La onda expansiva de la victoria del partido conservador húngaro ha descolocado tanto a Vladímir Putin como al dúo Trump-Vance. Sus injerencias en la política europea sirven para unir a los europeos, justo lo contrario de lo pretendido. Al igual que la Hungría … de Viktor Orbán era el caballo de Troya de Rusia en la Unión Europa, el país centroeuropeo a partir de ahora puede ser el mejor ejemplo sobre cómo se derrota y embrida al populismo antieuropeo.
Pero no basta con la victoria aplastante en unos comicios con un sistema electoral adverso, reformado a favor del partido en el gobierno. El nuevo primer ministro, Péter Magyar, tiene por delante el enorme reto de desmontar el clientelismo político y económico creado por Orbán, corregir sus corruptelas, restaurar el imperio de la ley y conseguir que Hungría deje de estar a la cola de las economías europeas. Su ‘New Deal’ pasa por revitalizar los servicios públicos y atraer inversión extranjera, en especial de la zona euro.
Merece todo el apoyo del resto de la Unión, aunque el paternalismo y la brocha gorda por parte de las instituciones de Bruselas –la necedad de «Hungría ha regresado a Europa»– es contraproducente. Basta con liberar los fondos europeos retenidos por incumplir con normas básicas de los tratados, sumar los fondos destinados a fomentar industria de defensa y respetar la agenda conservadora de Magyar, en las antípodas del mundo ‘woke’ que da sus últimos coletazos y todavía influye en algunas políticas comunitarias.
El nuevo primer ministro ha ganado con un mensaje en el que civilizaba elementos básicos del discurso Orbán, su antiguo jefe de filas. Ha hecho suyas las ideas de patriotismo, comunidad, raíces o tradición y las ha reformulado para que fortalezcan la democracia liberal. Magyar ha sabido conectar con muchos votantes que habían apoyado dieciséis años a su predecesor. Ahora debe demostrarles que sus políticas son diferentes porque logran resultados positivos.


