
Al igual que el resto de la comunidad hispana, recibimos como un balde de agua fría el resultado de una investigación periodística del New York Times que sacó a relucir el lado oscuro del fallecido líder de los derechos civiles, César Chávez. Las denuncias de abuso sexual contra el defensor de los trabajadores son realmente perturbadoras y deben tomarse con absoluta seriedad.
Aunque César Chávez ha estado hasta ahora en un pedestal, nos urge escuchar a las víctimas. La propia activista Dolores Huerta, a sus 96 años, ha roto el silencio para confesar que también sufrió en carne propia el comportamiento inapropiado de Chávez.
“Como madre joven en los años 1960, viví dos actos sexuales separados con César. La primera vez fui manipulada y presionada para tener sexo con él, y sentí que no podía decir que no porque él era alguien a quien yo admiraba: mi jefe y el líder del movimiento al que ya le había dedicado años de mi vida. La segunda vez fui forzada, contra mi voluntad y en un ambiente en el que me sentía atrapada…”, indica una parte de la misiva difundida por Huerta.
Nos hacemos eco de una reflexión del National Women’s Law Center: “La violencia sexual persiste porque se apoya en una cultura de silencio y vergüenza, y especialmente en sociedades que habitualmente desvalorizan e intentan controlar los cuerpos de las mujeres. Pueden pasar años o incluso décadas antes de que alguien se atreva a hablar –o, en algunos casos, nunca– debido al miedo a represalias y a que no le crean, particularmente cuando se trata de una figura venerada; barreras que pueden parecer insuperables”.
Este no es momento para preguntar por qué después de tanto tiempo afloran estos testimonios. Lo que necesitamos a nivel de las esferas de agencias gubernamentales y de la justicia es continuar abriendo canales para –por un lado– prevenir la violencia sexual, y por el otro, crear el ambiente adecuado para que las personas ultrajadas tengan acceso a las vías legales para denunciar a los agresores.
La historia nos ha demostrado que el acoso sexual puede ocurrir en todos los entornos; por eso ningún legado, institución o líder están por encima del escrutinio. Tiene que haber un compromiso firme de rendición de cuentas.
Nos queda claro que hay mucho trabajo por hacer para sanar las heridas de las víctimas. Nos solidarizamos con su sufrimiento y valoramos el coraje de quienes se atreven a exponer esas devastadoras experiencias en público.
Como sociedad, no perdamos el horizonte en la lucha por la dignidad humana, la equidad de género y la protección de los más vulnerables.


