
Nací en plena crisis del petróleo, en el año 74, en mitad de aquel golpe seco, visible, usado después por su interés pedagógico: me ahorré por lo tanto las colas, las restricciones, el miedo tangible hasta unos cuantos años más tarde, cuando se derrumbó gran parte de la industria española, los astilleros, la minería y los altos hornos. Arrastramos aún la del gas tras Ucrania y toda su perversidad: en este caso ha traído una incertidumbre prolongada hasta el insomnio, los precios que subían sin descanso.
Pero ahora nos anuncian una tercera crisis heredera de estas dos, y con una tercera capa por añadidura: la saturación. Nos han avisado tantas veces de que “viene el lobo” que hemos aprendido a convivir con el aviso, no con el peligro. Ya sabemos que no tenemos tiempo de prepararnos. El lobo no viene, el lobo ya está dentro. Se ha comido media oveja mientras discutimos si son galgos o podencos.
Porque el peligro ya está aquí, conocido y difuso. Los números en la gasolinera, que suben poco a poco. La dependencia del crudo, que no se resuelve. La fragilidad estructural que se disfraza de transición ecológica. Y en los mensajes de sobra conocidos: nos preparan para asumir parte de la culpa. Consumimos demasiado. Encendemos demasiado. Vivimos demasiado.
Siempre hubo indicadores absurdos para anticipar crisis: el largo de las faldas, el rojo de labios, los cuerpos cada vez más delgados. Señales de ansiedad colectiva, de un sistema enfermo y voraz que siempre exige. Esta vez ni siquiera esos símbolos sirven. No anticipan nada: son el propio síntoma, un alarido constante, un ruido de fondo que no distingue entre lo urgente y lo accesorio.
Y así vivimos, entre las ruinas y la alerta, con la aceptación de la incomodidad como compañera, con la certeza, un poco distraída, de que el lobo vive con nosotros, y que seguiremos debatiendo si de verdad existe, si de verdad viene.


