#Mundo:El burka, entre la “elección” y la “imposición” #FVDigital

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En los últimos años, el debate sobre la prohibición del burka en los espacios públicos ha ocupado titulares, parlamentos y conversaciones en todo el mundo. La discusión suele dividirse en dos posiciones aparentemente irreconciliables. Por un lado, quienes defienden que vestir burka debe ser una decisión estrictamente personal, una expresión de identidad y de fe que forma parte del derecho individual a la libertad religiosa y a la autonomía sobre el propio cuerpo. Por otro lado, quienes sostienen que el burka es, en esencia, un símbolo de opresión estructural contra las mujeres y que permitirlo en espacios públicos equivale a normalizar la desigualdad.

Sin embargo, entre estos dos discursos se pierde con frecuencia una voz esencial: la de las mujeres que han llevado el burka no como resultado de una elección consciente y libre, sino como consecuencia de una imposición familiar, social o política. Mi historia forma parte de esa realidad compleja que rara vez se escucha en los debates abstractos.

Yo nací y crecí en Afganistán, en un entorno donde, al menos durante mi infancia, vestir pantalón y blusa no era motivo de escándalo. En mi familia, la educación era importante, y yo soñaba con convertirme en periodista. Jamás imaginé que, tras casarme, mi vestimenta dejaría de ser una decisión personal para convertirse en una prueba de obediencia. En mi nuevo hogar, la idea de “buena mujer” estaba profundamente ligada a la sumisión. Una buena esposa era aquella que obedecía sin cuestionar, que aceptaba sin protestar, que se adaptaba sin resistencia.

Fue entonces cuando el burka entró en mi vida como una obligación. Los primeros días fueron asfixiantes, no solo en el sentido físico, sino en el emocional. No sabía cómo caminar con él sin tropezar. Mi campo de visión se reducía a una pequeña rejilla frente a mis ojos. Sentía que mi identidad se desdibujaba, que mi rostro —mi expresión, mi individualidad— desaparecía tras una tela gruesa que me convertía en una figura anónima. Cada vez que me miraba al espejo, tenía la sensación de no reconocerme.

Pero guardé silencio. Me repetí que debía ser fuerte, que debía cumplir con mi rol. A veces llevaba burka, otras veces niqab. La diferencia externa entre ambas prendas no cambiaba mi sensación interna de encierro. El burka cubre todo el cuerpo, incluidos los ojos tras una malla; el niqab deja visibles solo los ojos. Sin embargo, cuando el uso no nace de una decisión libre, ambas prendas pueden sentirse como una jaula.

Mi proceso de divorcio marcó un punto de inflexión. Cada vez que acudía al tribunal, lo hacía cubierta con un niqab negro. Caminaba con miedo. No solo temía el juicio social, sino también las miradas y comentarios de algunos hombres que, paradójicamente, se permitían opinar sobre mis ojos visibles. “Tus ojos son muy hermosos detrás de ese niqab”, me decían. No sabían —o no querían saber— que detrás de ese velo no había coquetería ni misterio, sino angustia y dolor. Esas palabras, lejos de halagarme, me recordaban mi vulnerabilidad.

El día en que dejé de estar obligada a cubrirme fue uno de los más significativos de mi vida. Salir a la calle con pantalón y túnica, sin esconder mi rostro, fue como respirar después de haber estado mucho tiempo bajo el agua. No era simplemente una cuestión de ropa; era la recuperación de mi autonomía. Por primera vez en años, elegía cómo presentarme ante el mundo. Me arreglé para mí misma, no para cumplir con expectativas ajenas.

Con el tiempo, incluso dejé de cubrirme la cabeza. En una sociedad conservadora, ese gesto puede convertirse en un acto de rebeldía. Fui insultada. Escuché comentarios hirientes. Me llamaron inmoral, desvergonzada, mala mujer. Pero algo en mí ya había cambiado. Las miradas dejaron de definir quién era yo. Comprendí que mi valor no dependía de la cantidad de tela que cubriera mi cuerpo. Yo era más que una esposa obediente: era una mujer con voz, con sueños, con profesión.

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Mi experiencia no es única. Al conversar con otras mujeres afganas, descubrí historias similares y también matices distintos. Algunas, como una deportista amiga mía, consideran que el burka es, en la mayoría de los casos, una imposición disfrazada de tradición. Para ellas, simboliza años de control y silenciamiento. Otras, en cambio, distinguen entre las distintas formas de cubrirse y reivindican el derecho a decidir por sí mismas. Una periodista amiga me contó que ella nunca llevó burka, pero su madre sí lo hace porque su padre la obliga. “Cuando miro los ojos de mi madre detrás del burka, veo sufrimiento”, me dijo. Su sueño es verla un día sin esa prenda, libre de la presión que la ha acompañado durante décadas.

Estas experiencias revelan una verdad fundamental: no todas las mujeres que llevan burka lo hacen por las mismas razones. En algunos contextos, puede ser una expresión de fe y de identidad cultural. En otros, es una herramienta de control social. Simplificar el debate a una dicotomía entre libertad absoluta y prohibición total ignora las complejidades de la vida real.

También es crucial diferenciar entre el hiyab, el niqab y el burka. El hiyab cubre el cabello pero deja el rostro visible y, para muchas mujeres musulmanas, representa una decisión personal vinculada a su espiritualidad. El niqab y el burka implican niveles más amplios de cobertura. Equiparar todas estas prendas como si fueran lo mismo borra las diferencias y, con ellas, las experiencias individuales.

El verdadero eje del debate no debería ser la prenda en sí, sino la libertad. Obligar a una mujer a cubrirse es una forma de violencia. Obligarla a descubrirse también puede serlo. La clave está en garantizar que cada mujer pueda decidir sin coacción, sin miedo y sin castigo social o legal. Eso requiere cambios culturales profundos, educación, acceso a información y, sobre todo, escuchar las voces de quienes han vivido bajo esas telas.

Mi historia no busca hablar en nombre de todas las mujeres afganas ni de todas las mujeres musulmanas. Cada una tiene su propio contexto y sus propias razones. Pero sí quiero que se entienda que, detrás de cada burka, hay una historia. A veces es una historia de fe; otras, de imposición. A veces es una elección consciente; otras, el resultado de años de presión invisible.

Cuando el debate público se reduce a consignas, se pierden estas historias. Y sin ellas, cualquier política —ya sea de prohibición o de permisividad— corre el riesgo de ignorar a quienes dice proteger. La libertad de las mujeres no puede construirse sin escuchar sus testimonios. Solo cuando se reconoce la diversidad de experiencias y se garantiza la capacidad real de elegir, se puede hablar de dignidad y de derechos.

Hoy, al mirar atrás, no recuerdo solo la tela que cubría mi cuerpo, sino el silencio que cubría mi voz. Recuperar mi rostro fue también recuperar mi palabra. Y esa palabra es la que deseo que forme parte del debate: no como un eslogan, sino como un testimonio vivo de lo que significa pasar del sometimiento a la elección.



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