
Hungría afronta este domingo las elecciones más importantes de su historia reciente: Viktor Orbán contra Peter Magyar. Dos modelos en fondo y forma, aunque con el mismo origen. El primero es la mano de hierro que quiere mantener al país magiar -paradojas de la vida con el apellido del rival- en una órbita extraña: lejos de la UE, pero dentro de ella, cerca de Trump y Putin, como díscolo en todos los debates. El segundo no es rupturista, pero Magyar sabe los puntos débiles de Orbán porque trabajó cerca de él, y eso es lo que más inquieta al primer ministro; quien le quiere ganar es quien le vio imponer su modelo y quien desafía además a un sistema electoral hecho a la medida del jefe.
Orbán es el hombre a batir. Nacido en 1963, emergió como líder del partido Fidesz durante la transición de Hungría desde el comunismo hacia la democracia tras la caída del bloque soviético, y ahí ya fue visto casi como un héroe. Fue primer ministro por primera vez entre 1998 y 2002, y regresó al poder en 2010, consolidando desde entonces un modelo político que él mismo ha denominado “democracia iliberal”. Desde entonces, y sobre todo en los últimos tiempos, ha impulsado reformas constitucionales, un mayor control sobre los medios de comunicación y políticas nacionalistas que han convertido a Hungría en un “régimen”, según los más firmes opositores del propio Orbán.
Rusia y EEUU han jugado su papel en esta campaña electoral. Moscú ha tirado de paciencia: desde la invasión de Ucrania Orbán no solo ha mantenido los lazos con Putin, sino que ha ido bloqueando medidas europeas en favor de Kiev, desde los paquetes de sanciones hasta el préstamo de 90.000 millones, clave para el futuro ucraniano. Y ese veto ha tenido mucho de político porque el chantaje ha implicado al Kremlin de manera directa. Hungría acepta la ayuda a Ucrania si Zelenski deja pasar petróleo ruso a territorio magiar. “Es una cuestión existencial, no un juego”, avisó el propio Orbán. Moscú no se ha involucrado como tal en la campaña electoral, no lo necesita, pero sí han salido a la luz conversaciones de Orbán con Putin en las que le dice que está “a su servicio” y filtraciones del ministro de Exteriores húngaro al Kremlin sobre los contenidos de las cumbres europeas.
Washington sí lo ha hecho de forma más explícita, con el viaje del vicepresidente JD Vance a Budapest esta misma semana para “ayudar” a Orbán a ganar, según palabras textuales. “Lo que ha ocurrido en este país, lo que ha ocurrido en medio de esta campaña electoral, es uno de los peores ejemplos de injerencia intelectual extranjera que jamás haya visto o leído“, expuso de manera muy dura, y señaló directamente a la UE: “Los burócratas de Bruselas han intentado destruir la economía de Hungría, han intentado reducir la independencia energética del país, han intentado aumentar los precios para los consumidores húngaros, y lo han hecho todo porque odian a este tipo”. Además, puso a Trump en llamada telefónica durante un mitin para que respaldase al primer ministro.
Y es que la bandera de Orbán es un euroescepticismo galopante que, además, no esconde en ningún momento. No es que quiera sacar a Hungría de la UE, pero sí busca desmembrar todo lo posible al bloque comunitario precisamente a partir de los bloqueos. La dicotomía de Fidesz es clara: Hungría o Bruselas, blanco o negro. Pero mientras, el aparato del Gobierno se ha enriquecido con los fondos europeos -bloqueados por incumplir las reformas- y se ha valido de alianzas primero con Polonia y ahora con Eslovaquia para no perder el derecho a voto en el Consejo (artículo 7 del Tratado). Orbán se presenta además como el único -frente a los otros 26 gobiernos- que ha abogado “por la paz” en Ucrania.
El primer ministro húngaro no cambia su mensaje y se ha convertido baluarte para la derecha radical europea, quizá el más importante: es el guardián de una ideología. Referente para Abascal en España, para Le Pen en Francia o para Ventura en Portugal, una victoria de Fidesz el domingo reafirmaría los planteamientos antiinmigración y nacionalistas de estos partidos, con distancia clara respecto a Bruselas y con una visión menos integradora: quieren la Europa de las Naciones, que no funcione como un ente supranacional y se fije en las prioridades de los países. En definitiva, menos Unión Europea.
Magyar, la esperanza de la oposición
En frente de Orbán está su peor pesadilla: Peter Magyar. Su rival principal le conoce muy bien, porque fue funcionario de su Gobierno y se desmarcó de él a raíz de unas escuchas en las que su exmujer, la antigua ministra de Justicia Judit Varga, criticaba la deriva de Fidesz. De perfil técnico, este hombre pulcro de 45 años es el ‘fuego amigo’ del primer ministro y por eso es peligroso para él. Conservador, es capaz de llevarse voto que hasta ahora se ha ido a Orbán y abandera la lucha contra la corrupción para llevar a la oposición al 49% de los votos en los sondeos con un mensaje de limpieza democrática y de respeto al Estado de Derecho. “El futuro no se decide en Washington, Moscú o Bruselas, sino en las calles de Hungría”, ha dicho en una campaña marcada por la ilusión de quien por fin aglutina con sentido a quienes quieren acabar con casi dos décadas de ‘orbanismo’.
¿Quién es realmente Peter Magyar? Su perfil camina entre Budapest y Bruselas, y eso es lo que mosquea a Fidesz. No renuncia a las bases conservadoras que han hecho ganar a Orbán durante todos estos años: tiene una política migratoria dura, y su discurso también es nacionalista, pero ya ha asegurado que la vía del veto constante en la UE se terminará si él llega al poder. Además, se ha mostrado a favor -con matices- de la ayuda a Ucrania. Frente a Orbán, Magyar ni tiene ni muestra ramalazos prorrusos. Y conoce bien los pasillos de la capital comunitaria: es eurodiputado desde 2024 pero incluso en la órbita del actual primer ministro ya trabajó como asesor con el bloque.
Para quienes le elogian, ese es el principal motivo de su buen hacer en las encuestas: puede derrotar a Orbán porque sabe cuáles son sus puntos débiles. En el capítulo de elogios, las fuentes consultadas por 20minutos en Bruselas le definen como cauto, coherente, correcto, de buen discurso y que desde lo técnico ha armado un perfil político potente… y con paciencia. Lo cierto es que en la campaña ha reducido su posibilidad de error porque por ejemplo no ha concedido entrevistas a medios internacionales.
Pero Peter Magyar también tiene críticos y hay datos que no juegan a su favor. Su actividad en la Eurocámara desde que ocupa un asiento en ella ha sido casi nula, aunque las apariciones han aumentado a medida que las elecciones se acercaban. Es vicepresidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo, y también miembro de la Comisión de Agricultura y Desarrollo Rural, de la Delegación en la Asamblea Parlamentaria de Asociación UE-Reino Unido y de Delegación para las Relaciones con los Estados Unidos, que está siendo clave en esta legislatura. No obstante, las fuentes parlamentarias consultadas por este medio no se atreven a definirle demasiado precisamente por esa ausencia tan marcada en el día a día de la institución. Su misión ahora es otra, reconocen.
Precisamente quien se juega mucho en estas elecciones es la Unión Europea. En Bruselas impera el silencio, la espera, la incertidumbre, la calma tensa. Ante las acusaciones de injerencia que ha hecho la Administración Trump, en la capital comunitaria nadie ha entrado al trapo: la Comisión no se inmiscuye en procesos electorales nacionales, y menos en uno que puede marcar el devenir del proyecto europeo. No deja de haber recelos también con lo que puede ser Magyar, sobre todo en caso de que su victoria sea pírrica (el sistema electoral juega en su contra) y se entre en un clima de inestabilidad en un Estado miembro que hasta ahora ha bloqueado muchas decisiones. En la UE quieren celeridad, pero dudan de cómo puede conseguirse eso desde Budapest.
Hungría puede seguir siendo una china en el zapato de Europa o sumarse a la causa comunitaria, con matices, pero desde un punto de vista más constructivo. Orbán ha sido -y es- el caballo de Troya de Putin en la UE, y ahora también de Trump; el nacionalismo húngaro se ha convertido en euroescepticismo y Magyar está ante la oportunidad que sus antecesores no han tenido. Tiene las encuestas de cara para poner fin a 16 años de Fidesz en el poder, pero el terreno de juego parece preparado para que el aparato de Viktor Orbán no venda tan barata su derrota.


