En 1972, cuando ambos países ni siquiera tenían relaciones diplomáticas, otro republicano, Richard Nixon, se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en viajar a China para ahondar en la división del bloque comunista y debilitar a su gran rival de aquella … época, la Unión Soviética. Todavía hay republicanos, y también demócratas, que lamentan aquella visita, ya que la Casa Blanca ganó la Guerra Fría, pero su enemigo de hoy es una China infinitamente más poderosa de lo que fue la ya extinta URSS en sus mejores tiempos.
Medio siglo después del viaje histórico de Nixon, Trump llega a una China que no tiene nada que ver con la que se encontró su antecesor. Salvo por un detalle: al mando del país sigue el mismo Partido Comunista de entonces, capaz de reinventarse con la cuadratura del círculo que es la «economía socialista de mercado con características chinas».
En estos 54 años, y gracias a la inteligencia de sus dirigentes y la laboriosidad y emprendimiento de sus ciudadanos, China no solo ha vivido la mayor transformación de su historia, sino que se ha erigido en la única superpotencia capaz de hacer frente a la hegemonía de Estados Unidos.
La visita de estos días a Pekín de Donald Trump, otro republicano, cierra el círculo abierto por Nixon y es vivida de forma muy distinta por ambas partes. Mientras para los chinos representa la confirmación de su auge y el declive del imperio americano, para los estadounidenses supone una oportunidad de salir de su estancamiento en dos guerras: la de Irán, impopular por su impacto en la economía, y la comercial, ganada por el régimen de Pekín por goleada. Es decir, por el abultado déficit que presenta la balanza estadounidense, que alcanzó en 2022 un récord histórico de casi un billón de dólares, de los cuales un tercio eran de compras a China.
Entre otras cosas, esto es lo que Trump ha ido a arreglar a China, como ya hizo en su primera visita a Pekín en noviembre de 2017, en los compases iniciales de una guerra comercial en ciernes. En aquella ocasión no lo consiguió, pero esta vez sí está reduciendo el déficit de la balanza bilateral con China: un 30% en 2025 y un 10% en estos primeros cuatro meses por los aranceles impuestos en el llamado ‘Día de la Liberación’ en abril del año pasado.
Si Trump sigue rebajando el déficit comercial de EE.UU. con China, habrá triunfado donde fracasaron todos sus antecesores. En las dos décadas que pasé como corresponsal en Pekín, vi pasar a tres presidentes, que llegaban con las mismas ideas pero distintos discursos. En noviembre de 2005, el también republicano George W. Bush calentó su encuentro con el entonces presidente Hu Jintao poniendo a Taiwán, la isla reclamada por Pekín, como ejemplo de «sociedad libre, democrática y próspera». Resultado: se equivocó de puerta al salir de una comparecencia ante la prensa y su cara retrató con guasa la comicidad del momento.
Camisetas de ‘Oba Mao’
En 2009, un año después de la puesta de largo que fueron los Juegos Olímpicos de Pekín y con tantos intercambios que los expertos hablaban de ‘Chimerica’, Obama levantó pasiones durante su visita. Tantas que los avispados comerciantes chinos vendieron camisetas de su rostro caricaturizado como ‘Oba Mao’ al modo del ‘Gran Timonel’. En el Mercado de la Seda de Pekín, entonces plagado de extranjeros regateando por bolsos de Louis Vuitton y Rolex falsos, la Policía hizo un decomiso para que esta fiebre no fuera a mayores. Al menos, tanto Bush como Obama hablaron de derechos humanos. Obama los mencionó en su comparecencia ante la prensa con Hu Jintao, algo insólito para un presidente chino, pero, eso sí, sin aceptar preguntas de los periodistas.
George W. Bush bromeó cuando se equivocó de puerta tras una comparecencia ante la prensa en Pekín (primera foto). Trump fue recibido como un emperador en su primera visita a China, en 2017 (segunda foto). Obama despertó pasiones y hasta se vendieron camisetas con su rostro caracterizado como Mao: ‘Oba Mao’..
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En 2017, Xi Jinping le dio a Trump una bienvenida imperial: alfombra roja en el aeropuerto y niños sonrientes agitando banderitas, ópera china, té y un banquete en la Ciudad Prohibida. Y el contrato del siglo en acuerdos comerciales por una millonada, aunque en realidad muchos fueron simples memorandos que no llegaron a prosperar. En resumen, los chinos le dieron a Trump todo… menos lo que quería: una mayor apertura de su mercado, sumamente proteccionista. Nueve años después, y con una China reforzada y EE.UU. debilitado, a Trump le va a resultar todavía más difícil… incluso aunque se olvide hablar de los derechos humanos.

