Donald Trump empuja a Estados Unidos hacia uno de los giros más radicales de su política exterior en décadas. En plena guerra con Irán, y airado por lo que considera un desplante de sus aliados europeos, el presidente norteamericano ha puesto ya sobre … la mesa una posibilidad que durante años parecía una amenaza de presión y ahora empieza a sonar a opción verdadera en Washington: sacar a la primera potencia militar de la OTAN.
No se trata esta vez de una disputa sobre cuánto gasta cada socio en defensa ni de una bronca más sobre el reparto de cargas. El detonante está en la guerra de Irán y una sensación de abandono en la Casa Blanca. Washington esperaba al menos apoyo político, logístico y militar de sus aliados en la ofensiva contra Irán. No lo encontró. Y en la Casa Blanca ha prendido la idea de que la alianza atlántica no sirve si, cuando Estados Unidos entra en combate, Europa se aparta y marca distancias.
Francia, Alemania e Italia optaron por marcar esas distancias, con menos ruido del habitual, pero con el mismo efecto que España: no implicarse en una operación militar que consideran ajena al mandato de la Alianza y que además tiene un alto coste político en sus opiniones públicas. Londres respaldó a Washington en el plano diplomático, pero sin asumir el papel que la Administración Trump esperaba en el plano militar. Europa, en conjunto, eligió contenerse.
España fue lejos, mucho más lejos. Primero negó el uso de las bases conjuntas de Rota y Morón para operaciones vinculadas a Irán. Después cerró su espacio aéreo a aviones estadounidenses implicados en la guerra. Son decisiones soberanas, pero en Washington han sido recibidas como una afrenta directa a Trump dentro de una estructura militar compartida. España se ha convertido así en la punta de lanza de ese rechazo europeo y también en la herida más visible para la Casa Blanca.
La utilidad de la alianza
Y Trump, que ya en su primer mandato amagó con debilitar la OTAN, ha elevado ahora el tono a un nivel nuevo. Entonces utilizaba la amenaza como método para arrancar más gasto militar a los europeos, llegando a subirlo al 5% del PIB en todos los miembros menos España. Ahora cuestiona algo más profundo: la utilidad misma de la alianza. Si Europa no acompaña a Estados Unidos en una guerra como la de Irán, se preguntan en los pasillos del Ala Oeste, ¿para qué sirve entonces la OTAN?
El propio presidente lo verbalizó con crudeza. En una entrevista con el diairo británico The Telegraph aseguró que la permanencia de Estados Unidos en la Alianza está «más allá de reconsideración». Y remató con una frase aún más reveladora: «Nunca me convenció la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel, y Putin también lo sabe». No era una bravuconada más de las de Trump. Era una forma de presentar la ruptura como una idea ya madura, debatida, lista.
Momento de confusión
Ese malestar se ha ido acumulando en paralelo al desarrollo del conflicto. Trump sostiene que Irán empieza a ceder. Ha llegado a afirmar que Teherán busca una tregua y que Washington podría aceptar si se reabre el estrecho de Ormuz. Irán lo ha negado de inmediato. Su Ministerio de Exteriores ha calificado esas palabras de «falsas y sin fundamento» y ha dejado claro que no aceptará amenazas ni ultimátums.
La distancia entre ambas versiones refleja bien el momento de confusión. La Casa Blanca quiere proyectar que su presión militar funciona y que el régimen iraní empieza a doblarse, sin necesidad de apoyarse en Europa. Teherán necesita transmitir lo contrario, resistencia, control y capacidad de seguir peleando a pesar de todo. Estados Unidos ha reforzado su despliegue en la región con más buques, más tropas y más presión sobre las rutas energéticas. Nada indica, de momento, un final inminente, por mucho que eso le gustara a Trump.
Pero aunque la guerra continúe, el daño político ya está hecho. La fractura entre Estados Unidos y Europa se ha ensanchado de forma abismal. No solo por Irán, sino porque ese conflicto ha dejado al descubierto dos visiones distintas sobre el uso de la fuerza, las obligaciones entre aliados y el papel de Europa en las crisis fuera de su perímetro inmediato, con Pedro Sánchez como abanderado del antitrumpismo.
Convertir el enfado en doctrina política
Marco Rubio, jefe diplomático norteamericano, ha sido el encargado de convertir ese enfado en doctrina política. El secretario de Estado dijo esta semana que Estados Unidos «tendrá que reexaminar» su relación con la OTAN cuando termine la guerra y calificó de «muy decepcionante» la falta de apoyo europeo. Fue más lejos: cuestionó si la alianza tiene sentido si funciona como «una calle de un solo sentido», en la que Washington protege a Europa, pero Europa niega bases, espacio aéreo o apoyo cuando Washington lo necesita.
Ese razonamiento conecta con una convicción antigua de Trump: que la OTAN es una estructura heredada de otra época, útil para contener a la Unión Soviética, pero cada vez menos adaptada a las prioridades de Estados Unidos, anquilosada, vieja. La alianza nació en 1949, en los primeros compases de la Guerra Fría, como un pacto de defensa colectiva. Durante décadas fue el gran paraguas militar de Occidente. Estados Unidos garantizaba la seguridad de Europa y Europa quedaba bajo ese escudo frente a Moscú.
Tras la caída de la URSS, la organización no desapareció. Se amplió hacia el este, intervino en los Balcanes y activó por primera vez el artículo 5 tras los atentados del 11 de septiembre. Pero la guerra de Irán ha vuelto a poner a prueba sus límites. Para Washington, la negativa europea a implicarse demuestra que la OTAN no responde cuando el momento es decisivo.
Un terremoto geoestratégico
La salida de Estados Unidos de la OTAN no sería inmediata ni sencilla. Una ley aprobada en 2024 impide al presidente abandonar el tratado por sí solo. Para hacerlo necesitaría el respaldo de dos tercios del Senado o una ley del Congreso. Sin ese aval, cualquier intento abriría una batalla legal e institucional de primer orden.
Pero que esa opción haya entrado ya en la conversación es, por sí mismo, un terremoto. Porque la OTAN no es solo una alianza militar. Es la estructura sobre la que se ha sostenido la seguridad occidental durante más de setenta años. Cuestionarla desde la Casa Blanca equivale a cuestionar el orden que ha definido la relación entre Estados Unidos y Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


