
El prorruso y euroescéptico Rumen Radev ha ganado las elecciones legislativas en Bulgaria con hasta el 39% de los votos, una victoria clara pero insuficiente para gobernar en solitario, según los primeros sondeos a pie de urna.
Según la encuesta de la agencia Alpha Research, Bulgaria Progresista, la formación creada por Radev después de dimitir como jefe de Estado en enero, habría obtenido el 37,5% de los votos, mientras que la empresa demoscópica Trend le da incluso el 39,2%.
Radev, de 62 años, llegaba a estos comicios anticipados como el claro favorito, tras haber dimitido en enero pasado como presidente de Bulgaria, un año antes de concluir su segundo y último mandato.
Bulgaria celebró este domingo sus octavas legislativas desde 2021 en un clima de hartazgo ciudadano que ha impulsado al exmilitar, favorecido por el rechazo a una clase política percibida como corrupta y por la frustración por la falta de mejoras en el nivel de vida en el país más pobre de la Unión Europea (UE).
Su renuncia como jefe del Estado para concurrir a los comicios, según explicó, respondió a la necesidad de “escuchar a los ciudadanos” en un momento de profunda crisis política, marcada por protestas contra la corrupción y la inestabilidad institucional.
Antiguo comandante en jefe de las Fuerzas Aéreas, Radev inició su carrera militar en 1987, todavía bajo el régimen comunista, y se consolidó como uno de los militares más destacados del país.
Graduado en Bulgaria con honores y más tarde, cuando llegó la democracia, en Estados Unidos, donde fue el mejor estudiante extranjero en la institución militar Air Command and Staff College, construyó una reputación de gran profesional antes de dar el salto a la política.
En 2016 fue elegido presidente como candidato independiente con el respaldo del Partido Socialista, y en 2021 revalidó el cargo.
Durante sus años en la jefatura del Estado (2017-2026), Radev mantuvo una relación tensa con el líder populista conservador Boiko Borisov, el político más destacado del país en los últimos 15 años, a quien acusó de forma repetida de tolerar la corrupción.
Su enfrentamiento con los políticos tradicionales le granjeó apoyo popular, especialmente al respaldar varias protestas ciudadanas, entre ellas la movilización contra la corrupción y el encarecimiento que llevó el pasado diciembre a la caída del Gobierno de coalición liderado por el conservador Rosen Zhelyazkov.
Ahora, con un mensaje nacionalista centrado en la regeneración del Estado, la seguridad nacional y la rendición de cuentas, Radev ha logrado capitalizar el descontento ciudadano.
Su objetivo declarado es “transformar Bulgaria”, aunque sus críticos advierten que su estilo personalista y sus planteamientos podrían deteriorar la democracia.
En este sentido, Radev no oculta su admiración por Orbán, a quien considera un modelo, aunque se le considera más pragmático y nunca ha puesto en duda la pertenencia del país a la UE ni a la OTAN.
En su campaña, se ha centrado en la lucha contra la inflación y en priorizar la economía “por encima de ideologías”, defendiendo reabrir el diálogo con Rusia para aprovechar sus recursos energéticos, cuestionando el Pacto Verde Europeo y mostrando una postura crítica con principios liberales, incluidas las políticas hacia la minoría LGBTI.
Este mismo domingo había asegurado, después de votar, que buscará en el poder unas relaciones “prácticas y de respeto mutuo” con Moscú y volvió a subrayar que era necesaria una cooperación entre la UE y Rusia.
En política exterior, Radev defiende que se puede combinar la pertenencia a la Unión Europea y la OTAN con una postura crítica hacia las sanciones contra Rusia.
También aboga por mantener el diálogo con Moscú y se opone al envío de ayuda militar a Ucrania, argumentando que prolonga el conflicto.
En 2025 promovió, sin éxito, un referéndum sobre la adopción del euro en 2026, subrayando que una decisión de ese calibre debía contar con un amplio consenso social, especialmente en un país donde un tercio de la población vive en riesgo de pobreza.
Su discurso combina elementos euroescépticos con una crítica frontal a las élites políticas y económicas, a las que acusa de beneficiarse del sistema en detrimento de la ciudadanía.
En este sentido, denuncia la influencia de figuras como Borisov y el empresario Delyan Peevski, sancionado por EEUU y el Reino Unido por corrupción, y a quienes responsabiliza de distorsionar la vida política del país.


