Desde comienzos de marzo, Donald Trump ha hecho rodar la cabeza de tres miembros de su Gobierno. Todas ellas mujeres. Todas ellas secretarias –el equivalente en EE.UU. a un ministro– de carteras relevantes. A comienzos de marzo fulminó a Kristi Noem, la secretaria de … Seguridad Nacional, sobre la que recae la ejecución de su política migratoria. Un mes después cayó la fiscal general, Pam Bondi, el brazo ejecutor de la ley. Y esta semana ha sido el turno de Lori Chavez-DeRemer, la secretaria de Trabajo, envuelta en acusaciones de comportamientos inadecuados en el cargo, desde un romance con un miembro de su seguridad hasta el consumo de alcohol en horario laboral.
La racha de despidos marca un fuerte contraste con lo que ha sido el primer año de Trump tras su regreso a la Casa Blanca. En su primer mandato, el Gabinete del multimillonario neoyorquino fue una carnicería. Caían con velocidad los secretarios de Prensa, los fiscales generales, los jefes de Gabinete, los asesores y los ministros de todo rango.
Trump aprendió la lección en los cuatro años que pasó fuera de la Casa Blanca, durante la presidencia de Joe Biden. Cuando regresó al poder, se preocupó de elegir solo a figuras de la máxima lealtad, que no pestañearan a la hora de ejecutar sus políticas, por muy cuestionables que fueran.
Así, contra pronóstico, Trump ha estado más de un año sin tener que despedir a nadie de su Gabinete. El único cambio relevante fue la primavera pasada, cuando Mike Waltz, hasta entonces asesor de seguridad nacional, fue recolocado como embajador ante Naciones Unidas.
Pero en las últimas semanas, en un momento de creciente debilidad política, el presidente ha buscado dar golpes de timón en su Gabinete para enderezar el rumbo. En el caso de Noem, la despidió porque se había convertido en una carga. No solo por la crisis de las redadas masivas en Minneapolis, donde la muerte de dos vecinos a manos de la policía provocó rechazo de la política migratoria de Trump incluso entre votantes republicanos. Sobre todo fue por el perfil problemático que había adquirido Noem, entre críticas por gastos multimillonarios en campañas de autobombo y tras una comparecencia explosiva en el Congreso.
Después fue el turno de Bondi, una aliada leal de Trump que difuminó cualquier apariencia de independencia de la acción del Departamento de Justicia frente a los deseos del presidente (el símbolo de ello fue cuando colgó carteles enormes con el rostro de Trump en la sede del Departamento). Pero el multimillonario neoyorquino consideró que no había sido eficiente en controlar la sangría de los documentos de Jeffrey Epstein –uno de sus talones de Aquiles– y en la persecución de sus rivales políticos. Trump exigía a Bondi el procesamiento de figuras como la fiscal general del estado de Nueva York, Letitia James; el senador demócrata Adam Schiff o el exdirector del FBI, James Comey. Eran causas penales cogidas con alfileres, que han acabado por no salir adelante. Bondi pagó el pato.
La salida de Chavez-DeRemer evitará un nuevo escándalo para Trump. La secretaria de Trabajo había sido investigada durante el último mes por el inspector general de su Departamento. Estaba previsto que la semana que viene fuera entrevistada sobre las denuncias, y el asunto pintaba muy mal para ella.
La salida de Chavez-DeRemer evitará un nuevo escándalo para Trump. La secretaria de Trabajo había sido investigada durante el último mes por el inspector general de su Departamento
Entre las acusaciones está una relación sentimental con un miembro de su seguridad y la conducta inapropiada de su marido, Shawn DeRemer, con mujeres del Departamento, a quienes hacía ofrecimientos sexuales. Pero también se le acusa de utilizar recursos públicos para viajes personales, incluidos la estancia en hoteles de lujo, el alquiler de buenos coches y comidas que no eran de trabajo. Y de beber alcohol durante la jornada laboral.
Chavez-DeRemer fue una elección significativa de Trump. Es una republicana moderada, que proviene del sindicalismo, y su entrada en el Gabinete fue un guiño del multimillonario neoyorquino al mundo sindical, donde Trump ha conseguido erosionar el dominio demócrata.
La ya exsecretaria de Trabajo aseguró en un comunicado que había sido «un honor» trabajar para Trump y que ahora pasará al sector privado.
Nuevas denuncias contra el director del FBI
Las tres salidas en el Gabinete ocurren en un momento clave para Trump. Todas han ocurrido durante la guerra de Irán, que ha pegado dentelladas a su popularidad, que está en el peor momento desde su regreso a la Casa Blanca. El presidente necesita remontar posiciones de cara a las elecciones legislativas de otoño, donde él y los republicanos se juegan sus mayorías en las dos Cámaras del Congreso.
La próxima turbulencia podría llegar desde el FBI. Desde finales del año pasado, se ha rumoreado que su director, Kash Patel, está en la cuerda floja. Esta semana, la revista ‘The Atlantic’ revelaba la preocupación dentro del FBI por el consumo de alcohol excesivo de Patel y por sus ausencias continuadas en la gestión de la agencia de investigación federal, en la que supervisa una plantilla de casi 40.000 personas.
La próxima turbulencia podría llegar desde el FBI. Desde finales del año pasado, se ha rumoreado que su director, Kash Patel, está en la cuerda floja
El artículo describe situaciones de intoxicación etílica habituales en Patel, que fuerzan la suspensión de reuniones y que viaja con frecuencia a Las Vegas para irse de fiesta.
La gestión de Patel ha sido cuestionada durante el último año, en especial en las ocasiones que se ha lanzado a detallar avances en investigaciones –como en la muerte del activista Charlie Kirk– que luego tuvieron que ser desmentidos.
Patel ha reaccionado a la información de ‘The Atlantic’ con una demanda por difamación de 250 millones de dólares.


