiento determina tu futuro», dice la señora Long, de 26 años. «Esto es algo que todos hemos sentido en los últimos años. Tenemos que aprender a aceptar que solo seremos gente corriente».
No todo el mundo lo acepta, por supuesto. Mientras barre los escalones de la entrada de su tienda en Guiyang, Wang Caoyi, de 45 años, hierve de ira ante la situación de la economía. «Nadie gana dinero», dice, señalando las tiendas cerradas al otro lado de la calle. Se refiere a su familia como «pobre desde hace tres generaciones». Está ayudando a su padre a saldar una deuda y tiene previsto decirle a su hijo que no se case. «Si todo el dinero está en el bolsillo de una sola persona, no circula», se queja.
Algunos son más iguales que otros
El aumento de la desigualdad preocupa a los líderes chinos. «Lograr la prosperidad común es más que un objetivo económico. Es una cuestión política fundamental que afecta a los cimientos del gobierno de nuestro partido», argumentó Xi Jinping, líder supremo actual de China, en 2021. Insistió entonces en que el gobierno estaba redoblando sus esfuerzos para frenar la desigualdad. «No podemos permitir que se cree un abismo insalvable entre ricos y pobres». Un dicho confuciano muy citado reza: «no temas a la escasez, sino a la desigualdad».
Xi fijó el objetivo de alcanzar la «prosperidad común» para 2050 y de lograr avances sustanciales en ese sentido para 2035. Sin embargo, el Partido Comunista también ha subrayado que la prosperidad común consiste en «primero hacer el pastel más grande y luego repartirlo de forma justa», no en «robar a los ricos para ayudar a los pobres». Afirma que quiere una distribución de la riqueza «en forma de olivo»: una clase media sólida con pocos pobres o ricos. Habla de un enfoque triple para reducir la desigualdad, a través de salarios más altos para los pobres, ayuda estatal y filantropía.
El partido también arremete contra los ricos en ocasiones. Como parte de una campaña de «prosperidad común», algunas instituciones financieras estatales limitaron los salarios de los banqueros a 400.000 dólares al año y obligaron a algunos de los que ganaban más que eso a devolver la diferencia o las bonificaciones. Periódicamente, insta a las empresas privadas a donar más a organizaciones benéficas. Sus campañas anticorrupción suelen acabar con la cabeza de líderes empresariales o altos cargos. De hecho, los ricos son muy conscientes de que, por muy íntegra que sea su conducta, el Estado puede confiscar su riqueza más o menos a su antojo.
Uno de los retos para el partido es poner en marcha políticas impositivas
Sin embargo, el partido lleva décadas dando largas a la introducción de un impuesto sobre sucesiones. Se planteó incluirlo en su primer sistema tributario en 1950, pero decidió no hacerlo para contribuir a la recuperación económica tras una larga guerra civil. En 1993 y de nuevo en 2013, se planteó la idea, pero finalmente la descartó. El año pasado, los legisladores propusieron un impuesto sobre sucesiones en la Asamblea Popular Nacional (APN), el parlamento chino que actúa como mero órgano de ratificación, con el fin de promover la igualdad social, la filantropía y el consumo. La APN reconoció las ventajas de gravar las sucesiones, pero instó a seguir investigando, posponiendo cualquier medida hasta «el momento oportuno».
Algunos economistas argumentaron que era una mala idea introducir nuevos impuestos durante una desaceleración. El partido ha descrito la reducción de impuestos y tasas como «una decisión política fundamental para hacer frente a la actual presión económica a la baja». También existía el temor de fomentar la fuga de capitales, que sigue siendo posible a pesar de los controles de capitales de China. Además, puede haber intereses creados en juego: muchos altos cargos del partido son ricos. Un impuesto sobre sucesiones no solo mermaría las fortunas de sus familias, sino que también correría el riesgo de sacar a la luz la corrupción generalizada entre los altos funcionarios.
No hay indicios de que el resentimiento por la desigualdad y la hipocresía oficial vaya a provocar todavía malestar social. Sin embargo, sí parece estar cambiando las aspiraciones de los jóvenes. «¡Te quiero, querido yo!», insta un meme –una llamada, en esencia, a dejar de esforzarse y a derrochar–. «El esfuerzo no garantiza el éxito y no intentarlo sin duda sienta bien», argumenta una entrada de blog que explica el meme. «Una generación ostenta el poder con firmeza, dejando que solo una minúscula cantidad de recursos se le escape entre los dedos. Para cuando llega la generación más joven, apenas quedan unos pocos granos de arroz».
Esta moda es la última variante del «acostarse», un eufemismo para referirse a abandonar la agotadora carrera de ratas de China. La señora Long, de Guizhou, por ejemplo, se conforma con ganar lo justo para tomarse cafés expresos y para la elegante chaqueta Adidas Tang que lleva sobre los hombros. «En esta recesión, debemos esperar pacientemente a que cambie el viento», afirma.
Algunos jóvenes se conforman con vivir a costa de sus padres. Kenlao, que significa «los que roen a los mayores», es un término despectivo para referirse a quienes viven a costa de sus padres. En los últimos años, a estos holgazanes les han sustituido los «hijos a tiempo completo», que pueden realizar tareas domésticas a cambio de alojamiento y manutención.
Trabajar es cosa de tontos
Zheng Shanghang, hijo de profesores de literatura de la provincia oriental de Zhejiang, estudió dirección cinematográfica y gestión artística. Su trabajo en una empresa estatal le hacía infeliz, así que cuando su madre le dijo que le encantaría que volviera a casa, lo dejó. «No me preocupa mi próxima comida. Mis padres se han encargado de la mayoría de las fuentes de ansiedad en ese sentido», afirma. Se pasa el tiempo haciendo vídeos sobre su vida, sin buscar otro trabajo. «Después de dejarlo, mi prioridad es, sin duda, ser feliz cada día».
Otros jóvenes ven el matrimonio como un medio más seguro de ascender socialmente frente al esfuerzo. Ha surgido toda una industria dedicada a ofrecer «cursos de alta sociedad», que enseñan a las mujeres cómo atraer a un marido rico. Una consultoría matrimonial con el mismo objetivo promociona sus servicios en las redes sociales con un vídeo titulado «El matrimonio siempre es más importante que el esfuerzo».
Ha surgido toda una industria dedicada a enseñar a las mujeres cómo atraer a un marido rico
Al partido le preocupa desde hace tiempo que una nación de trabajadores esforzados se relaje. «No podemos utilizar la «estratificación de clases» como excusa para justificar nuestra pérdida de espíritu de lucha. Los hijos de familias corrientes deben esforzarse aún más y creer firmemente que todo esfuerzo tiene su recompensa», exhortaba un editorial del Diario del Pueblo, órgano oficial del partido, en 2017.
Sin embargo, incluso algunos de los ricos parecen estar perdiendo su voluntad de esforzarse. Chen Yuhui, cuyos padres crearon una empresa de fabricación por contrato de productos electrónicos antes de venderla en 2018, resume para el seminario de Shanghái la diferencia entre la era de la asunción de riesgos de la generación de sus padres y la época actual. La generación de sus padres convirtió a China en la fábrica del mundo. Ahora su familia vive de los ingresos de las inversiones, que ella gestiona. «Francamente, el 80% de lo que lograron entonces se debió a los dividendos de la época», afirma. «La segunda generación no debería asumir riesgos; debemos proteger nuestra riqueza».
Wang Weiyang es el director ejecutivo de Tucson, una empresa que fabrica muebles a medida para famosos, titanes tecnológicos y financieros. Empezó su primer negocio en pleno apogeo de la era de las reformas. «Tras la apertura al mundo exterior, se podía vender de todo», recuerda. «Nuestra generación rebosaba dinamismo». Hoy en día, reflexiona este afable empresario, tanto la economía nacional como los mercados de exportación son más difíciles de manejar. «Hay menos oportunidades que antes. ¿Por qué? Porque todo está ya establecido», afirma.
Con sus robustas botas de Valentino y sus Levi’s acampanados, el señor Wang, que a sus 59 años parece mucho más joven, no da la impresión de estar al borde de la decrepitud. En la pared de su despacho exhibe las medallas de las 20 maratones que ha corrido. Es más, su nuera, Ke Xi, tampoco parece carecer de ambición. Esta joven de 26 años creció en una familia corriente y siempre supo que quería «ascender» en la vida. Se casó con el hijo del señor Wang, pero aún no siente que pueda relajarse. Está a cargo del marketing y las iniciativas digitales en Tucson y, junto con su marido, Wang Mo, que regresó para desarrollar el negocio de exportación de Tucson tras estudiar en Le Cordon Bleu en Australia, tiene grandes planes para modernizar la empresa.
Pretenden que la empresa cotice en bolsa algún día y, de este modo, esperan financiar una educación de élite para sus futuros hijos, incluida la formación en las mejores universidades de Estados Unidos. La señora Ke dice que solo podrá «descansar tranquila» cuando su patrimonio neto tenga ocho o nueve ceros.
Sin embargo, por muy productivo y ambicioso que parezca todo esto, la señora Ke no ve oportunidades ilimitadas. Se describe a sí misma como el epítome de la «involución», un término que se utiliza ampliamente para describir una competencia tan intensa que resulta contraproducente. «No es que los jóvenes de hoy en día no estén dispuestos a esforzarse», insiste. «Es solo que, aunque lo hicieran, saben que no tendría sentido. Podría significar pasar de 1 a 1,2, mientras que antes podría haber significado pasar de 1 a 50 o 100. Parecía que no tenían límites, pero ahora nuestro techo se ha visto completamente reducido por la clase social».
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