
Si alguien se propusiera fabricar un Torrente estadounidense —es decir, tomar la cultura norteamericana, deformarla hasta la caricatura y condensarla en un individuo grotesco—, el resultado sería bastante previsible: Donald Trump. El problema es que no estamos ante un personaje de ficción: no es alguien que aparezca en pantalla, haga su número y desaparezca. Durante años lo fue —sobre todo con The Apprentice—, pero ahora ya no está en los platós, sino en la Casa Blanca, tomando decisiones que no se resuelven con un fundido a negro, sino con bombas en Oriente Próximo.
En algunos círculos se ha sugerido un posible deterioro cognitivo de fondo —incluso se ha mencionado el Alzhéimer— como explicación a sus bruscos virajes discursivos y a su relación errática con el protocolo diplomático internacional. Es una hipótesis tranquilizadora: si el problema es clínico, entonces hay diagnósticos, tratamientos y la posibilidad de una pronta retirada.
Pero basta abrir The Art of the Deal, su best seller, para comprobar que el sistema operativo probablemente viene de serie. En sus primeras páginas, el autor plantea al lector, como parte de un test de personalidad, qué hacer cuando alguien daña tu reputación. La respuesta es reveladora: devolver el golpe multiplicado por diez. No es un desliz ni una boutade. Es un programa de acción.
Por eso algunas de sus intervenciones recientes no son anomalías, sino coherencias. Por ejemplo, la carta al primer ministro noruego: “Querido Jonas —le escribió—, dado que su país ha decidido no concederme el Premio Nobel de la Paz, ya no me siento obligado a pensar únicamente en la paz”. Ahí no hay ironía sofisticada. Hay la lógica desnuda de un niño de ochenta años que se ha quedado sin premio. María Corina Machado entendió el mecanismo y optó por ofrecerle su propio galardón. El gesto fue agradecido, pero no surtió efecto: la prioridad era el petróleo venezolano, no derrocar a un tirano, y mucho menos la democracia.
De modo que el narcisismo de Trump no se limita a lo visible —la firma desproporcionada, el peinado expansivo, la voz estrepitosa—, sino que opera a otra escala. No busca solo atención. Busca monumentos simbólicos, como el Nobel de la Paz. Y no tiene inconveniente en explorar vías poco ortodoxas, incluidas las militares, para aproximarse a él. A esto se suma un uso particularmente eficaz de la retórica, más para producir efectos que para convencer. Sus palabras no alteran los mercados de forma inocua: introducen volatilidad con consecuencias aprovechables por quienes están en posición de anticiparlas.
Mientras tanto, a su alrededor gravitan figuras que no comparten su estilo, pero sí una notable indiferencia hacia las consecuencias humanas de sus decisiones, como Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu. El primero consiguió introducir fricciones entre Estados Unidos y Volodímir Zelenski, a quien se intentó humillar en su primera visita a la Casa Blanca. El segundo ha impulsado operaciones militares con un coste evidente en la población civil —palestina, iraní y libanesa—, así como en soldados estadounidenses, dentro de una lógica expansiva que remite a viejos conceptos como el “espacio vital”, aunque con mejor prensa.
Conviene recordar que Netanyahu se crio en Estados Unidos y que sus raíces familiares están en Lituania, no en Oriente Próximo. Aun así, actúa como si la región le perteneciera por derecho histórico, administrativo o metafísico (y buena parte de su público lo respalda en ello). En ese contexto, no resulta extraño que sus objetivos hayan terminado alineándose con la psicología del presidente estadounidense. No se trata tanto de una alianza estratégica como de la captura instrumental del narcisista por parte del pragmático. Por eso el eslogan MAGA describe mal el proceso en el que estamos. Sería más preciso hablar de MIGA: Make Israel Great Again, un Israel de proporciones bíblicas, tanto en lo metafórico como en lo literal. Ese es el objetivo.
¿El mecanismo más eficaz para frenar esta deriva? Otorgarle el Premio Nobel de la Paz a Netanyahu. El resto lo haría, con notable eficacia, la competencia de egos. Y, al año siguiente, habría que concederle el Nobel de la Paz al propio jurado del Nobel, claro.


