Jimmy Lai, el símbolo de la pérdida de libertades en Hong Kong

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La noble estirpe de hombres que, perseguidos por la injusta justicia de su tiempo, decidieron quedarse, desde Sócrates hasta Alexéi Navalni, ha encontrado un último depositario en Jimmy Lai. El editor prodemocracia, acusado de «sedición» y «colusión con fuerzas extranjeras» por su labor periodística en defensa de los derechos y libertades de Hong Kong, fue condenado este lunes a 20 años de cárcel, castigo que a sus 78 supone una cadena perpetua ‘de facto’.

La determinación, tan ajena al superficial hedonismo contemporáneo, del multimillonario que renuncia a todo lujo material, a la compañía de su familia, al resto de su vida, por un compromiso moral impone la pregunta primordial: ¿Por qué? Quizá porque la vida de Lai empezó huyendo. Nacido en Cantón (Guangdong) en 1947 en el seno de una familia de empresarios desposeídos por la revolución, a los doce años evitó la catástrofe del Gran Salto Adelante como polizón a bordo de un barco rumbo a Hong Kong. No volvería a escapar.

Sin más plan que el hambre se apeó en la entonces colonia británica, donde empezó a trabajar en una fábrica textil. Al cabo de tres lustros el niño había crecido y ascendido hasta convertirse en jefe de planta. Con sus ahorros logró adquirir su propia fábrica textil y después, en 1981, fundar Giordano, una marca de ropa que se popularizó por el continente asiático. La prosperidad en aquel Hong Kong constituía casi un hecho natural, y Lai se había convertido en un improbable magnate.

Sin embargo, la matanza de Tiananmen en 1989 le concienció de que no debía limitarse a hacer dinero de espaldas a la comunidad política. Fue entonces cuando se transformó en un auténtico ‘rara avis’: un empresario que criticaba al Partido Comunista de China. Sus polémicas declaraciones llevaron al régimen a lanzar una ofensiva contra Giordano, pero la pretensión de silenciarle logró lo contrario.

En 1996 Lai vendió sus participaciones en la firma textil para centrarse en los medios de comunicación. Un año antes había lanzado ‘Apple Daily’, un tabloide convertido en el más popular de Hong Kong hasta su cierre en junio de 2021 por la persecución de las autoridades.

Así, cuando en 1997 el Reino Unido devolvió la soberanía del territorio a China, Lai resistió. A partir de entonces, su vida se entregó a una idea inamovible: la defensa de la libertad. Por ello se involucró en la vigilia anual en memoria de la matanza de Tiananmen, en la Revolución de los Paraguas en 2014 y, por último, en las protestas de 2019 reclamando democracia que cambiarían Hong Kong para siempre.

Ida y vuelta

Ante la emergencia del movimiento, el régimen chino impuso en marzo de 2020 la Ley de Seguridad Nacional para acabar con los derechos y libertades del territorio. Esta normativa castiga hasta con cadena perpetua todo acto considerado «separatismo, terrorismo, subversión de los poderes del Estado o colusión con fuerzas extranjeras» y ha sido empleada por el Ejecutivo local para erradicar a la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil en general; con la sentencia más dura reservada para Lai.

«La condena de Jimmy Lai a 20 años de cárcel se siente como el golpe final a todo lo que creíamos que Hong Kong representaba. La libertad que durante tanto tiempo definió la identidad de la ciudad ha sido desmantelada», lamenta Chloe Cheung, activista que desde el exilio trabaja en la Fundación del Comité por la Libertad de Hong Kong (CFHK, por sus siglas en inglés). «La Ley de Seguridad Nacional, en virtud de la cual Lai fue condenado, es una herramienta política destinada a silenciar la disidencia. Su único ‘delito’ fue defender la libertad de prensa, un principio que durante años fue motivo de orgullo para Hong Kong».

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«Eligió ser prisionero del sistema, asegurándose de que el precio de aplastar la libertad de Hong Kong fuese imposible de ignorar para la comunidad internacional»

Carmen Lau

Opositora en el exilio

Carmen Lau, por su parte, caracteriza el encarcelamiento de Lai «como el símbolo de una ciudad a la que le arrancan sus espejos». «No siempre me gustó el reflejo que ofrecía su periódico, ni compartí sus críticas a las acciones de la generación más joven, pero él representaba la infraestructura esencial de una prensa libre», explica, también desde el exilio, quien fuera consejera del distrito del Partido Cívico antes de abandonar su cargo y Hong Kong por la represión.

«Su decisión de quedarse hace que pase de ser un magnate de los medios de comunicación a un testigo permanente. Eligió ser prisionero del sistema, asegurándose de que el precio de aplastar la libertad de Hong Kong fuese imposible de ignorar para la comunidad internacional», sentencia Lau.

De este modo, el desenlace de Hong Kong es también el de Lai, hecho uno con la ciudad que le hizo. O, por responder a la primordial pregunta –¿Por qué quedarse pudiendo escapar?– con sus propias palabras, expresadas en el año 2020 durante una entrevista con la cadena de televisión ABC, con la decisión tomada pese a sus irremediables consecuencias. «Vine aquí con un dólar, escapando de China, cuando tenía doce años. Este lugar me lo dio todo», contestaba con el rostro al borde del llanto pero la voz inamovible. «Mi recompensa es devolverlo. Es mi redención».



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