El problema no es la motocicleta, es el sistema que hemos permitido que crezca alrededor de ella como chivo sin ley. Durante años, el motoconcho y el delivery han llenado espacios vacíos que el Estado no ha sabido resolver.
Se han convertido en solución, pero también en excusa. Excusa para el desorden y para la impunidad. Y, cuando la impunidad se organiza, deja de ser desorden: se convierte en poder.
- Lo ocurrido en Santiago no es un hecho aislado. Es una advertencia de que en nuestras calles hay grupos que ya no responden a la ley, sino a códigos propios; códigos donde la lealtad de grupo está por encima de la vida y se llevan a cualquiera por delante. Porque, mientras un semáforo sea opcional y la acera una vía más, el Estado no está regulando, está cediendo.
Y cada vez que cede, alguien paga el precio, como lo ocurrido en la ciudad Corazón. Regular no es solo perseguir; regular es identificar, organizar, responsabilizar. Eso implica decisiones incómodas, sí: un registro real de motoristas, un control efectivo de paradas, responsabilidad para las plataformas digitales y, sobre todo, consecuencias.
Porque, mientras «un golpe a uno es un golpe a todos» tenga más fuerza que la ley, la calle seguirá siendo territorio de nadie.

