El día en que dice que murió, un 25 de mayo de 2000, la periodista Jineth Bedoya marchó a la cárcel La Modelo de Bogotá para entrevistarse con el líder de una organización criminal. No llegó a verle. La secuestraron en la puerta, la metieron … en un vehículo y la condujeron a una finca a las afueras donde fue drogada, torturada y sometida durante dieciséis horas a una violación masiva. Rogó a sus captores que la mataran, pero, pese a los golpes y las simulaciones de tiros en la sien, decidieron dejarla con un hilo de vida. La arrastraron hasta una furgoneta y después la arrojaron desnuda sobre la carretera. Un taxista se topó con su cuerpo en el asfalto.
Días antes había publicado en el diario ‘El Espectador’ diversas investigaciones sobre la red de tráfico de armas que los paramilitares dirigían desde la cárcel con la connivencia del Ejército y de la Policía. Al salir del hospital, Bedoya rechazó huir del país y, pese a las amenazas de muerte, decidió reconstruir su vida sobre la base del periodismo y el propósito de liderar la lucha contra los abusos sexuales. A partir de su caso nació en Colombia la campaña ‘No es hora de callar’ y cada 25 de mayo se conmemora el Día Nacional por la Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual.
El próximo viernes recibirá en San Sebastián el Premio de Periodismo Santiago Oleaga, constituido por ‘El Diario Vasco’ en homenaje al que fuera director financiero del periódico, asesinado por ETA hace 25 años.
— ¿Qué cree que buscaba ETA cuando asesinó a Santiago Oleaga?
— Trataba de silenciar al periódico en el que trabajaba. Quería silenciar sus denuncias y lanzar el mensaje de que campaban a sus anchas. Cuando los terroristas se sienten acorralados lo primero que hacen es sembrar el miedo. En 2001, un año después de mi secuestro, la International Women Media Foundation nos premió a dos periodistas hispanoamericanas. La otra era la vasca Carmen Gurruchaga, que también sufrió un atentado de ETA.
— Entonces ya conocía lo que era ETA.
— Era un grupo terrorista muy conocido en Colombia porque exportaba su forma de hacer terrorismo a otras organizaciones ilegales durante el conflicto armado. Al igual que el IRA, tenía un conocimiento específico de explosivos.
— ¿Qué siente cuando escucha discursos que relativizan el terrorismo décadas después?
— Siento que estamos desandando el camino. En el pasado había un sector de la sociedad muy afín a estas organizaciones que, además, justificaban el accionar terrorista. Cuando se quita ahora peso a las acciones terroristas, tanto de ETA como de las FARC, quedamos abocados a transitar el mismo camino que no previno la barbarie que tuvimos que afrontar como sociedades.
Buenaventura, Valle del Cauca. Cientos de mujeres se unieron a la campaña ‘No es hora de callar’.
(Cedida)
— El 25 de mayo es Día Nacional en su país. ¿Qué supone esa fecha en su vida?
— Esa fecha es un parteaguas. Quedé muerta en vida porque en mi parte personal lo perdí todo. Incluso a mi familia. Decidí, muy presionada por lo que me pasó, dejar todo de lado para encontrar un significado de vida en el periodismo. Y por eso digo que es un parteaguas, porque por un lado mueres, pero por el otro lado te reencuentras. El periodismo era lo que me gustaba hacer, pero pasó a convertirse en mi vida. Ese día muero como la mujer que era, pero renazco en la periodista que se interna en la selva, que se va a cubrir los combates, que anda de helicóptero en helicóptero y que vuelve a ser secuestrada, esta vez por las FARC. El periodismo es la forma de seguir respirando.
«El 25 de mayo muero como la mujer que era, pero renazco en la periodista que se interna en la selva. El periodismo es la forma de seguir respirando»
— Rechazó el exilio en Alemania.
— Estaba todo organizado por parte del periódico y de la embajada de Alemania en Colombia. Pero si salía iba a morir definitivamente. Mi mayor temor era no volver a la redacción. Era más grande ese miedo que el mismo miedo a la muerte. Entendí que mi propósito era el periodismo. Eso es lo que me ancló en ese momento. El periodismo es lo que me sigue salvando.
— Al quedarse en Colombia se separó definitivamente de su familia.
— Nunca entendieron por qué lo hacía. Muchos pensaron que era una suicida y que quería morirme. Estuve 20 años cubriendo la guerra y nunca lo aceptaron. La única que siempre ha estado firme y fiel conmigo ha sido mi madre. Mi padre acaba de fallecer y lamentablemente mi relación con él se rompió por el secuestro.
— ¿Qué sucedió?
— Tenía una concepción muy machista. No aceptaba que fuera periodista y que siendo mujer entrara en cárceles. Cuando llegué a la clínica, medio muriendo, lo primero que hizo fue reclamar: ‘Le dije que no estudiara periodismo, usted se lo buscó, usted tiene la culpa’. Esa fue la primera ruptura. La definitiva fue cuando decidí quedarme en Colombia. No lo aceptó. Ahora tengo una carga. No nos pudimos despedir y eso me pesa. Quedan muchos temas pendientes, ¿no? Espero que se haya podido ir tranquilo. Ha sido muy duro.
Mujeres marcadas
— Una vez dijo que las organizaciones criminales matan a los hombres para silenciarlos, pero a las mujeres las violan.
— Sí. El castigo hacia las mujeres cuando nos quieren silenciar es a través del abuso sexual. Es el peor castigo. A una mujer no le mandan un sicario. La violentan. La marcan.
— En los juicios tuvo que detallar cómo fue la violación una y otra vez.
— Me tocó narrar mi violación trece veces. Trece veces. Las primeras doce veces lo hice en el proceso judicial, supuestamente para tener más pruebas y poder llamar a juicio a los presuntos implicados. La vez número 13 la justicia colombiana me obligó a contar delante de mis violadores cómo me violaron. Fue un día terrible emocionalmente. Fue durísimo. Casi otra violación.
Bedoya hace entrega del mural ‘Fragmentos que florecen’, en la cárcel La Modelo, al ministro de Justicia Néstor Iván Osuna Patiño, en junio de 2024.
(Mauricio Moreno)
«Seguiré haciéndoles la vida imposible»
— El año pasado su vida corrió todavía más riesgo después de colocar un mural reivindicativo en la cárcel donde la secuestraron. ¿Qué balance hace?
— Ese mural era la reparación que me tenía que dar el Estado. Hablé con el ministro de Justicia y le dije que quería una obra de arte allí porque quería que la gente supiera que en esa cárcel pasó algo muy grave y que no se puede olvidar. Empezó los trámites administrativos, pero había tantos problemas que terminé pagando yo misma el mural. O sea, me reparé a mí misma. No me frené.
— ¿Cómo fue el proceso?
— Obtuve todos los permisos y metí cámaras para documentar el trabajo. Empecé a ir todos los días y esto fue, como decimos coloquialmente, meterse al rancho. O sea, volví a territorio enemigo. Los cargué y empezaron a amenazarme. Fue durísimo. Tuve mucho miedo porque también amenazaron de muerte a los videógrafos. Yo les decía que no me iban a callar. Entonces mataron al director de la cárcel.
— Por el mural.
— No tengo palabras. Fue demoledor. Devastador. Lo mataron y aumentaron las amenazas. Entonces tuvieron que reforzar mi seguridad. Me dijeron que saliera del país, pero no me fui hace 25 años y no me iba a ir entonces. Mi respuesta, por el contrario, fue empezar a hacer documentales de denuncia. Uno de ellos fue sobre la trata de personas. Las mafias internacionales que vienen a Colombia y se llevan a todas las chicas. Es un mercado grandísimo. Recorrí todas las fronteras del país y en una ocasión tuvimos que salir corriendo literalmente porque la policía avisó: ‘Acabamos de interceptar una comunicación, van a por ustedes y se tienen que ir de acá’. Fue un momento muy difícil. El documental salió al aire el 25 de noviembre y al día siguiente fue terrible la cantidad de amenazas que recibí. Pasé de tener dos guardaespaldas a ir con siete.
— ¿Ya no siente miedo?
— Las amenazas nunca han parado, pero he lidiado con ellas durante muchos años y si este es el momento de que se materialicen, que espero que no, pues yo ya estoy lista. Yo ya lo perdí todo, así que no tengo nada que perder. Mientras pueda respirar seguiré haciéndoles la vida imposible a través del periodismo.
— La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró culpable al Estado colombiano.
— Ganamos ese proceso judicial. La Corte avaló toda mi argumentación, declaró culpable al Estado y le ordenó que siguiera la investigación judicial para aclarar los hechos. Tiene que llevar a juicio a todos los perpetradores, pero solamente ha llevado a tres. Faltan los otros 24 implicados.
— ¿Están identificados?
— No están detenidos porque no han sido judicializados, pero están identificados. La Corte Interamericana ordenó que fueran a juicio y no lo han hecho. El año pasado decidí renunciar a la justicia. Di una rueda de prensa y dos meses después la Fiscalía vinculó al general de la Policía que ordenó mi crimen gracias a las pruebas que yo había presentado. O sea, tuve que renunciar a la justicia para que a este general, Leonardo Gallego, lo llamaran a una indagatoria. Estamos en ese proceso.
— ¿Qué expectativas tiene?
— No va a pagar un día de cárcel, pero el pasado 3 de febrero lo vi en la audiencia. Llevé una carta escrita. Le dije que no le perdonaba, pero que había decidido perdonarme a mí misma por haber permitido que él me robara mi paz durante 25 años. Para mí ese es el cierre de este capítulo.
Conocer la verdad
— ¿Puede haber reconciliación sin una verdad completa?
— Definitivamente no. Cuando eres víctima necesitas conocer la verdad para sanar. Necesitas saber por qué dieron la orden, por qué te secuestraron o por qué mataron a tu familia. Solo así puedes sanar y empezar un camino de reconciliación. De palabra somos capaces de decir que podemos perdonar, pero emocionalmente queda un dolor que se activa cada vez que piensas que no te dijeron las cosas completas. Eso te dispara la rabia, la frustración, la venganza. Eso es no haber podido pasar página. Creo que no conocer la verdad en las acciones terroristas, tanto en España como en Colombia, nos lleva a repetir parte de la historia. Nosotros en Colombia la estamos repitiendo.
Mapiripán, en el Meta, sigue ligado a las masacres paramilitares, un secuestro masivo sin precedentes y el latente abandono estatal. Una foto, tomada hace 20 años tras el secuestro.
(Milton Díaz)
— ¿De dónde saca la fuerza para seguir creyendo en el periodismo?
— Del día a día. Sigo muy activa buscando historias. Ahora soy más maestra que reportera. Me ocupo de la revisión de todo el periódico, ‘El Tiempo’. Cuando determinadas personas llaman y agradecen que hayamos publicado determinada historia surge la esperanza. Porque podemos seguir cambiando la vida a la gente. Me abrazo a eso. Siempre pienso que hoy puede ser mi último día. Si el día que se cierren mis ojos estoy abrazada a esa esperanza que me da el periodismo, mira, me voy feliz.


