#Mundo:El palo (vacío) de la bandera #FVDigital

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A mediados de los años 40, con el nacimiento de las Naciones Unidas y la casi inmediata Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la humanidad se quedó mirando, perpleja, al palo imaginario en el que ondeaba una bandera no menos inventada, pero muy firme: la de la Ley. A partir de entonces habría unas normas comunes que todos los países, todos los gobiernos, deberían seguir. Si no lo hacían, quedarían constituidos en parias. Quizá aquel fue el momento más alto de un viejo débil y largamente maltratado: el Derecho internacional.

Ese palo embanderado, esa Ley, se ha mantenido en pie (a duras penas) hasta hace un año. Su momento más vacilante fue el de la crisis de los misiles en Cuba, en 1962, pero aguantó. Ahora la bandera del Derecho internacional ha desaparecido y estamos todos mirando al palo vacío sin entender muy bien, al menos todavía, qué es lo que pasa. Y, sobre todo, qué va a pasar.

El presidente estadounidense, un mentecato (la palabra viene del latín y significa “privado de mente”) que tiene de sí mismo un concepto muy parecido al que tenía Mussolini, se ha cargado en poquísimo tiempo una norma que casi todos sus predecesores cumplieron a rajatabla: actuar conforme a la Ley, al menos conforme a lo que establece la Constitución de su país. Ignorar los procedimientos democráticos. Hacer, en fin, lo que en cada momento le sale de los… pelos del tupé. Y esto sobre todo: mentir.

Quizá sea esto lo más espeluznante. Desde Richard Nixon no habíamos visto a un presidente norteamericano mentir con tal contumacia. Pero Nixon, al menos, procuraba que no se le notase. Este no. Trump ha establecido el orgullo de la mentira, la ufanía de engañar una y otra vez a quienes creen en él, como si fuese un niño matoncito en el patio del colegio. En realidad, esa fue la educación que recibió.

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Su costumbre de mentir con arrogancia y sin escrúpulos, sin la menor intención de disimular que miente, está creando escuela entre los autócratas o candidatos a tirano de todo el mundo. Ahí están Milei, Orbán, Putin y por ahí seguido hasta nuestro castizo Abascal. Todos actúan igual. La estupefacción que provocan entre quienes les escuchan no hace más que redoblar su desvergüenza cuando preparan la siguiente trola. Pero admito que muy pocas veces había visto algo parecido a esto: Peter Hegseth, antiguo presentador de televisión (Fox) y ahora secretario de Guerra de Trump, se puso ante las cámaras y aseguró que EEUU no es el agresor en la recién comenzada guerra contra Irán. Lo repito: que no son los agresores. Así lo dijo. Con dos… tupés.

Este Hegseth, supremacista blanco que lleva tatuajes nazis bajo la camisa, ya difundió que algunas variantes del virus covid-19 habían sido creadas por los demócratas. Así que no es un novato en esto de mentir a sangre fría. Tampoco oculta sus ideas: ha dicho muchas más veces que Trump que él no es demócrata ni cree en la democracia.

En esas manos está el mundo mientras permanecemos atónitos, mirando al palo vacío de la bandera de la Ley y del Derecho. Yo, que no soy nadie, tengo una esperanza: que este período de espanto dure poco. Trump y sus neofascistas van a recibir, en las elecciones de noviembre, un zurriagazo de proporciones bíblicas. Y es como mínimo probable que en 2028, con un nuevo presidente que bien podría ser Gavin Newsom, se restablezcan la razón, la esperanza y sobre todo la Ley, el derecho internacional. El palo dejará de estar vacío. Y estos años pasarán a la memoria de las generaciones como pasaron los de Hitler o los de Stalin: algo que no debería repetirse jamás.



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