Las imágenes de Max Verstappen al volante de un Mercedes GT en Nürburgring han dado la vuelta al mundo. No solo por el valor deportivo del desafío, sino porque cuentan algo que en el automovilismo moderno parecía ya desaparecido: el placer de correr, simplemente por el gusto de hacerlo. Para muchos aficionados ha sido un regreso al pasado. Una imagen casi anacrónica, de álbum de recuerdos, cuando los pilotos de Fórmula 1 llenaban sus muchos fines de semana libres compitiendo allí donde hubiera un contrato que cerrar.
No es casualidad que la percepción en torno al neerlandés haya cambiado. Incluso entre sus detractores históricos, a menudo críticos con su enfoque agresivo en pista, muchos han revisado su juicio. Porque ese Verstappen “fuera de contexto” ha devuelto una imagen más cercana a la pasión pura que hoy cuesta encontrar en un mundo más pulido. Verstappen es un piloto que nunca ha ocultado su amor por el automovilismo más allá de los límites dorados de la Fórmula 1, pero ¿es realmente el único piloto impulsado por esta pasión?
La respuesta es no: muchos otros pilotos desearían poder probarse también en otros contextos. Max, sin embargo, es hoy el único que disfruta de la libertad de poder correr donde quiera. Un estatus privilegiado, construido gracias a un enorme poder contractual frente a Red Bull. Un equilibrio delicado, en el que el equipo ha optado por conceder margen para no deteriorar la relación con su piloto de referencia.
Desde hace años, los contratos firmados por los pilotos de Fórmula 1 incluyen cláusulas de exclusividad muy estrictas. Cualquier actividad extra debe ser previamente evaluada y autorizada por el equipo. Es solo una de las muchas restricciones impuestas a profesionales de este nivel: en muchos casos también están explícitamente prohibidas actividades deportivas consideradas potencialmente peligrosas.
Las escuderías, al fin y al cabo, no pueden permitirse frivolidades. El trabajo de estructuras que ya superan los mil empleados converge en solo dos pilotos, figuras clave sobre las que recaen inversiones de cientos de millones de euros cada año. Por tanto, es comprensible que los dirigentes no quieran correr riesgos. Hoy los pilotos son auténticos “embajadores de marca”: en torno a su imagen giran patrocinios, campañas publicitarias y estrategias de marketing. Poner todo eso en juego por actividades externas a la Fórmula 1 es, para los equipos, simplemente impensable.
#3 Mercedes-AMG Team Verstappen Racing, Mercedes AMG GT3 EVO: Max Verstappen, Daniel Juncadella, Jules Gounon
Foto di: Max Verstappen
Verstappen ha sabido aprovechar su estatus en un momento particularmente delicado, cuando Red Bull no le garantizaba un coche dominante y, sobre todo, mientras Toto Wolff no ocultaba su interés en él. Una dinámica fuera de lo común, como la que en 2017 llevó a Fernando Alonso a disputar las 500 millas de Indianápolis.
La relación entre McLaren y Alonso atravesaba una fase crítica. Tras un inicio de temporada desastroso (tres abandonos en las tres primeras carreras y ningún resultado entre los diez primeros), Fernando se encontró en una situación de gran frustración. Fue entonces cuando Zak Brown tuvo la intuición: ofrecerle la posibilidad de saltarse el Gran Premio de Mónaco para participar en la legendaria Indianápolis 500. Se trató de un regalo a un piloto que en ese momento no tenía aspiraciones en la clasificación. El equipo de Fórmula 1, por su parte, tampoco tenía nada que perder.
Pero hay un precedente que, más que ningún otro, ha marcado la actitud de los equipos respecto a las actividades extra de sus pilotos. Un episodio que muchos en el paddock recuerdan con absoluta claridad.
Tras cuatro temporadas en BMW, ligado por un contrato especialmente restrictivo, Robert Kubica llegó a Renault en 2010. Para el equipo francés fue un fichaje de gran valor, y Kubica (gran apasionado de los rallies) aprovechó la ocasión para obtener permiso y disputar algunas pruebas. Todo parecía ir sobre ruedas. Kubica completó una temporada sólida y, lejos de los focos, firmó con Ferrari en diciembre de 2010 un contrato que lo habría llevado a Maranello en 2012. El inicio de 2011 fue prometedor: a principios de febrero, en los test de Valencia, Robert marcó el mejor tiempo absoluto. Pero apenas dos días después, llegó el destino, en las carreteras del rally de Andora, en Liguria.
Más allá del drama humano, aquel accidente comprometió gravemente también la temporada de Renault (posteriormente Lotus), que se encontró de repente sin su líder. Las críticas hacia el equipo fueron inevitables: haber concedido esa libertad fue visto como un error. Desde entonces, algo cambió. Los equipos se cerraron cada vez más, los contratos se endurecieron, los márgenes se redujeron y las excepciones se volvieron rarísimas. Por eso hoy Verstappen representa un caso aparte. No porque sea el único que quiere correr en cualquier parte, sino porque es el único que puede permitírselo.
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