
El sol no solo le gusta a los británicos, belgas, nórdicos o alemanes que llegan cada verano a las playas españolas; también a Pedro Sánchez, que considera que es “la energía” de Europa y la manera más factible de abaratar la factura de la luz en momentos de crisis como el actual. “Nuestras energías son el sol y el viento, no el petróleo y el gas”, dijo para defender las renovables frente a quienes siguen apuntando a fuentes tradicionales -y parece que ya de otra época-. Europa quiere una salida diplomática a la guerra en Oriente Próximo, Zelenski quiere dinero, Orbán petróleo ruso y el presidente del Gobierno que le hagan caso con las políticas verdes.
De eso fue la cumbre de este jueves: no a la guerra, sí al sol. Y sol el que extrañamente recibió en Bruselas a unos líderes a los que se les acumula el trabajo pero que, casi por primera vez, se han unido en torno a una idea: la de rechazar la guerra de plano en Oriente Próximo y abogar por la desescalada y la diplomacia. Como siempre, la Unión de verdad se ve en los matices y el debate ya no está en si Trump tiene razón -Europa asume que no la tiene-, sino en cómo paliar los efectos del conflicto. Esa es la riqueza de la UE: la conversación, que a poder ser no sea estéril y en la que confluyan diferentes maneras de ver Europa. Cuentan los más veteranos del lugar que la Unión no solo ha aprendido a vivir entre órdagos, sino también a salir de ellos. Esta vez no hay excepción.
En cierto modo, hay tensión y a la vez optimismo en cómo se puede plantar la UE frente a las ínfulas de Estados Unidos; es una manera de mostrar músculo exterior aunque luego a la interna las recetas energéticas no sean iguales, y el sol no se vea de la misma manera en Madrid que en Berlín, Roma o Helsinki. No todos somos mediterráneos. Eso sí, un buen ejemplo de que se pueden encontrar puntos en común es que en Bruselas los roces no duran eternamente. Que se lo pregunten a Friedrich Merz: del choque con Sánchez por su pasotismo ante Trump se pasó a una conversación distendida en la que, quizá, ambos intercambiaron sus números de teléfono. No a la guerra, tampoco con Alemania.

“Esta no es la guerra de Europa”, dijo Kallas hace días con una frase que ahora han hecho todos suya. Cada uno tiene sus batallas, eso sí. Zelenski quiere más fondos para ver su propio sol, que es una posición ventajosa frente a Rusia para cuando toque de verdad negociar la paz. Ucrania quiere un posición fuerte en la mesa aunque para eso tenga que reparar un oleoducto dañado por los ataques rusos. El sol de Ucrania es la paz, ni más ni menos.
Viktor Orbán también está en su ‘pelea’, que no es contra Kiev, sino electoral. Aunque lo niegue, no desbloquea la ayuda a Ucrania porque quiere votos y decir que es él quien asegura el suministro energético cree que los da: las urnas dirán, pero el cálculo político está presente en la mente del húngaro y no sería de extrañar que, pese a la voluntad de Zelenski por reparar el oleoducto Druzhba “lo antes posible”, haya que esperar hasta las elecciones para saber si Orbán es fiable con eso de que si hay petróleo para los húngaros hay dinero para los ucranianos. Lo cierto es que a Fidesz se le está haciendo de noche en los sondeos… y el primer ministro se agarra a un oleoducto ardiendo.
¿Y la de Sánchez? Esa es demostrar que tiene razón y que lo verde sirve, y sirve mucho. Meloni y otros no lo ven así, pero de eso va la UE: de demostrar que el sol y el agua valen para algo más que para la arena y el mar… y son además una buena solución frente a los estragos de la guerra. El sol, en cierto modo, trae paz, pareció decir el presidente del Gobierno. El presidente del Gobierno sigue con la cabeza en la excepción ibérica y tiene claro que sus recetas energéticas son las buenas para todo el continente. Esa es un ‘pelea’, a la que ha sumado por ejemplo a los nórdicos. El miedo en Madrid es que la guerra sea no solo bélica, sino también económica, contra una especie de virus -así lo ve en cierto modo Sánchez- llamado trumpismo; ya serían varias muy seguidas y quizá no haya país que lo soporte.
Al mismo tiempo, en España la cosa va de relato: Sánchez prefiere el camino que tiene ya recorrido, con el resto ahora secundando -cada uno a su manera- su mensaje de “no a la guerra”, antes que recorrer la senda difícil, que es la de los Presupuestos Generales del Estado. Esos, de momento… no verán la luz, o el sol. No a la guerra, tampoco a las cuentas públicas porque para el Ejecutivo no son tan urgentes como puede serlo la vitamina D en invierno en Bélgica. Moncloa prefiere no hacer varias cosas a la vez.
La Unión Europea se concibió para la paz y lo lógico es que sea eso lo que busque. No es tan común ver consenso en torno al rechazo a Estados Unidos y los planes de Trump, pero algo es algo, sobre todo cuando se quiere convencer a los demás de que se trabaja en la autonomía estratégica. Ya es un avance. Lo demás, las tiranteces y los choques, son el pan de cada día en un foro como la Unión; la rara avis es el sol en Bruselas, no que 27 Estados miembros tengan 27 formas de ver las cosas: el reto siempre es el mismo… salir de las crisis.


