
Alejandro Sanz lleva décadas cantando desde la herida, pero esta vez la voz no sale del estudio sino de una docuserie que lo acompaña a puerta cerrada.
Cuando nadie me ve, producción de Sony Music Vision junto a Movistar Plus+ y dirigida por Álvaro Ron, observa al artista sin decorado de estrella, es un músico que repasa aciertos, tropiezos y la delgada línea entre ambas cosas.
Una carrera marcada por luces, sombras y autenticidad
El documental, dividido en tres episodios, se mueve como un péndulo entre el ruido del éxito y el costo emocional que lo sostiene. Sanz recuerda el vértigo de su ascenso tras Viviendo Deprisa, aquel fenómeno que lo ubicó en la conversación musical de principios de los noventa. Sin embargo, desmonta cualquier idea de triunfo instantáneo: “No fue sacar el tema y que funcionara”, reconoce en la serie.
A pesar de los veinticuatro Latin Grammy que lo acompañan como medallas visibles, el cantante insiste en que sólo “un diez o veinte por ciento de las cosas que he hecho he tenido éxito. Y muchas veces eso influye tanto en lo demás, que parece que todo ha sido un éxito”.
Tras el impacto inicial llegó el golpe: Si tú me miras, grabado en Londres, no cumplió con las expectativas. Ese “batacazo”, como él mismo lo admite, terminó de moldear su resistencia y su comprensión del fracaso creativo.
Son esas grietas las que, paradójicamente, allanaron el camino a Corazón Partío, convertido hoy en uno de los himnos inevitables de la música en español. Sobre este tema, Sanz defiende con contundencia la raíz flamenca: “Esto soy yo. Es lo que he estado buscando toda mi vida. Está hecha desde la autenticidad”.
El peso de la fama, las heridas y lo que Sanz no quiere contar
La docuserie avanza entre testimonios, recuerdos y silencios elegidos. Aparecen exparejas, amigos como Shakira, admiradoras como Rosalía y colaboradores esenciales para explicar las distintas etapas del artista. También se mencionan desacuerdos, incluido el fin en tribunales de su relación profesional con la mánager Rosa Lagarrigue.
Tampoco falta el humor, con anécdotas tan peculiares como las dos personas disfrazadas de pollo que contrató para protestar contra el acoso mediático en la puerta de un paparazi. Pero la risa no tapa lo que duele.
Sanz habla de momentos de “soledad seca” y de su dificultad para equilibrar carrera y vida familiar. Sobre el amor, admite sin rodeos: “no sé nada”. Y sobre la paternidad, confiesa: “No supe yo compaginarlo. Los años de tus hijos es un tiempo que no recuperas”.
Aún así, la música aparece como refugio y catarsis: “Cuando tengo heridas escribo mejor”, dice, reafirmando que su creatividad está lejos del artificio. Cuando nadie me ve no indaga en los episodios más conflictivos, aunque sí deja ver que parte de su historia reciente, como los discos Paraíso exprés, Sirope o El disco, quedan en un segundo plano frente a su obra más nueva, ¿Y ahora qué?
A los 57 años, cuatro hijos y una vida pública que nunca dejó de observarlo, Alejandro Sanz parece resumir su propio viaje con una frase que podría ser verso o mantra: “Las eternidades son muy románticas, pero los momentos son más honestos”.
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