#Salud: El extraño motivo por el que toleramos nuestros pedos pero odiamos los de otros

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En una oficina, en un ascensor o en el transporte público, pasa lo mismo. Cuando el olor viene de otra persona, la reacción suele ser inmediata. Sin embargo, cuando el origen es propio, la molestia baja, o incluso se ignora. Ese contraste no tiene tanto que ver con la educación como con la forma en que el cerebro interpreta las señales.

La idea central es simple: el olfato no “mide” todos los olores igual. Los filtra según costumbre, según quién se cree que es la fuente y según si el estímulo parece un aviso de riesgo. Por eso el propio pedo puede resultar tolerable y el ajeno, insoportable.

El cerebro se acostumbra a lo propio y baja el volumen del olor

El olfato se adapta rápido. Cuando una persona se expone de forma constante a un olor, el sistema sensorial reduce la respuesta. Es lo que suele llamarse adaptación olfativa o, en el lenguaje cotidiano, “ceguera nasal”. No es que la nariz deje de funcionar, es que el cerebro decide ahorrar atención.

Con los olores del propio cuerpo, esa adaptación es casi inevitable. La persona convive todo el día con su sudor, su aliento y pequeñas variaciones de olor. Por eso, cuando ocurre una flatulencia propia, muchas veces se percibe como menos intensa. Además, el olfato está diseñado para priorizar cambios: lo nuevo y lo inesperado suele importar más, porque puede señalar humo, comida en mal estado o un entorno sucio.

También influye la familiaridad repetida, algo parecido al “mere exposure”. Cuanto más conocido es un olor, menos amenaza sugiere. En otras palabras, el cerebro baja el volumen de lo habitual para poder escuchar mejor lo raro.

¿Por qué el pedo de otra persona se siente más fuerte y más asqueroso?

Los pedos ajenos llegan como un estímulo nuevo, y el cerebro los marca como importantes. En estudios sobre percepción, los olores desconocidos tienden a juzgarse como más intensos y menos agradables, en parte porque resultan ambiguos. Cuando no se sabe “qué es” ni “de dónde viene”, aparece la alerta.

Ese efecto novedad hace que el olor parezca peor de lo que quizá es. No cambia solo la química, cambia la interpretación. La mente añade una capa de sospecha: si viene de otra persona, puede implicar suciedad, falta de control o enfermedad. En un espacio cerrado, además, no hay escapatoria rápida, y el asco sube.

El resultado es un cóctel de intensidad percibida y rechazo. No siempre es dramatismo, muchas veces es un detector de cambios funcionando a plena potencia.

Foto Freepik

El “efecto de la fuente”: saber que es propio cambia el asco

La reacción también depende de quién se cree que es el origen. En psicología social se ha observado que, cuando la gente piensa que un olor corporal es suyo, suele calificarlo como menos desagradable. Esa diferencia no requiere que el olor sea “bueno”, basta con que sea propio.

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La explicación más repetida apunta a la evolución. El asco hacia fluidos y olores de otros puede actuar como barrera ante gérmenes ajenos. Un extraño puede traer microbios frente a los que no existe la misma tolerancia. En cambio, los olores personales se perciben como menos amenazantes, porque forman parte del entorno habitual del cuerpo.

Incluso la identidad influye: el cerebro no solo huele, también etiqueta. Y esa etiqueta cambia la emoción.

Cuando un pedo deja de ser “normal” y conviene consultar

La flatulencia suele ser normal. El gas aparece durante la digestión y se expulsa para aliviar presión. Su composición es mayormente de gases comunes, aunque pequeñas trazas de compuestos con azufre explican el olor a huevo podrido. La dieta y el microbioma intestinal pueden intensificarlo, y ciertos alimentos lo empeoran.

Aun así, conviene pedir orientación médica si el problema afecta la vida diaria y se acompaña de dolor persistente, hinchazón que no cede, diarrea o estreñimiento repetidos, pérdida de peso sin buscarlo, fiebre, vómitos o sangre en las heces. En esos casos, el olor es el dato menos importante.

En lo cotidiano, ayuda comer más lento, elegir porciones más pequeñas, moverse a diario y probar una infusión de menta si sienta bien. Al final, el olfato no solo detecta, también decide qué ignorar y qué señalar. La familiaridad y la creencia sobre la fuente cambian el asco, y el alivio físico puede dejar una asociación sorprendentemente positiva.

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Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial.
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