
Los escritores húngaros no son optimismas, y tienen sus motivos. Imre Kértesz, premio Nobel de Literatura en 2005, narra en ‘Sin sentido’, uno de sus libros más conocidos, la experiencia de un adolescente judío, su álter ego, atrapado en la pesadilla ‘sin sentido’ de un campo de concentración. Él, como Sandor Márai, el gran novelista de Budapest, o como el austríaco Zweig, vivió el derrumbe del mundo en el que habían crecido, sepultado por los estragos del nazismo y el comunismo. En 2025, el Nobel de Literatura de 2025 recayó en su compatriota Laszlo Krasznahorkai, que lamentaba en febrero pasado, en conversación con el periodista Jacinto Antón, que Hungría se hubiera convertido “en un manicomio del que se han ido los médicos”.
Pero este país, convertido en los últimos 16 años en bastión de una extrema derecha, la de Viktor Orbán, caracterizada por su antieuropeísmo, por su alianza con Putin frente a Ucrania y el desdén por la separación de poderes, los derechos de las minorías y la libertad de prensa, ha dado un giro radical.
Tras 16 años en el poder de Fidesz, un firme apoyo para los españoles de Vox, los húngaros votaron masivamente por Peter Magyar, líder de la formación conservadora Tizsa, miembro del Partido Popular Europeo. Magyar fue en su juventud ferviente admirador del hombre al que acaba de batir en las urnas y estuvo casado con su ministra de Justicia. El disidente ha atraído a un amplio abanico de votantes, que querían un cambio… dentro del espectro de la derecha, ya que no hay ni rastro de la izquierda en el nuevo Parlamento magiar.
Frente a quienes lo ponían en duda, Orbán ha encajado deportivamente la derrota, a la espera de tiempos mejores y de que la amalgama de apoyos, por un lado, y lo ímprobo de la tarea de Magyar, por otro, propicien su vuelta al poder en cuatro años. Para el portavoz de Vox, Ignacio Garriga, esta reacción prueba el pedigrí democrático de Orbán. Sobre todo, prueba que el papel de Europa como cortafuegosde los autoritarios funciona: en Hungría es impensable lo que es triste moneda corriente en Venezuela o en Rusia, o, por descontado, en la China a la que corteja con esmero el presidente Pedro Sánchez.
Magyar tendrá que lidiar ahora con una deuda pública desbocada, con una crisis que hace emigrar a los jóvenes y con los estragos de una corrupción que ha permeado a todas las instituciones. En buena parte porque, cada vez que un autócrata intenta destruir la democracia siempre encuentra a aliados dispuestos a taparse los ojos para beneficiarse en el corto plazo.
El cambio en Hungría ha puesto en entredicho la capacidad vaticinadora de Santiago Abascal, que hace unos días aseguró en Budapest que Orbán nunca decepciona. La ‘internacional trumpista’ no es tan imbatible como parecía, quizás porque los delirios de un Trump que se equipara a Jesucristo están haciendo mella. También elogió Abascal a Orbán como “protector de Europa”, lo que es un poco extraño si se tiene en cuenta que ha boicoteado, entre otras, las iniciativas de la Unión Europa para apoyar a Ucrania frente a Rusia.
Autodenominarse ‘Patriotas por Europa’, como hace el grupo europeo al que pertenecen tanto Fidesz como Vox –y que es el tercero en el Europarlamento, nada más y nada menos-, resulta pretencioso. Y también contradictorio con el alineamiento con Putin. En el país que en el
otoño húngaro de 1956 se enfrentó valerosamente a la antigua Unión Soviética, con un terrible balance de represión y exilio, se ha vuelto a oír en las calles estos días: “Rusos, a casa”.


