Donald Trump volvió este martes a reventar todos los umbrales de la retórica bélica, al amenazar ya no con castigar, golpear o doblegar a Irán, sino con hacer desaparecer a «toda una civilización». No habló como un presidente que busca forzar una negociación, … sino como un dirigente instalado en una lógica de devastación absoluta, tierra quemada, dispuesto a presentar la aniquilación de un país entero como una opción real en la cuenta atrás de un ultimátum de rendición.
A pocas horas, apenas doce, de que expirara el plazo que él mismo impuso, Trump llevó el lenguaje del poder a un terreno de brutalidad descarnada, situando el conflicto en un punto de máxima gravedad y dejando claro que la destrucción masiva ya forma parte del repertorio de amenazas de la Casa Blanca. El presidente, después de pasarse horas y horas hablando con la prensa el lunes, dedicó el martes a reuniones en el Ala Oeste, revisando planes y consultando con su cúpula militar, los servicios de inteligencia y los mandos del Ejército. La operatividad de hacer Irán estallar por los aires existía, era una opción, no era solo una boutade, una provocación, otra ocurrencia.
Nunca antes un presidente de Estados Unidos había verbalizado desde el Despacho Oval, desde la posición de mando en la Casa Blanca, como comandante en jefe de la primera potencia mundial, una amenaza de ese calibre contra otro país, al menos en esos términos de exterminio de todo un pueblo. Al margen de que fuera una posibilidad militar real, una exageración calculada o un instrumento de presión psicológica, lo decisivo es que Trump cruzó una frontera que sus predecesores habían evitado incluso en las peores crisis, la de presentar la posible destrucción de una sociedad entera como parte explícita del lenguaje presidencial.
Según Trump, esta pasada noche podría haber muerto «toda una civilización» y desaparecer para no volver jamás. Tenía los planes para ello: reventar céntrales eléctricas y puentes. Destruir la estructura civil de una nación de 93 millones de habitantes. Ese es el núcleo de la amenaza del presidente, hecha en redes, no ya un castigo limitado o una operación concreta, destrucción de escala histórica.
A eso añadió otro elemento igual de delicado, al dar por hecho ya un «cambio de régimen completo y total» en Irán, es decir, no solo la presión militar, sino la caída del poder establecido en Teherán como horizonte explícito. Trump ha estado jugando con la idea de cambio de régimen, de decapitación de la teocracia, de instigar a la revolución, para al final admitir el lunes, en varias charlas con periodistas, que si por él fuera, se quedaría con el petróleo. «Pero parece que a los americanos les gusta más la idea de acabar con esto y volver a casa», dijo.
Trump dedicó el martes a reuniones en el Ala Oeste, revisando planes y consultando con su cúpula militar, los servicios de inteligencia y los mandos del Ejército
Ahí afloraban también las contradicciones de Trump en esta campaña iniciada el 28 de febrero: aseguraba haber logrado un cambio de régimen, pero el nuevo líder supremo es el hijo del anterior; presentaba al poder iraní como derrotado, pero el núcleo del sistema seguía desafiante y había llamado a la movilización civil ante estos ataques apocalípticos; y daba por controlado todo el espacio aéreo del país apenas unas horas antes de que Irán lograra abatir todo un F-15 estadounidense, forzando un rescate de infarto que tuvo en vilo a la nación el fin de semana.
En el mensaje de ultimátum final, la mañana del martes, descontando las doce horas del reloj, Trump presentó su amenaza como «uno de los momentos más importantes de la larga y compleja historia del mundo», una formulación desmesurada con la que intentó elevar su ultimátum a una categoría casi histórica y providencial. No habló como otros presidentes en momentos de guerra, como Harry Truman ante Hiroshima, como Franklin Roosevelt ante Normandía, que solían revestir sus decisiones con argumentos de seguridad nacional, contención o interés estratégico, sino con una mezcla de grandilocuencia, dramatismo y afirmación del poder por lo personal.
Ya en su primer mandato, en 2020, el presidente había amenazado a Irán con atacar 52 objetivos, incluidos lugares de alto valor cultural e histórico, eso en un país con algunos de los vestigios más antiguos y valiosos de la civilización persa. Irán no es solo un actor regional ni una potencia enfrentada a Estados Unidos, sino una nación con raíces milenarias, heredera de imperios como el aqueménida, el parto y el sasánida, y depositaria de Persépolis, Pasargada, Susa o Bisotún, todos ellos símbolos de una continuidad humana que atraviesa siglos. Por eso, cuando Trump habla ahora de que podría morir «toda una civilización», la frase adquiere un peso aún más brutal.
Amenazas en tiempo real
Por ahí es por es donde Trump rompe el molde, como en tantas otras instancias de esta su segunda presidencia, convierte una amenaza de devastación en un episodio narrado por él mismo como momento cumbre de la historia universal, rebajando el lenguaje presidencial a un terreno más crudo, más personalista y mucho menos contenido que el de todos sus predecesores. Y todo, en tiempo real, en redes sociales.
Ya el 5 de abril, Trump instó a los «locos bastardos» de los iraníes a abrir «el jodido estrecho». No era solo una advertencia militar, sino una forma de expresarse más cercana al exabrupto tabernario que a la retórica de la Casa Blanca. Esa grosería deliberada no era un detalle menor, sino parte central del mensaje. Trump no solo buscaba intimidar, sino exhibir desprecio, humillar al adversario y convertir una crisis internacional en una demostración personal de fuerza, sin el menor filtro institucional, en un intento de proyectarse como un líder implacable dispuesto a cruzar cualquier umbral verbal.
Trump no solo buscaba intimidar, sino exhibir desprecio, humillar al adversario y convertir una crisis internacional en una demostración personal de fuerza
La voluntad de Trump sigue siendo, aun así, la de negociar. Este martes continuaron los contactos indirectos a través de Pakistán, mientras el presidente intentaba arrancar a Teherán una rendición casi total: la reapertura del estrecho de Ormuz y la aceptación de condiciones extremadamente duras. Como en otros pulsos abiertos por él mismo —desde la guerra comercial de los aranceles hasta sus amenazas sobre Groenlandia—, Trump combina la escalada máxima con la oferta de una salida bajo sus propios términos. El problema es cuando el oponente resulta ser tan resistente como él.


