A pesar de los mejores esfuerzos combinados de ‘Trumputin’, el primer ministro Viktor Orbán ha sido políticamente sepultado en las elecciones parlamentarias celebradas el domingo en Hungría. Su abrumadora derrota tiene una trascendencia que va mucho más allá de la Unión Europea porque es … precisamente Orbán el que empezó, hace casi dos décadas, a definir y vertebrar todo ese nacional-populismo que en su decadente esplendor iliberal sufrimos hoy en día.
El húngaro fue el primero en señalar el método de cómo, apalancándose en lo identitario, la guerrita cultural y la incertidumbre económica, es posible desmantelar una democracia desde dentro, empezado por supuesto por el imperio de la ley. Con el mérito tan destructivo de haber ayudado a construir toda esa grotesca parodia de Europa, tan socorrida para la Casa Blanca y el Kremlin, de fronteras abiertas, 33 identidades de género, parque temático del wokismo y estudio de caso para la teoría del gran reemplazo.
Las cronologías son testarudas y nos recuerdan que los pioneros no tienen por qué ser necesariamente los más peligrosos. Primero fue la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922. Mientras que Hitler no llegó al poder hasta 1933. En este sentido, la Hungría de Orbán y su comparsa de patriotas Kalinka marcaron la pauta pero ni tan si quiera J. D. Vance –el capillitas más gafe de Washington– ha podido impedir su final en las urnas, que es la única forma de combatir toda esta dañina mezcolanza de corrupción, sectarismo e incompetencia.
Gracias a Hungría, y también a Irán, los días del trumpismo empiezan a estar contados. El endiosado presidente de Estados Unidos empezó queriendo ser el Churchill desafiante de la Segunda Guerra Mundial y, tras 40 días de belicismo caprichoso, no ha pasado ni tan siquiera de la Primera Guerra Mundial, estampándose en el fracaso de su propio Gallipoli. Ya es imposible no ver los paralelismos con la decadencia del Imperio romano. Cuanto mayores son los cantos de victoria y los arcos del triunfo, peores son las derrotas.


