Apoyar la revolución desde un hotel de cinco estrellas en La Habana, con aire acondicionado, internet estable y traslados cómodos por una ciudad donde buena parte de la población vive entre apagones, escasez y colas. El fin de semana deja en Cuba una imagen … difícil de ignorar de cierta izquierda internacional y de su forma actual de acercarse a la causa cubana.
La llamada Flotilla Nuestra América, convertida ya en convoy por tierra, mar y aire, ha desembarcado en Cuba con el viejo lenguaje de la solidaridad y la resistencia, pero también con la escenografía propia de una peregrinación política cuidadosamente arropada por la dictadura, de delegaciones extranjeras, encuentros oficiales, hoteles coloniales con piscina en la terraza y activistas que recorren la capital cubana en condiciones vedadas para la inmensa mayoría de los cubanos.
Abundan, por ejemplo, los vídeos de esos personajes tan celebrados, como Pablo Iglesias, Owen Jones o Hasan Piker, lamentando las penurias de los cubanos desde hoteles de cinco estrellas, con habitaciones de entre 130 y 520 dólares por noche, en un país donde el salario estatal medio ronda los 7.000 pesos cubanos al mes, apenas unos 14 dólares al cambio informal.
Mientras la isla sufría otro apagón nacional y en muchos barrios la oscuridad se combatía con linternas, generadores y cubos de agua, algunos de los huéspedes de la solidaridad internacional seguían grabando contenido con una conexión a internet sorprendentemente limpia y con la electricidad garantizada por los sistemas del hotel. La revolución, al parecer, también tiene planta ejecutiva.
Eso sí, para Piker, un afamado comentarista de izquierda radical en Estados Unidos, el privilegio merece ser presentado como sacrificio. «El Gobierno de Estados Unidos hace ilegal que los estadounidenses se alojen donde quieran cuando están en Cuba», afirma. «Tienen que hospedarse en lo que ellos han declarado como hoteles de cinco estrellas».
Es falso. La normativa estadounidense no obliga a alojarse en hoteles de lujo. Lo que hace es prohibir expresamente a ciudadanos bajo jurisdicción de Estados Unidos hospedarse en una larga lista de establecimientos vinculados al Estado cubano, a altos cargos del régimen o a sus élites, y muchos de ellos son precisamente hoteles de alta gama. Los viajeros pueden alojarse en otros lugares autorizados, como casas particulares independientes, siempre que cumplan las condiciones legales del viaje.
A group of entitled champagne socialists went to Cuba to “deliver aid.”
The group included Hasan Piker (wearing $1,380 Cartier glasses) and pro-CCP, pro-Kremlin Code Pink activists. They flew in first class, stayed at a five-star hotel, and partied all night while most Cubans… pic.twitter.com/epBL9IUTx8
— Vatnik Soup (@P_Kallioniemi) March 22, 2026
Meliá, de hecho, no es una parte cualquiera en esta historia: varios de sus hoteles en Cuba sí figuran en la lista de alojamientos prohibidos por el Departamento de Estado para personas bajo jurisdicción estadounidense, y Washington impuso además restricciones de visado a altos ejecutivos de la cadena y a sus familiares por beneficiarse, según EE.UU., del uso de propiedades confiscadas por la revolución cubana.
Lo cierto es que lo que empezó como una flotilla acabó convertido en un convoy por aire, mar y tierra, más parecido a una operación de agitación política internacional que a una misión humanitaria discreta.
Piker compareció entre las penurias cubanas vestido con camisas de 600 euros y gafas de más de 1.000. Y el sindicalista neoyorquino Christian Smalls, que se dejó fotografiar con niños en la calle cargado de collares de oro de Versace y dientes del mismo metal. La iconografía del viaje osciló así entre la brigada solidaria y la excursión de lujo con ilusionante conciencia política.
Pablo Iglesias desde un hotel en La Habana afirma que la situación no es tan crítica… dice funcionarios comunistas le contaron que hay equipos fotovoltaicos y vehículos eléctricos.
Lo más rancio de la izquierda se reúne en #Cuba… sin vergüenza alguna. pic.twitter.com/tDUjVqSJkT
— Mag Jorge Castro🇨🇺 (@MagJorgeCastro) March 20, 2026
La iniciativa nació en febrero con una idea inicial estrictamente marítima, la de llevar ayuda a la isla por mar en plena crisis energética y humanitaria, agravada tras la interrupción de los envíos de petróleo venezolano y la presión de Donald Trump sobre Cuba. Pero pronto dejó de parecer una misión humanitaria para convertirse en un espectáculo político.
Díaz-Canel se dirigió el viernes a los activistas en el Palacio de Convenciones de La Habana, entre banderas extranjeras y símbolos de otras causas, incluida la de los independentistas catalanes. Y la puesta en escena continuó con un concierto del grupo irlandés Kneecap, organizado en la capital cubana por Code Pink, mientras gran parte de la isla volvía a quedar sumida en otro apagón masivo. La imagen era difícil de pasar por alto: el régimen recibiendo a sus invitados internacionales con actos, focos y escenario, mientras millones de cubanos seguían a oscuras.
Se llegaron a Cuba 650 delegados de 33 países y 120 organizaciones. El núcleo organizador lo formaron grupos de la izquierda internacional como Progressive International y Code Pink, que es un grupo experto en convertir causas ajenas en activismo de escaparate, siempre disponible para posar junto a regímenes hostiles a Estados Unidos mientras envuelve su militancia en un lenguaje de paz, solidaridad y resistencia. Ha peregrinado en otros tiempos a Venezuela, a Siria, a Rusia, a China y ahora a Cuba.
La operación fue impulsada por Mariela Castro a través de la organización Progressive International, aunque apenas han trascendido detalles concretos sobre cómo se repartirá en la isla la ayuda transportada en centenares de cajas y maletas.
Esa opacidad ha alimentado las críticas de parte del exilio cubano en Estados Unidos. Mike González, exiliado desde los 12 años y hoy experto de la Heritage Foundation, acusó a los activistas de tratar la dictadura como un «parque temático ideológico» mientras la población sufre apagones y escasez. «Se alojan en un hotel de cinco estrellas mientras la red eléctrica de la isla ha colapsado por segunda vez en una semana», denunció. «Mientras tanto, esos cientos de comunistas llegados de todo el mundo se dan festines de cola de langosta y tratan Cuba como un parque temático ideológico».
Todo esto ocurre mientras Trump ha estrangulado los envíos de crudo procedentes de Venezuela y México, agravando la crisis energética de la isla y alimentando una presión que el propio presidente ha formulado ya sin demasiados rodeos. «Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Sería bueno. Es un gran honor», dijo recientemente. Y añadió: «Puedo liberarla o tomarla; creo que puedo hacer lo que quiera con ella».


