En el léxico del trumpismo, con excepción de todo lo relacionado con Jeffrey Epstein, quizá el peor insulto sea «loser» (perdedor). En su ditirambo de victorias sin fin, al presidente Trump le encanta utilizar ese concepto de fracasado para descalificar a sus rivales, que dentro … de su lógica ‘fascistoide’ son simultáneamente muy débiles y muy duros de pelar. Sin embargo, para un narcisista tan creído de sus éxitos, la realidad se empeña en llevarle la contraria.
La creciente lista de fracasos acumulados por Trump abarca su intento fallido por controlar Irán y cambiar su régimen, abrir el estrecho de Ormuz, anexionarse Groenlandia, frenar la inflación en casa, abandonar Ucrania a su suerte, avasallar a sus cada vez más teóricos aliados de la OTAN y ganar la guerra comercial contra China.
De todos estos colosales fiascos, el peor con diferencia es la guerra de Irán y la patraña de que con presión económica se va a lograr lo que no se ha conseguido con 37 días de devastadores bombardeos. En su última respuesta a las demandas de Washington, a los ayatolás solamente les ha faltado pedir otro imperio persa.
Tal y como ha sentenciado con elocuencia geopolítica Robert Kagan en The Atlantic: «No habrá vuelta al ‘statu quo’ anterior, ni triunfo estadounidense definitivo que deshaga o supere el daño causado. El estrecho de Ormuz no estará ‘abierto’, como lo estuvo en su día. Con el control del Estrecho, Irán se erige como actor clave en la región y uno de los principales actores del mundo. Los papeles de China y Rusia, como aliados de Irán, se ven reforzados; el papel de Estados Unidos, sustancialmente mermado. Lejos de demostrar su destreza, como han afirmado repetidamente los partidarios de la guerra, el conflicto ha revelado un Estados Unidos poco fiable e incapaz de terminar lo que empezó. Eso va a desencadenar una reacción en cadena en todo el mundo a medida que amigos y enemigos se adapten al fracaso de Estados Unidos».


