Cosa más grande, chico… los tigres, la bomba y lo que quedó de Cuba en Miami y el Caribe #FVDigital

0
16


Hay frases que nacen como susurros y terminan siendo epitafios.

Cosa más grande, chico…

Y luego, inevitable, como una sentencia que cae cuando ya no queda nada por salvar:

Y todo se fue a la mierda”.

Entre esas dos frases cabe una historia entera. 

No solo la de Cuba. No solo la de un hombre que voló por los aires en Miami

Cabe una época. 

Cabe el Caribe

Cabe esa manera nuestra —tan intensa, tan desgarrada— de vivir la política como si fuera destino, religión y guerra al mismo tiempo.

Yo no lo entendí de inmediato.

Nadie entiende estas cosas cuando las está viviendo.

Se entienden después, cuando el tiempo enfría la sangre y deja al descubierto lo esencial. 

Como aquella vez —todavía lo recuerdo con una claridad incómoda— en que le comenté a Juan Bosch el episodio de Max Ferrer (o Masferrer) volando por los cielos de Miami.

Bosch me escuchó sin interrumpirme. Y luego, con esa sobriedad suya que no admitía adornos, me dijo:

Mira Víctor, no me meto en eso. No opino sobre esas cosas. Los cubanos son peligrosos”.

No había desprecio en sus palabras. Tampoco miedo.

Había conocimiento.

Bosch sabía que Cuba no era un país: era una intensidad. Una herida abierta. Una pasión que no se apaga ni con los años ni con la distancia. Y, sin embargo, nunca habló mal de los cubanos del exilio.

Nunca.

Ese detalle —que muchos no ven— lo dice todo.

Porque una cosa es reconocer la fuerza desbordada de un pueblo marcado por la ruptura, y otra muy distinta es negarle su humanidad.

Bosch no cayó en esa tentación. No simplificó. No convirtió a los cubanos en consigna.

Los respetó.

Y los quiso.

Cuba, para él, no era un sistema. Era un sentimiento. Una patria adoptiva. Algo que se lleva por dentro.

Pero esa intensidad —esa misma que Bosch comprendía— también tenía su lado oscuro.

Hay hombres que no mueren: estallan.

Y cuando estallan, no es solo el metal del automóvil lo que salta por los aires, sino una época entera que regresa como un eco. 

Así murió Rolando Masferrer en Miami, en 1975. Convertido en fragmentos. Como si la historia hubiese decidido cobrarle, en un segundo, todo lo acumulado durante años.

Masferrer no fue un accidente.

Fue una consecuencia.

Venía de una España donde la política dejó de ser debate para convertirse en combate. Allí aprendió una lección peligrosa: que el adversario no es alguien con quien se discute, sino alguien que debe desaparecer.

Esa lógica cruzó el Atlántico con él.

Y Cuba estaba lista para recibirla.

En los años cuarenta, bajo gobiernos que se llamaban democráticos, la política cubana se llenó de pistolas. 

La Universidad de La Habana dejó de ser un templo del pensamiento para convertirse en territorio de disputa armada. 

En ese mundo nacieron los Tigres de Masferrer: hombres leales, armados, organizados, convertidos en instrumento de poder personal.

No era una metáfora.

Era el Estado fallando.

Era la política sustituyendo la ley por la fuerza.

Pero Cuba no inventó esa violencia: la absorbió, la adaptó, la convirtió en sistema. 

Y en ese mismo ambiente se formó otro joven que aprendería la misma lección, aunque la llevaría más lejos: Fidel Castro.

El triunfo de 1959 no eliminó la lógica de la violencia.

La transformó.

Cambió de signo, pero no de naturaleza.

Entonces vino la palabra.

Gusano”.

Dicha así, sin más. Como quien lanza una piedra. Como quien cree que nombrar es suficiente para borrar al otro.

Pero no lo es.

Nunca lo es.

Porque detrás de cada palabra hay una vida. Y detrás de cada vida hay una historia que no cabe en una etiqueta. Yo lo entendí —como tantos— demasiado tarde.

Lo entendí viendo Fresa y Chocolate.

Allí estaba Diego, resistiendo en silencio, pidiendo espacio. Nada más. Y frente a él, David, honesto, disciplinado, pero atrapado en una estructura que le enseñaba a desconfiar antes que a comprender.

No eran enemigos.

Eran víctimas.

Víctimas de la misma lógica que había producido a los tigres, a las bombas, al exilio, al miedo. 

Esa lógica que divide para sostenerse. 

Que convierte la diferencia en amenaza. 

Que prefiere el orden muerto al caos vivo de la libertad.

Ahí es donde todo empieza a romperse.

Te podría interesar:

No de golpe.

Si no, lentamente.

Primero es una palabra. Luego un gesto. Luego una exclusión. Luego un silencio. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya no queda nada en pie.

Masferrer murió en ese mismo universo.

¿Quién puso la bomba?

Nadie lo ha probado. Se ha hablado de la inteligencia cubana, de venganzas, de ajustes de cuentas dentro del propio exilio. 

La verdad se perdió entre los escombros.

Pero hay algo más importante que el nombre del asesino.

El mundo que hizo posible esa muerte.

Porque cuando la política se arma, la sociedad se desarma.

Y ese no fue solo un problema cubano.

El Caribe entero sintió esa vibración.

En la República Dominicana, después de 1965, la Universidad Autónoma se llenó también de pasiones, de ideologías, de confrontaciones. 

No eran los Tigres de Masferrer, pero la sombra estaba ahí. 

No como copia, sino como resonancia.

Cada país adaptó esa lógica a su historia.

Cuba la llevó hasta el extremo.

Nosotros la contenimos como pudimos.

Pero el peligro era el mismo: convertir la política en guerra permanente.

Y entonces, con los años, llega el momento que nadie quiere enfrentar.

El momento de decir:

Perdón.

Perdón a los que llamamos “gusanos”.

Perdón a los que se fueron cargando el peso del desprecio.

Perdón a los que se quedaron en silencio.

Perdón por haber creído que la verdad tenía dueño.

¿Por qué no lo tiene?

La verdad —como la dignidad— no se decreta.

Se descubre.

Y cuando se descubre, casi siempre duele.

Hoy, mirando hacia atrás, uno entiende que no fue solo Cuba

Fue América Latina entera enfrentándose a su propia tentación: convertir la historia en tribunal y la política en religión.

Y así, poco a poco, lo que empezó como una promesa —una cosa más grande, chico— terminó en desencanto.

No porque las ideas fueran necesariamente falsas.

Sino porque los hombres siempre son más complejos que las ideas.

Y cuando las ideas no aceptan esa complejidad, se quiebran.

Y cuando se quiebran, arrastran todo.

Las amistades.

Las familias.

Las Patrias.

Todo.

Por eso Bosch callaba.

No por indiferencia, sino por lucidez.

Porque sabía que opinar, a veces, es simplificar. Y simplificar, cuando se trata de pueblos heridos, es una forma de injusticia.

Ese silencio suyo —que muchos no entendieron— era una forma superior de respeto.

Hoy lo comprendo mejor.

Comprendo que ninguna causa tiene derecho a negar la dignidad de la persona humana.

Comprendo que el verdadero fracaso no está en los errores políticos, sino en las heridas humanas que no se quisieron reconocer.

Y comprendo, sobre todo, que el perdón no es debilidad.

Es inteligencia.

Es la única forma de recoger lo que quedó.

Porque al final, después de los tigres, de las bombas, de las consignas y de los silencios, queda una sola pregunta:

¿Fuimos capaces de reconocernos como iguales?

Si la respuesta es no —aunque sea en parte—, entonces sí.

Entonces, hay que decirlo sin orgullo, sin miedo, sin excusas:

Cosa más grande, chico…

Y todo se fue a la mierda.

Pero todavía estamos a tiempo —aunque sea un poco— de recoger los pedazos.



Source link