Trump, Putin y la guerra invisible del petróleo #FVDigital

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Las guerras modernas ya no se libran solamente con misiles, drones o bombardeos de precisión.

También se libran con barriles de petróleo.

En el tablero del poder mundial, la energía sigue siendo un arma tan decisiva como cualquier sistema militar.

Crisis energética global

En medio de la crisis provocada por el conflicto con Irán y por la amenaza al tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, la administración del presidente Donald Trump ha tomado una decisión que hace apenas unos meses habría parecido impensable: permitir temporalmente que el petróleo ruso vuelva a circular con mayor libertad en el mercado mundial.

La medida, confirmada por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, suspende por algunas semanas ciertas sanciones que afectaban cargamentos de petróleo ruso que ya se encontraban en el mar. 

El objetivo es inmediato y pragmático: aumentar rápidamente la oferta mundial de crudo para contener el alza de precios provocada por la guerra.

La decisión revela hasta qué punto el conflicto en el Golfo Pérsico está transformando la geopolítica energética del planeta.

Durante los últimos años, Estados Unidos y sus aliados occidentales habían impuesto severas sanciones contra Rusia tras la invasión de Ucrania

Esas sanciones buscaban limitar la capacidad de Moscú para financiar su guerra mediante las exportaciones de petróleo.

Pero las guerras suelen producir paradojas.

Hoy Washington necesita que el petróleo fluya, incluso si ese petróleo proviene de Rusia.

Y en ese punto aparece inevitablemente la figura de Vladimir Putin.

Para el Kremlin, cada crisis energética mundial es también una oportunidad estratégica. 

El papel de Rusia

Rusia sigue siendo una de las mayores potencias energéticas del planeta. Su capacidad para exportar petróleo y gas le permite influir en mercados, gobiernos y decisiones geopolíticas.

Cuando los precios suben, Moscú gana margen financiero. 

Cuando el suministro se vuelve incierto, el petróleo ruso se convierte en un recurso aún más valioso.

La guerra en torno a Irán y el estrecho de Ormuz ha colocado nuevamente ese factor en el centro del tablero.

Según estimaciones citadas por diversos análisis internacionales, liberar los cargamentos de petróleo ruso que ya se encontraban en el mar podría añadir cientos de millones de barriles al mercado mundial y ayudar a frenar precios que habían comenzado a acercarse a los cien dólares por barril.

La lógica económica es sencilla. Si el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo del planeta— se vuelve inseguro o parcialmente bloqueado, el mercado necesita otras fuentes de suministro. Rusia es una de las pocas capaces de compensar rápidamente esa pérdida.

Implicaciones políticas

Pero la decisión tiene implicaciones políticas profundas.

Al aliviar temporalmente las sanciones, Estados Unidos reconoce implícitamente una realidad incómoda: en momentos de crisis energética global, incluso los rivales estratégicos pueden convertirse en proveedores indispensables.

En el trasfondo de esta crisis aparece así una escena geopolítica compleja: Trump intentando estabilizar el mercado energético mundial, mientras Putin observa cómo la centralidad energética de Rusia vuelve a adquirir importancia.

No se trata de una alianza.

Se trata de una interdependencia forzada por la realidad del sistema energético mundial.

El propio secretario del Tesoro estadounidense ha admitido que la medida podría generar algún beneficio financiero para Moscú, aunque insiste en que se trata de una decisión temporal destinada a estabilizar los mercados.

Sin embargo, en la política internacional, pocas decisiones son realmente temporales. Cada concesión abre nuevas puertas, y cada puerta crea nuevas dependencias.

La paradoja de esta guerra es evidente. Mientras Estados Unidos combate militarmente a Irán para impedir que controle una de las rutas energéticas más importantes del planeta, se ve obligado a flexibilizar sanciones contra Rusia para garantizar que el petróleo continúe circulando.

Estrategia de Irán

Pero la guerra energética no se desarrolla únicamente en los despachos de Washington ni en los cálculos estratégicos del Kremlin.

También se libra en el estrecho de Ormuz.

En las guerras modernas, el débil rara vez derrota al fuerte en el campo de batalla. 

Pero puede obligarlo a pagar un precio cada vez más alto por su superioridad militar.

Eso es precisamente lo que está intentando hacer Irán.

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Tras los devastadores ataques iniciales de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes, muchos observadores pensaron que el régimen de Teherán quedaría paralizado. 

La superioridad tecnológica occidental parecía abrumadora.

Sin embargo, la historia militar está llena de sorpresas.

Irán no respondió tratando de derrotar directamente a la maquinaria militar estadounidense.

Eligió otra estrategia: golpear donde más duele, en el corazón mismo de la economía mundial.

El instrumento es el estrecho de Ormuz.

Por ese corredor marítimo —una franja relativamente estrecha de agua entre Irán y Omán— circulaba antes del conflicto cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta. 

Quien controla ese paso no solo tiene influencia sobre el Golfo Pérsico. Tiene influencia sobre la economía mundial.

Irán ha comenzado a utilizar tácticas clásicas de guerra naval asimétrica: ataques contra petroleros, amenazas contra la navegación comercial y la posible colocación de minas marinas.

No se trata de destruir flotas enemigas.

Se trata de sembrar incertidumbre.

Tácticas de guerra asimétrica

Cuando el riesgo aumenta, las primas de los seguros marítimos se disparan, los armadores evitan la zona y el flujo comercial empieza a ralentizarse. 

El efecto es inmediato: suben los precios del petróleo, los mercados financieros se agitan y un conflicto regional empieza a tener consecuencias globales.

La estrategia responde a una lógica bien conocida en la historia militar. 

Cuando un país no puede derrotar directamente a su adversario en el terreno militar, intenta aumentar el costo económico y político de la guerra hasta que el enemigo pierda la voluntad de continuar.

Irán no puede competir con la aviación estadounidense ni con la tecnología militar de Israel.

Pero sí puede amenazar la arteria energética del planeta.

Ese es el verdadero dilema que enfrenta ahora Washington.

Si Estados Unidos intensifica sus ataques para destruir completamente la capacidad naval iraní, corre el riesgo de ampliar la guerra en toda la región. 

Si se reduce la presión militar, Teherán podría interpretar ese gesto como una victoria estratégica.

Mientras tanto, la Marina estadounidense prepara escoltas para proteger a los petroleros y despliega operaciones destinadas a detectar y neutralizar posibles minas en el estrecho.

La escena recuerda inevitablemente episodios de la década de 1980 durante la llamada “guerra de los petroleros” entre Irán e Irak. Pero el mundo actual es mucho más interdependiente.

La economía global está más conectada que nunca. Un bloqueo prolongado en Ormuz no solo afectaría a Medio Oriente. Golpearía a Europa, Asia, América Latina y África. Subirían los costos del transporte, de los alimentos y de la energía. Y podrían desencadenarse nuevas tensiones económicas internacionales.

Por eso, incluso debilitado militarmente, Irán ha demostrado que todavía posee una herramienta estratégica poderosa.

No necesita ganar la guerra.

Le basta con demostrar que puede hacerla demasiado costosa.

Detrás de los misiles, de los drones y de las declaraciones militares que dominan los titulares, existe otra batalla menos visible, pero igual de decisiva.

Una guerra donde Trump intenta estabilizar el mercado, Putin observa el retorno del peso energético de Rusia y Teherán amenaza con cerrar la arteria petrolera más importante del planeta.

Es la guerra por el suministro energético del mundo.

Y en esa guerra, cada barril cuenta.



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