El 27 de febrero no es una fecha cualquiera, no es un acto escolar, ni un feriado largo, ni una bandera en el balcón.
Una independencia no solo delimita el territorio de un país ni su derecho soberano a gobernarse. Define algo más profundo: su idioma, sus creencias, sus costumbres, su música, su cocina, su manera de hablar y hasta su forma de ver la vida. En resumen: define su identidad.
Hace 187 años un grupo de hombres y mujeres decidió que los dominicanos podían existir como pueblo. Y eso hay que decirlo sin romanticismo: no enfrentaron una idea, enfrentaron un ejército real, profesional y numeroso. La República Dominicana no nació de un acuerdo diplomático; nació de combates, de sacrificios, de incertidumbre y de una fe casi irracional en un proyecto que, en ese momento, parecía imposible.
Aquellos dominicanos ni siquiera tenían aún una identidad completamente formada. No existía todavía el dominicano como hoy lo entendemos. Existía apenas un sentimiento: el de no querer ser otra cosa.
Y, sin embargo, ganaron.
Ganaron todos los enfrentamientos militares, muchas veces con armas precarias, otras literalmente a mano limpia, pero con algo que hoy parece escaso: convicción colectiva. Luego vinieron nuevas amenazas: potencias extranjeras interesadas en este pedazo de isla estratégicamente ubicado en el Caribe. Ninguna logró quedarse.
Pero las naciones no desaparecen solamente cuando las invaden.
También pueden desaparecer cuando dejan de reconocerse a sí mismas.
Hoy el problema no es territorial. Es cultural.
El idioma se deteriora aceleradamente; generaciones enteras ya no se comunican entre sí con facilidad. La gastronomía tradicional desaparece de las mesas familiares. La música autóctona es sustituida por modas globales. Las tradiciones se consideran anticuadas y la historia se vuelve irrelevante.
No es intercambio cultural, eso siempre ha existido, el problema es la pérdida de referencia.
Existe una diferencia entre conmemorar y celebrar. Conmemorar es recordar un hecho. Celebrar es sentirlo como propio.
Y cada vez más dominicanos conmemoran la Independencia… pero no la celebran.
Peor aún: un segmento creciente de la población no sabe por qué se celebra el 27 de febrero. Y una nación que no conoce el significado de su origen difícilmente puede defender su futuro.
Las guerras del siglo XIX se ganaban con fusiles, las del siglo XXI se ganan con cultura, educación e identidad.
Quizá la pregunta más importante hoy no sea qué hicieron los trinitarios.
La pregunta es otra:
¿Seguimos siendo el pueblo que ellos fundaron?
Redacción FV Medios
**REDACCIÓN FV MEDIOS**

