#Salud: El enemigo silencioso detrás del aumento de peso y la fatiga

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La inflamación es una defensa útil cuando aparece una infección o una lesión. En su forma aguda, el cuerpo avisa con señales clásicas que la medicina describe desde hace siglos: dolor, hinchazón (tumor), enrojecimiento (rubor) y pérdida de función. El problema llega cuando esa alarma no se apaga.

En la inflamación crónica de bajo grado, las señales pueden ser tenues y constantes. Por eso muchas personas normalizan la fatiga y el malestar. También se sorprenden con un aumento de peso que no encaja con sus hábitos, o con una sensación de “cuerpo pesado” que no mejora.

¿Qué es la inflamación crónica de bajo grado y por qué cuesta detectarla?

La inflamación crónica de bajo grado es una activación continua del sistema inmune que puede durar meses o años. No suele causar un dolor intenso ni una hinchazón evidente, pero mantiene en circulación mensajeros inflamatorios como citoquinas y puede elevar marcadores como la proteína C reactiva. Es como un humo fino que no se ve bien, pero irrita por dentro.

Además, existe el concepto de inflammaging, usado para describir cómo esta inflamación sostenida tiende a aumentar con la edad y contribuye al desgaste del organismo. No es “envejecer porque sí”, sino envejecer con una alarma biológica encendida.

Aun así, el punto clave no es solo “tener marcadores”. El diagnóstico real busca el origen: autoinmunidad, alteraciones de la tiroides (por ejemplo, hipotiroidismo con inflamación tiroidea), intolerancias o enfermedad celíaca, infecciones persistentes, exposición a irritantes, o un estilo de vida que empuja al cuerpo a vivir en alerta. Si los síntomas duran semanas o meses y afectan el día a día, conviene consultarlo y orientar la analítica hacia una causa probable.

Cómo la inflamación crónica puede frenar el metabolismo y aumentar la grasa corporal

Cuando el cuerpo produce señales inflamatorias de forma constante, cambia la manera en que usa la energía. Parte de los recursos se desvían a “defender y reparar”, y eso puede traducirse en cansancio, peor rendimiento y más dificultad para regular el peso. También es frecuente la retención de líquidos, que suma volumen y empeora la sensación de hinchazón general.

Se forma un círculo vicioso. El tejido graso no es un simple almacén, también envía señales. Cuando aumenta, puede liberar más mediadores que alimentan la inflamación. A partir de ahí, perder grasa cuesta más, incluso con dieta y ejercicio.

En este escenario suelen mezclarse otras piezas. El estrés sostenido eleva el cortisol, y en exceso puede desordenar el apetito y el sueño. Una tiroides lenta puede reducir el gasto energético y acentuar la fatiga. En casos seleccionados, tratamientos médicos para la obesidad (como fármacos tipo GLP-1) pueden ayudar, pero no sustituyen la evaluación clínica ni los hábitos diarios, porque si el origen sigue activo, el cuerpo tiende a volver al punto de partida.

Foto Freepik

Fatiga persistente, infecciones repetidas y tripa hinchada: señales que mucha gente ignora

En consulta se repiten patrones: fatiga crónica, debilidad, recuperación lenta tras esfuerzos y una cadena de catarros o infecciones que parecen “normales”. Sin embargo, si el sistema inmune vive ocupado reparando, rinde peor y deja más puertas abiertas.

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La piel y las mucosas también hablan. Brotes tipo eccema o psoriasis, uñas frágiles o cabello apagado pueden ser pistas. En el plano digestivo, aparecen digestiones pesadas, gases, distensión abdominal con comidas pequeñas, estreñimiento o más deposiciones de lo habitual. Una señal útil es la candidiasis recurrente, que puede sugerir desequilibrio de la mucosa y defensas, y merece buscar causa en lugar de tapar el síntoma.

Hay señales de alarma que exigen atención rápida: fiebre persistente, pérdida de peso no buscada, sangre en heces, dolor intenso o una fatiga que impide trabajar o cuidarse.

Estrategias realistas para bajar inflamación sin caer en dietas milagro

La mejor estrategia suele ser aburridamente eficaz. Primero, sueño suficiente y regular, porque sin descanso el cuerpo no repara. Después, bajar la carga de estrés, ya que el cortisol sostenido desregula la respuesta inmune. También ayuda la actividad física moderada y constante, porque el exceso de intensidad puede aumentar la inflamación en personas agotadas. Si es posible, moverse al aire libre suma, ya que el entorno natural reduce la exposición a algunos irritantes urbanos y facilita la adherencia.

En nutrición, el foco está en recortar ultraprocesados, azúcares añadidos y exceso de grasas saturadas. En paralelo, se prioriza fibra, frutas y verduras de muchos colores, además de fuentes de omega-3 como pescado azul, nueces o semillas, porque se asocian a mediadores que ayudan a “apagar” la respuesta inflamatoria. Por último, evitar tabaco y moderar alcohol suele marcar un antes y un después. Si se sospecha celiaquía, hipotiroidismo u otra causa, se necesita una evaluación personalizada y pruebas dirigidas.

Actuar empieza por escuchar el cuerpo sin normalizar lo repetido. Cuando la fatiga, la hinchazón o las infecciones se vuelven rutina, un cambio pequeño pero sostenido (dormir mejor, caminar a diario, comer menos procesado) puede abrir la puerta a mejoras reales. Si el problema persiste o aparecen señales de alarma, un profesional puede ayudar a encontrar el origen. La inflamación crónica sin control se asocia a riesgos a largo plazo, y por eso intervenir antes suele hacer más fácil la reversión.

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