Donald Trump aterrizó en Pekín rodeado de algunos de los empresarios más ricos y poderosos del planeta. Detrás del presidente, mientras avanzaba por la alfombra roja entre banderas americanas y chinas, iban Elon Musk de Tesla, Tim Cook de Apple, Larry Fink de BlackRock, Jensen … Huang de Nvidia o David Solomon de Goldman Sachs. En total, entre fortunas personales y capitalización de sus empresas, suman 13,6 billones de dólares (11,6 billones de euros). No era solo una delegación empresarial, sino también una imagen cuidadosamente diseñada por la Casa Blanca para transmitir que, pese a la guerra comercial, las sanciones tecnológicas y la rivalidad estratégica entre las dos potencias, Estados Unidos y China siguen necesitando hacer negocios juntos.
Trump presentó al grupo ante Xi Jinping como «representantes distinguidos de la comunidad empresarial estadounidense» que «respetan y valoran China». Xi respondió con un mensaje igualmente calculado: prometió «cooperación mutuamente beneficiosa» y aseguró que las empresas estadounidenses tendrán «perspectivas más amplias» en el mercado chino. El intercambio resume el momento actual entre Washington y Pekín, la tensión política máxima, pero con la dependencia económica intacta.
La delegación refleja además las prioridades de la Casa Blanca. Están los gigantes tecnológicos dependientes de las cadenas de producción chinas, como Apple o Nvidia. Están los grandes nombres de Wall Street, atentos a cualquier cambio regulatorio o apertura financiera. Y están compañías industriales y aeronáuticas como Boeing, que aspira a cerrar uno de los mayores contratos de aviones comerciales de la década.
Capitalización y fortuna personal de los magnates de EE.UU. que acompañan a Trump a China
Fuente: Forbes y Market Watch / ABC
Capitalización y fortuna personal de los magnates de EE.UU. que acompañan a Trump a China
Fuente: Forbes y Market Watch / ABC
Capitalización y fortuna personal de los magnates de EE.UU. que acompañan a Trump a China
Miles de Millones ($)
(Persona + Empresa)
Fuente: Forbes y Market Watch / ABC
El viaje llega en un momento delicado. La tregua comercial firmada el año pasado entre Trump y Xi expira pronto y ambos gobiernos negocian mantener congelada la escalada arancelaria que llevó los gravámenes mutuos por encima del 100%. Sobre la mesa también está el control chino de las tierras raras, minerales esenciales para fabricar desde teléfonos móviles hasta cazas militares. Pekín restringió el año pasado parte de sus exportaciones y Washington descubrió hasta qué punto su industria tecnológica depende de ellas.
Por eso, esta visita tiene algo de peregrinación empresarial. Elon Musk necesita a China para los coches de Tesla. La fábrica de Shanghái es hoy el principal centro exportador global de la compañía y el magnate busca además autorización para expandir el sistema de conducción autónoma de la empresa en el mercado chino. También intenta cerrar compras multimillonarias de equipamiento solar producido en China. Musk y Trump protagonizaron enfrentamientos públicos hace apenas un año, pero ahora viajan juntos en el Air Force One porque ambos saben que el negocio pesa más que las disputas políticas y personales.
Tim Cook llega también con intereses urgentes. Apple sigue fabricando la inmensa mayoría de sus modelos de iPhone en China, aunque ha intentado diversificar parte de la producción hacia India para reducir riesgos políticos y arancelarios. La dependencia continúa siendo enorme. Y Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, aterrizó en Pekín con una misión aún más estratégica: recuperar parte del mercado chino de inteligencia artificial perdido por las restricciones estadounidenses a la exportación de chips avanzados.
Trump busca presentar estos contactos como prueba de que su estrategia de presión arancelaria funciona. Quiere volver a Washington con promesas de inversión, acceso al mercado chino y posibles acuerdos industriales que le permitan vender estabilidad económica antes de las elecciones legislativas de noviembre. Necesita también reconstruir puentes con Silicon Valley y con parte del gran empresariado estadounidense, inquieto por el impacto económico de la guerra en Irán y por la incertidumbre global.
Pero Pekín también tiene sus objetivos. China quiere aliviar sanciones, reducir restricciones tecnológicas y mantener acceso a semiconductores avanzados estadounidenses. La escena de los grandes ejecutivos estadounidenses desfilando ante Xi tiene además un valor político interno para el régimen chino: demuestra que, incluso en plena rivalidad geopolítica, las mayores compañías de Estados Unidos siguen llamando a la puerta de Pekín.
Elon Musk, dueño de Tesla y X
Elon Musk acudió a Pekín acompañado por su hijo.
(EP)
Elon Musk es el rostro más famoso de la delegación. Nacido en Sudáfrica y convertido en uno de los empresarios más ricos del mundo, ha construido un imperio alrededor de Tesla, SpaceX, X, Neuralink y xAI. Su presencia en Pekín tiene una explicación clara: China es esencial para Tesla. La fábrica de coches eléctricos de Shanghái es uno de los grandes centros de producción y exportación de la compañía, y Musk necesita margen político para ampliar allí sus negocios. Su relación con Trump ha sido turbulenta, pero en China ambos comparten un objetivo: cerrar acuerdos y proteger intereses industriales.
Tim Cook, consejero delegado de Apple
Tim Cook alza el pulgar junto al consejero delegado de Cargill, Brian Sikes, en las escalinatas del Gran Palacio del Pueblo.
(Reuters)
Tim Cook representa la dependencia silenciosa de Silicon Valley respecto a China. Desde que sucedió a Steve Jobs al frente de Apple en 2011, ha convertido la compañía en una máquina global de beneficios, pero también en una empresa muy expuesta a Pekín. Buena parte de los iPhone se fabrican todavía en China, pese a los intentos de trasladar producción a India y otros países asiáticos. Cook ha cultivado durante años una relación prudente con las autoridades chinas. Su presencia junto a Trump muestra hasta qué punto Apple necesita estabilidad comercial para sostener su modelo.
Larry Fink, fundador de BlackRock
Larry Fink (a la derecha de la imagen) acude a la reunión de empresarios con el primer ministro chino, Li Qiang, en el Gran Palacio del Pueblo.
(Efe)
Larry Fink, fundador y consejero delegado de BlackRock, es uno de los hombres más influyentes de las finanzas mundiales. Su firma gestiona miles de millones de dólares y tiene capacidad para mover mercados, condicionar inversiones y abrir puertas en gobiernos de todo signo. En China, BlackRock ha buscado durante años una posición privilegiada en gestión de activos y servicios financieros. Fink no viaja a Pekín por cortesía protocolaria. Viaja porque China sigue siendo un mercado demasiado grande para quedar fuera del mapa del capital estadounidense, incluso en plena rivalidad estratégica con Washington.
Jensen Huang, fundador de Nvidia
Jensen Huang es una figura muy popular en China por su origen taiwanés.
(Reuters)
Jensen Huang es el nombre clave de la carrera tecnológica, el único que pudo viajar en Air Force Once junto a Elon Musk. Fundador y consejero delegado de Nvidia, ha convertido sus chips en una pieza central de la inteligencia artificial. Sin Nvidia no se entiende el actual salto de la inteligencia artificial, ni tampoco la pugna entre Estados Unidos y China por el control de los semiconductores avanzados. Huang llega a Pekín con un interés concreto: recuperar espacio en un mercado limitado por las restricciones de exportación impuestas desde Washington. Su presencia evidencia la contradicción de fondo, que EE.UU. quiere contener a China, pero sus empresas quieren venderle tecnología.
David Solomon, consejero delegado de Goldman Sachs
David Solomon, consejero delegado de Goldman Sachs, en segundo plano, junto al CEO de Cargill, Brian Sikes.
(Reuters)
David Solomon, consejero delegado de Goldman Sachs, encarna el peso del Wall Street clásico en la visita. Al frente del banco desde 2018, dirige una de las entidades más influyentes del capitalismo estadounidense. Goldman Sachs lleva años buscando oportunidades en China en banca de inversión, mercados financieros y gestión de activos. Solomon representa a una parte del poder económico que no quiere una ruptura con Pekín, sino reglas que le permitan seguir operando. En una visita dominada por tecnología, aranceles y geopolítica, su presencia recuerda que la rivalidad entre potencias también se mide en flujos de capital.
Jane Fraser, consejera delegada de Citigroup
Jane Fraser, de Citigroup delante del presidente chino, Xi Jinping.
(Efe)
Jane Fraser, consejera delegada de Citigroup, es una de las figuras más relevantes de la banca internacional. Nacida en Escocia, fue la primera mujer en dirigir un gran banco de Wall Street. Desde 2021 lidera una reestructuración profunda de Citi, con retirada de algunos mercados y refuerzo de áreas estratégicas. China sigue siendo uno de esos espacios donde la banca estadounidense no quiere perder pie. Fraser viaja con un perfil menos elevado que Musk o Cook, pero con un mensaje igual de claro, es decir que las finanzas de Estados Unidos quieren seguir dentro del tablero chino.
Stephen Schwarzman, cofundador y consejero delegado de Blackstone
Stephen Schwarzman, de Blackston este jueves en Pekín.
(AFP)
Stephen Schwarzman, cofundador y consejero delegado de Blackstone, es uno de los grandes nombres del capital privado estadounidense. Su fortuna nació de adquisiciones, inversiones inmobiliarias y operaciones financieras de enorme escala. China no le resulta ajena. Ha cultivado vínculos durante años y financió el programa Schwarzman Scholars en la Universidad de Tsinghua, una de las instituciones más prestigiosas de Pekín. Su presencia en la delegación de Trump tiene una lectura política y económica: el capital privado quiere mantener canales abiertos con China, incluso cuando la Casa Blanca endurece el discurso y multiplica las advertencias estratégicas.
Kelly Ortberg, consejero delegado de Boeing
Kelly Ortberg, consejero delegado de Boeing.
(ABC)
Kelly Ortberg llega a China con una misión muy concreta: vender aviones. Como consejero delegado de Boeing, dirige una compañía que atraviesa una etapa difícil, marcada por problemas de seguridad, retrasos de producción y presión regulatoria. China es uno de los mercados más codiciados para la aviación comercial, y Boeing compite allí directamente con la europea Airbus. Un gran pedido chino serviría a Trump como victoria política y a Boeing como balón de oxígeno industrial. Ortberg representa la parte más clásica de la diplomacia económica estadounidense: fábricas, empleos, exportaciones y contratos de miles de millones.


