La caída de Mandelson por el caso Epstein amenaza con arrastrar a Starmer

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«Durante tus pruebas y tribulaciones nunca te dejé de lado. Siempre estuve ahí, con consejos y apoyo moral, y nunca me aparté». La frase no está sacada de una novela romántica, sino de un correo electrónico de 2012 del exembajador británico en Washington, Peter Mandelson, a Jeffrey Epstein. Años después, aparece como una suerte de epílogo involuntario de una relación que ha terminado por arrastrar al veterano político laborista fuera de la vida pública y ha colocado al primer ministro, Keir Starmer, ante la mayor crisis de su mandato.

Leída en el contexto de los documentos difundidos en las últimas semanas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, la declaración ya no suena a gesto de amistad privada, sino a una confesión incómoda sobre la persistencia de un vínculo que sobrevivió a condenas penales, a cambios de gobierno y a advertencias que, según ahora admiten desde Downing Street, no fueron atendidas con la severidad que exigía el cargo.

Las imágenes que acompañan esa correspondencia, incluida una fotografía en la que Mandelson aparece en ropa interior junto a una mujer con el rostro oculto, han ayudado a construir una iconografía de escándalo sexual mundial. Pero el verdadero centro del asunto se desplaza mucho más allá, hacia un espacio más opaco y dañino para la arquitectura del poder. Porque va más allá de la evidencia de una vida privada moralmente cuestionable, gracias a la aparición de correos y memorandos que sugieren que un ministro en ejercicio compartió información sensible del Estado británico con un financiero condenado por delitos sexuales contra menores de edad. Además, lo hizo en un contexto, el de la crisis financiera global, en el que cada decisión fiscal y cada señal a los mercados tenían consecuencias sistémicas.

Según los documentos que han salido a la luz, Mandelson remitió a Epstein en 2009 y 2010, cuando era responsable de Empresa en el gobierno de Gordon Brown, materiales internos sobre planes fiscales, ventas de activos públicos y debates en el seno del gabinete sobre medidas para estabilizar la economía. En uno de esos intercambios, por ejemplo, Epstein preguntaba por la inminencia de un gran rescate europeo del euro, y la respuesta de Mandelson apuntaba a una confirmación prácticamente inmediata. En otro, el político reenviaba un memorando dirigido al primer ministro con reflexiones sobre incentivos fiscales y posibles subidas de impuestos. Epstein, que tenía intereses financieros directos en mercados internacionales y en banca, preguntaba de forma explícita por información confidencial y por su calendario, y Mandelson respondía, actuando así como intermediario informal entre el poder político y un interés privado concreto.

Investigación policial

La acumulación de esos indicios, unidos a registros bancarios que reflejan pagos de 75.000 dólares de Epstein a cuentas relacionadas con Mandelson y con su marido en los años anteriores, han terminado por activar una investigación de la Policía por presunta mala conducta en el ejercicio de cargo público. Las autoridades, que han confirmado la apertura de diligencias, han pedido al Gobierno que retrase la publicación completa de los documentos relacionados con el nombramiento de Mandelson como embajador en Washington para no interferir en el proceso. El viernes, la Policía británica investigó las propiedades Mandelson tras las revelaciones sobre Epstein.

Ese nombramiento, anunciado el año pasado por Starmer como una apuesta por un peso pesado político capaz de desenvolverse en unos Estados Unidos complejos, dominados de nuevo por Donald Trump, es ahora el epicentro de la crisis. La relación de Mandelson con Epstein no era desconocida, y había sido objeto de informaciones periodísticas años antes, pero Starmer sostuvo durante meses que había recibido garantías suficientes sobre su carácter limitado y pretérito. La semana pasada, sin embargo, el primer ministro reconoció en la Cámara de los Comunes que sabía que Mandelson había mantenido contacto con Epstein después de su condena en 2008. Aun así, autorizó su nombramiento tras un proceso de verificación que ahora considera viciado por «respuestas engañosas».

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El giro retórico culminó con una disculpa pública dirigida a las víctimas de Epstein, en la que Starmer afirmó lamentar haber «creído las mentiras de Mandelson». El inusual gesto buscaba marcar una ruptura moral clara, pero no ha bastado para sofocar la inquietud dentro del propio Partido Laborista ni para neutralizar la implacable ofensiva de la oposición. Los conservadores exigen explicaciones detalladas sobre quién defendió el regreso de Mandelson al primer plano, qué advertencias se registraron por escrito y qué peso tuvo el jefe de gabinete del primer ministro, Morgan McSweeney, en la decisión final.

Reacción de los mercados

Y la erosión no es solo interna. Los mercados reaccionaron con nerviosismo ante la perspectiva de una inestabilidad prolongada y la oposición ‘tory’ ha llegado a plantear mecanismos parlamentarios para forzar la entrega íntegra de los archivos del caso. Mientras tanto, el Comité de Inteligencia y Seguridad del Parlamento ha reclamado un papel central sobre la información que pueda afectar a intereses nacionales, una intervención que, para los críticos, corre el riesgo de convertirse en un cortafuegos político.

Para Mandelson, de 72 años y cuya carrera estuvo marcada desde el inicio por la habilidad táctica y por una cercanía constante a grandes fortunas, este episodio parece cerrar definitivamente el ciclo de caídas y resurrecciones que lo acompañó desde los años de Tony Blair. Tras dos dimisiones en gobiernos anteriores y una larga etapa en el sector privado, su regreso como embajador pretendía ser un acto de rehabilitación. Ha terminado, en cambio, fuera del Partido Laborista y de la Cámara de los Lores. Además, su caso amenaza seriamente a Starmer, ya que la crisis pone en cuestión su criterio, su control del aparato gubernamental y su promesa de una política más austera en lo ético.



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